Fragmento del lienzo ‘En el palco’ (1904-1907), de Helene Funke.

Fragmento del lienzo ‘En el palco’ (1904-1907), de Helene Funke. PETER FUNKE ESTAT / MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA

Artes

El rastro femenino en el arte

El Museo Thyssen-Bornemisza reúne en la exposición Maestras el trabajo de más de setenta creadoras para evidenciar su contribución a la Historia del Arte, aunque resaltando su importancia por la condición de mujeres de sus autoras más que por su calidad artística

19 noviembre, 2023 19:00

La Historia del Arte, como la Historia sin más, se confecciona con unos cuantos nombres fundamentales y un puñado de añadidos que, si no la hicieron, al menos ayudaron a completarla. En este costado todavía es posible hallar a un buen número de artistas que alcanzaron altísimas cotas de belleza o de intensidad, si bien sus componentes quedaron orillados del relato oficial por desarreglos con la crítica o con las modas, por su condición de periféricos o, simplemente, por ser mujeres en tiempos de minotauros chocando cabezas.

A reparar este último desajuste dedica el Museo Thyssen-Bornemisza la exposición Maestras, que indaga en las contribuciones de más de setenta artistas, desde finales del siglo XVI a las primeras décadas del siglo XX, a través de un centenar de piezas entre pinturas, esculturas, obras sobre papel y textiles. Se trata de hallarle a esos trabajos la huella de su tiempo y, en esa labor, sacarle punta a una toma de posición original, a una mirada inédita o a una iconografía transformadora.

Son las obras de Artemisia Gentileschi, Angelica Kauffmann, Clara Peeters, Rosa Bonheur, Mary Cassatt, Berthe Morisot, María Blanchard, Natalia Goncharova, Sonia Delaunay y Maruja Mallo, entre otras. Todas ellas revelan una potencia muy a tener en cuenta para hacerle sitio desde el arte a distintas convulsiones: el afán ilustrado, el colonialismo, los avances científicos, la revolución industrial y, por supuesto, el feminismo, que se convierte en el motor recurrente de la muestra abierta hasta el próximo 4 de febrero.

El óleo de la pintora barroca Elisabetta Sirani ‘Porcia hiriéndose en el muslo’ (1664).

El óleo de la pintora barroca Elisabetta Sirani ‘Porcia hiriéndose en el muslo’ (1664). MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA

La comisaria Rocío de la Villa sostiene, al respecto, que “si las artistas pudieron elaborar lenguajes propios, y con éxito, fue gracias a la feminización de la cultura; a la consciencia de las artistas de iniciar y adherirse a una tradición femenina, a la que siguieron contribuyendo; al respaldo de mecenas, clientas y luego, críticas de arte, coleccionistas y galeristas”. “También hubo hombres, familiares y colegas, que formaron, respaldaron e incluso se pusieron al servicio de las creadoras”, aclara. 

Bajo ese prisma, De la Villa, catedrática de la Universidad Autónoma de Madrid, detecta “experiencias de proximidad” en los retratos de tendencia orientalista –la esclava o la concubina– pintados por mujeres y retuerce ciertos géneros, como ocurre al adjudicar una posible genealogía femenina al bodegón con insectos. Las figuras bíblicas femeninas y las heroínas de la Antigüedad, la maternidad y las labores domésticas son los temas que circulan por una exposición que tiene más comodidad que riesgo, más reiteración que novedad.  

Quedan así al descubierto un puñado de obras notables, a las que aquí se les adjudica un potente aire reivindicativo. Claro que algunas de ellas no son el espejo manso de nada, pero tampoco inauguraron una nueva astronomía de denuncia y verdades incómodas. Su mejor anomalía está en la pintura, en la escultura, en los trazos sobre el papel, en la indiscutible conquista de sus autoras al volcarse en ellas y darles forma con ideas propias, pese a las dificultades que tuvieron para acceder al circuito de la cultura con pleno derecho. 

Un bronce de Marie Cazin comparte sala con los cuadros de María Blanchard y Lola Anglada, en la exposición ‘Maestras’.

Un bronce de Marie Cazin comparte sala con los cuadros de María Blanchard y Lola Anglada, en la exposición ‘Maestras’. MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA

En opinión del director artístico del centro artístico madrileño, Guillermo Solana, “Maestras representa la culminación de un proceso de transformación feminista que comenzó hace más de una década en el Museo”. A falta de saber en qué se ha traducido el eslogan, muchas de las piezas reunidas importan más por su calidad que por estar ejecutadas por mujeres. De ahí que la propuesta atraiga, sobre todo, por ser una manera de echar la vista atrás y comprobar que siempre es más ancha la realidad que el canon.    

Claro ejemplo de ello son los lienzos dedicados a las heroínas de la Antigüedad y a las santas y mártires de la tradición cristiana ejecutados por cuatro pintoras italianas sobresalientes encajadas entre finales del siglo XVI y mediados del XVII. Tanto Lavinia Fontana como Fede Galizia se presentan a sí mismas como Judit, la viuda que salvó al pueblo de Israel tras degollar al general asirio Holofernes, luciendo gemas azules, que simbolizan la pureza y la castidad, y numerosas perlas, que representarían la riqueza. 

En cambio, Artemisia Gentileschi abordó en varias ocasiones el episodio bíblico de Susana y los viejos, de los que el Museo Thyssen-Bornemisza reúne en la exposición Maestras las versiones de 1623 y 1652. Si en la primera, la joven destaca por su sensualidad y por su actitud temerosa al descubrir cómo los ancianos que la han sorprendido durante el baño ponen en duda su virtud, en la segunda, realizada en Nápoles, la protagonista –ya no tan joven– parece hacer frente a sus paralizados acosadores.

La zapatería’, óleo pintado por la artista estadounidense Elizabeth Sparhawk-Jones hacia 1911.

La zapatería’, óleo pintado por la artista estadounidense Elizabeth Sparhawk-Jones hacia 1911. MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA

De Elisabetta Sirani, la artista originaria de Bolonia que fundó una academia para pintoras e ingresó en la Accademia di San Luca de Roma sin haber cumplido los treinta años, se exhibe el lienzo Porcia hiriéndose en el muslo (1664). El cuadro alude al momento en el que ella se realiza un corte agudo en la pierna para su esposo Bruto le confiara el complot para asesinar a César. En esta interpretación, se daña con una aguja, mientras al fondo, en otra estancia, varias mujeres hilan lana, aludiendo a tejedoras pacientes como Penélope. 

Ofrece Maestras otro episodio de gran interés en la sección titulada ‘Trabajos, cuidados’, que reúne ejemplos del realismo y del idealismo romántico y político de las artistas, con sus representaciones de mujeres trabajadoras, tanto en tareas tradicionales como en diversos oficios y profesiones, abarcando el periodo de 1860 a las primeras décadas del siglo XX. Predominan las escenas colectivas, como sucede en Las lavanderas (1882) de Marie Petiet, cuya disposición en círculo subrayaría los lazos de compañerismo y entendimiento.

Destaca, en este ámbito, Elizabeth Sparhawk-Jones, cuya obra revela el interés por la representación del trabajo y el estatus de las mujeres en la vida moderna en la ciudad. La estadounidense realizó una serie de pinturas de estilo impresionistaLa zapatería, ejecutada hacia 1911, presente en la exposición del Museo Thyssen-Bornemisza–, en las que refleja el ajetreo de las compras en unos grandes almacenes para plasmar el doble rol de trabajadoras y consumidoras en un espacio que proporcionaba la ilusión de movilidad social. 

Una visitante de la exposición ‘Maestras’ se detiene delante del lienzo ‘Las odaliscas’ (1902-1903), de Jacqueline Marval.

Una visitante de la exposición ‘Maestras’ se detiene delante del lienzo ‘Las odaliscas’ (1902-1903), de Jacqueline Marval. MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA

Si bien en la etapa titulada ‘Nuevas maternidades’ parecen desvelarse renovados sentimientos acerca del cuidado de los hijos –ahí está, por ejemplo, el cuadro de Mary Cassatt Desayuno en la cama (1897), donde una madre abatida tras una noche de desvelos se acerca a su taza de café–, es en la última parte de la exposición, ‘Emancipadas’, donde asoman aquellas artistas que hicieron pie en las vanguardias y resaltaron su independencia con lienzos como La mujer con cabra (1927), de Maruja Mallo, o En el palco (1904-1907), de Helene Funke. 

Otras como Camille Claudel, Jacqueline Marval, Natalia Goncharova, Frida Kahlo y Ángeles Santos destacaron por asentarse en una obra de intensidades propias, por esa extrañeza de sus trazos, de una belleza serena y grave. Por esa escasa necesidad de mirarse de reojo en los otros, porque su canción no admitía demasiados moldes. Ellas iban por libre. Atentas a lo de alrededor, pero seguras en sus obsesiones, en sus escasas felicidades y en sus traumas.