'Open World', de Roman Khimei y Yarema Malashchuk

'Open World', de Roman Khimei y Yarema Malashchuk TBA21

Artes

El arte en la guerra: Roman Khimei y Yarema Malashchuk

La exposición Pedagogías de la guerra, organizada por TBA21, reúne cuatro obras recientes de dos jóvenes artistas ucranios, con notable trayectoria internacional, que trabajan siempre en equipo: Roman Khimei y Yarema Malashchuk

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Si por casualidad, sea por trabajo o por turismo, vas a Madrid cualquier día de las próximas semanas, es probable que encuentres un momento para visitar en el museo Thyssen la exposición Hammershøi. Es muy recomendable.

Este artista danés (1864-1916) muestra lo que es capaz de hacer el arte de la pintura con la representación del tiempo en paz, del silencio, de la meditación doméstica, de la introversión melancólica, de la rareza de estar vivos, cómo se siente, estando uno en paz, contemplando la fugaz respiración de un instante, el callado prodigio de un rayo de sol entrando por la ventana de una casa tranquila. Lo que tienen de excepcional ciertas cosas comunes y corrientes...

Sin salir del museo, no te pierdas bajar al sótano y verás también lo que puede hacer el videoarte contemporáneo para explicar, sin incurrir en lo trillado y en lo más evidente y atroz y sangriento, la experiencia, también, por desgracia, a la vez común y corriente y excepcional, de vivir en guerra.

Ahí, en ese sótano, se despliega la exposición Pedagogías de la guerra, organizada por TBA21 –fundación que pilota la coleccionista y mecenas Francesca Thyssen, hija del difunto barón--, comisariada por Chus Martínez y que reúne cuatro obras recientes de dos jóvenes artistas ucranios, con notable trayectoria internacional, que trabajan siempre en equipo: Roman Khimei y Yarema Malashchuk.

Autorretrato. La casa de campo Spurveskjul en Sorgenfri, al norte de Copenhague

Autorretrato. La casa de campo Spurveskjul en Sorgenfri, al norte de Copenhague Vilhelm Hammershøi / THYSSEN

Luego explicaré brevemente dos de esas cuatro, soberbias obras. Pero antes, a modo de resumen de Pedagogías de la guerra diré, a propósito de los efectos menos “vistosos” de la guerra, a propósito de los daños colaterales de la violencia –no se ven los muertos ni los heridos--, algo que mencionaron los artistas en el diálogo que, a modo de presentación pública de la exposición, sostuvieron con Chus García, el martes pasado en el auditorio del museo.

Aunque, como dice el título de una de las cuatro piezas, Esta guerra no la empezamos nosotros –título relativo a una frase hecha que se repite mucho, como un mantra que cargase de razón, y como si tener razón fuera un argumento para facilitar la victoria, en las conversaciones de los ucranianos--, todos, inocentes o no, quedan atravesados por el sentimiento de culpa.

Los jóvenes que escaparon del reclutamiento, los de la diáspora, los desertores que se fueron a Polonia o a España o a cualquier otro país seguro… se sienten culpables por no haberse quedado en la patria, por haberse escapado de la tragedia.

Los que se quedaron, pero están en la retaguardia, sienten la culpa de no asumir los riesgos del frente de combate: otros compatriotas les defienden y se arriesgan, ellos sólo pasan frío y penalidades.

Los que están en el frente, pero ocupándose de logística o ingeniería bélica, sienten la culpa de estar relativamente a resguardo, mientras otros arriesgan la vida de verdad.

Y los que están en primera línea de fuego se sienten culpables por las cosas inhumanas y degradantes que hay que hacer allí.

Otro daño psicológico en la retaguardia de la guerra, explicaron Khimei y Yarema Malashchuk, otro aspecto del empobrecimiento que provoca, es la atroz simplificación de la vida mental.

Todo lo complejo y lo sutil de la vida mental debe quedar arrinconado. Fácilmente desaparecen las delicadezas, las especulaciones y los paisajes mentales que representa, digamos, la pintura de Hammershøi.

Interior con mujer al piano

Interior con mujer al piano Vilhelm Hammershøi / THYSSEN

Todo queda reducido a lo más elemental. Para empezar, hay que dedicar a diario mucho tiempo y energía a las tareas elementales de conseguir calor y alimentos. También el dolor, el odio y la pena son agentes de simplificación y reducción de la complejidad.

Las almas son saqueadas de su grandeza inmanente. Esto lo entenderá fácilmente cualquiera que haya pasado por una gran desdicha o una grave enfermedad, y sentido cuán lejos le quedan ciertas lecturas, ciertos pensamientos, ciertas preocupaciones y ambiciones.

En cuanto a las dos piezas. Una de ellas, You Shouldn’t Have to See This (No deberías haber tenido que ver esto) es silenciosa. Se proyectan en varias pantallas imágenes de niños durmiendo en sus camitas. Imágenes encantadoras, supuestamente idílicas, de la inocencia robada y dañada, durmiendo y desperezándose en su camita.

'You Shouldn’t Have to See This', de Roman Khimei y Yarema Malashchuk

'You Shouldn’t Have to See This', de Roman Khimei y Yarema Malashchuk TBA21

Son unos cuantos niños ucranios, de los muchos que fueron secuestrados por los invasores, separados de sus padres –quizá muertos-- y llevados a Rusia, algunos de los cuales fueron devueltos a su país. Es el silencio de la paz recuperada, pero también del trauma incomunicable, innombrable, y de la poquedad de la palabra ante ciertos abismos, de los que habla, por cierto, La carta de lord Chandos. Creo que quien vea esta pieza difícilmente la olvidará.

La otra se titula Open World (Mundo abierto). Desde su nuevo hogar en Varsovia, adonde escapó al principio de la guerra, un chico, llamado Yarik (diminutivo de Yaroslav) maneja un perro robot, de utilidad militar, para hacerlo deambular, a cientos de kilómetros de distancia, por los lugares de su vida anterior en Kiev, y a través de los dispositivos de visión y audición de los que está dotado ese “avatar” suyo, visitar su antigua escuela, ahora abandonada y devastada, y charlar con desconocidos a la orilla del Dniéper –que reciben al perro robot con la mayor naturalidad--, y entrar en el hogar familiar, para charlar con su madre y saludar a su gato.

Contra las miserias del ego

Estas someras descripciones no pueden, claro está, compararse con la experiencia de contemplar las obras, las cuatro obras maestras de Roman Khimei y Yarema Malashchuk.

Si, como les deseo, sobreviven a la guerra, estoy seguro de que estos dos jóvenes –cuyo trabajo en pareja, dicho sea de paso, tiene además el valor secundario de eludir las tentaciones de lo personal, las miserias del ego—seguro que seguirán dándonos aproximaciones valiosas como éstas a lo que Conrad llamó el corazón de las tinieblas, corazón que es el nuestro. Sea como sea, quien vea esta exposición no la olvidará fácilmente.