Manuel Puig

Manuel Puig

Cine & Teatro

Manuel Puig y el cine: la construcción de un imaginario literario

La obra literaria del escritor argentino, un extraterrestre en el panorama de la literatura hispanoamericana de los años sesenta, que bebe de la influencia del arte cinematográfico, los folletines literarios y las radionovelas, devuelve a la gran pantalla sus historias en forma de películas

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Manuel Puig fue un niño que en un remoto pueblo argentino se evadía de la áspera realidad contemplando las imágenes proyectadas en la pantalla del único cine de la localidad. Puig fue después un escritor que aterrizó como un extraterrestre en el panorama de la literatura argentina de los años sesenta. Sus novelas estaban escritas con un collage de técnicas narrativas y repletas de referencias pop, que iban del folletín a las radionovelas pasando por el cine. Un tipo de cine muy concreto: el del glamour del Hollywood clásico. El estreno este viernes de El beso de la mujer araña de Bill Condon -basada no directamente en el libro de Puig, sino en el musical de Broadway inspirado en él, estrenado en 1992- es una buena excusa para abordar la relación del escritor con el cine.

En primer lugar, Manuel Puig (1932-1990) fue ese niño que desde los tres años acudía con su madre, varias veces por semana, al Cine Teatro Español de General Villegas. La madre era una química de la capital que acabó destinada en esa pequeña ciudad de provincias, entonces apenas un pueblo de poco más de mil habitantes. Formó allí una familia y tuvo dos hijos -Manuel fue el primogénito-, pero nunca se adaptó. El cine era para ella una ventana al mundo, a la fantasía. Quien quiera profundizar en la biografía del escritor puede acudir al magnífico Manuel Puig y la mujer araña de Suzanne Jill Levine, publicado por Seix Barral en 2002.

'Boquitas pintadas'

'Boquitas pintadas'

El niño, ostentosamente afeminado en un entorno machista, encontró en esa sala oscura un lugar en el que refugiarse de las miserias cotidianas y sumergirse en un mundo ideal de comedias sofisticadas y glamurosos musicales, de divas y apuestos galanes, de femmes fatales y tipos duros. Allí forjó su imaginación, puso los cimientos de su singular universo literario. La relación de Puig con el cine se puede abordar desde diversos ángulos. Por un lado están sus estudios en el Centro Sperimentale di Cinematografia en Roma y su participación en algunos rodajes -en Italia y en Argentina- como asistente en diversas tareas técnicas. Por otro, los guiones que escribió y no llegaron a rodarse: La tajada, Recuerdos de Tijuana, La cara del villano. También su colaboración como guionista en un par de películas del mexicano Arturo Ripstein, adaptando una novela de Donoso (El lugar sin límites) y un cuento de Silvina Ocampo (El otro). Y las adaptaciones a la pantalla de sus novelas: las mejores Boquitas pintadas de Leopoldo Torre Nilsson y El beso de la mujer araña de Hector Babenco; mucho más endeble, Pubis angelical de Raúl de la Torre.

Sin embargo, lo más relevante es cómo el cine impregnó su literatura. De un modo más directo o indirecto, está presente en las ocho novelas que escribió: La traición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas, The Buenos Aires Affair, El beso de la mujer araña, Pubis angelical, Maldición eterna a quien lea estas páginas, Sangre de amor correspondido y Cae la noche tropical (todas publicadas por Seix Barral y recientemente reeditadas). El cine empapa su literatura a dos niveles: como elemento argumental y como influencia narrativa.

Ya los títulos de sus libros tienen ecos cinematográficos, empezando por la invocación de Rita Hayworth en el primero. El universo glamuroso del Hollywood clásico -recuerden el eslogan: la fábrica de sueños- es utilizado como un recurso argumental para situar a los personajes entre una realidad casi nunca grata y la ensoñación fantasiosa. Esta confrontación es el eje de su novela más celebrada, El beso de la mujer araña, en la que el día a día de dos presos en una celda se contrapone la fantasía de las películas que Molina, el fantaseador homosexual, le va narrando a Valentín, el idealista y dogmático activista político. Esas películas -melodramas, fantásticas, de espías, de mafiosos- que siempre acaban hablando de amores apasionados se las inventó Puig a partir de algunos clásicos que le fascinaban.

'El beso de la mujer araña'

'El beso de la mujer araña'

El cine que le interesa al autor está muy acotado en el espacio y en el tiempo: se trata del producido en Hollywood entre los años treinta y los años cincuenta del pasado siglo y de sus imitaciones en el resto del mundo. Un cine clásico y glamuroso, alejado de la realidad, que crea fantasías en blanco y negro o en Technicolor. En los libros de Puig ocupa su lugar junto con otras formas de cultura popular como los folletines, las radionovelas, las telenovelas, las canciones melódicas, los boleros y los tangos. Las suyas son narraciones pop que utilizan estos referentes de la cultura de masas en su dimensión camp y kitsch. Para los marxistas como el preso político de El beso de la mujer araña, formas de alienación del individuo en las sociedades capitalistas. Para su compañero de celda homosexual y para otras personas solitarias y marginadas por la sociedad, una vía de escape, un modo de soñar otras vidas.

Sin embargo, la conexión de la literatura de Puig con el cine tiene otra dimensión, la formal. Porque en sus novelas aplica recursos propios de lo audiovisual -los diálogos guionizados, la narración objetiva…- que suma a su collage de técnicas narrativas (que incluyen documentos, cartas, monólogos interiores…). Sus libros son doblemente pop: por el uso de los mencionados referentes de la cultura popular y por la combinación desacomplejada de formatos narrativos.

Manuel Puig formó parte de una generación de autores que de niños quedaron obnubilados por el cine y después lo incorporaron a su escritura. Es una generación marcada por el universo fantasmático de las películas del glamour hollywoodiense. Un estilo que se clausura de forma abrupta a finales de los años cincuenta, cuando la irrealidad del estudio es sustituida por el verismo de la calle, cuando los rostros de estatua griega de las estrellas iluminadas con milimétricos claroscuros son sustituidos por la descarnada visceralidad de los pupilos del Actor’s Studio.

'La traición de Rita Hayworth'

'La traición de Rita Hayworth' SEIX BARRAL

La primera novela de Puig, La traición de Rita Hayworth, quedó finalista en el Premio Biblioteca Breve de 1965. Seix Barral no la publicó y no vio la luz hasta tres años después, en 1968, en la editorial argentina de Jorge Álvarez. La obra que le arrebató el galardón fue Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, otro escritor cuyos libros están impregnados de cine clásico, que en su caso actúa como contrapunto de las miserias de la Barcelona de la posguerra (véase, sin ir más lejos, El embrujo de Shanghái). No por casualidad Marsé repetía que para él el cine había muerto a principios de los años cincuenta. Lo que en realidad quería decir es que había muerto el tipo de películas que a él le fascinaban desde niño, las del glamour hollywoodiense.

En España, para una generación de niños de la posguerra las salas de cine -de estreno o de barrio, con su doble programa- fueron un refugio de la tristona realidad, donde podían soñar. No solo eso, también encontraron en esas pantallas una suerte de educación -sentimental, incluso moral- alternativa a la que proporcionaban los colegios católicos y las familias. La épica de los héroes fordianos, el fatalismo de los personajes de Bogart, los héroes sin flaquezas, la belleza de la derrota, el erotismo de lo insinuado… les construyeron como personas. Eso dio lugar a esa cinefilia mitómana bien representada por aquellos contertulios, entre entrañables y casposos, de Qué grande es el cine, el programa de José Luis Garci. Por allí asomaba de vez en cuando algún que otro escritor también fascinado por las películas clásicas, como Luis Alberto de Cuenca o Javier Marías.

La huella del cine y sus mitos está también presente en escritores tan disímiles y alejados geográficamente como Terenci Moix -que fue además coleccionista compulsivo de todo tipo de material cinéfilo- y Guillermo Cabrera Infante, que fue también sagaz crítico cinematográfico. En sus años de exilio londinense y depresión, el escritor, poseedor de una ingente videoteca, se organizaba por las noches sesiones triples de películas clásicas. Siempre me ha parecido lo más cercano al paraíso.