Imagen de la serie 'Dalgliesh'

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Cine & Teatro

'Dalgliesh': el detective poeta

Filmin estrena la tercera temporada de 'Dalgliesh', las aventuras del inspector Adam Dalgliesh, otra de esas series sólidas, bien escritas y mejor interpretadas de las que la industria británica puede presumir

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Este verano, una buena amiga en cuya casa del sur de Francia me hallaba gorroneando, me dijo que se había enganchado a la serie Dalgliesh, que emite Filmin, y que esperaba con ansias a que colgaran la tercera y última temporada hasta el momento (la cuarta se estrenará en fecha aún no anunciada de 2027).

Aunque suelo hacer caso a sus recomendaciones, esta vez arrugué el ceño (metafóricamente hablando) porque no guardaba muy buen recuerdo de las novelas originales de la británica P.D. James (Oxford, 1920-2014), que se me caían de las manos y eran más largas que un día sin pan. Dado que lo suyo eran unas intrigas policiales como las de Ruth Rendell o Georges Simenon, no entendía porque debían ocupar el doble que las de la primera y el triple de las del segundo.

Para acabarlo de arreglar, tampoco guardaba buen recuerdo del protagonista de esas novelas, el estirado Inspector Jefe Adam Dalgliesh, poeta en sus ratos libres y viudo atormentado full time. Pero, en cualquier caso y azuzado por mi novia, que es muy de murder misteries ambientados en las mansiones campestres de los ricachones británicos, al volver a casa nos enganchamos a las aventuras televisivas de Adam Dalgliesh.

Que son como una versión del Reader´s Digest de las novelas originales. Cada una ocupa dos capítulos, noventa minutos, en vez de las o seis o siete horas que hubiesen hecho falta para ser absolutamente fieles al espíritu de la señora James.

Un buen resultado

Muy bien ambientadas en los años 70 (lo cual permite comprobar lo espantosa que era la ropa, especialmente la masculina, de esa época, con esos pantalones acampanados y esas solapas elefantiásicas), las aventuras de Adam Dalgliesh constituyen, en la pantalla, otra de esas series sólidas, bien escritas y mejor interpretadas de las que la industria británica puede presumir desde hace tiempo.

Hay que alabar la capacidad de síntesis de los guionistas y de la creadora de la serie, Helen Edmundson, una virtud de la que la señora James carecía.

El severo, pero justo y en el fondo bondadoso Dalgliesh ha encontrado un intérprete excelente en Bertie Carvel, al que recordamos haciendo de Tony Blair en The Crown. Con Carvel, Dalgliesh conserva su gravitas literaria y más creíble resulta su movimiento constante entre la ley y la poesía.

Su segunda de a bordo, la inspectora Kate Miskin (Carlyss Peer), rescatada de un puesto sin futuro en un entorno rural al principio de la serie por el propio Dalgliesh, parece insinuar un love interest con su jefe que finalmente no se produce: Kate está embarazada, pero de otro.

¿Y las intrigas? Pues como las que habría podido escribir Agatha Christie si alguna vez hubiese mostrado el más mínimo interés por el factor humano y por hacer de sus famosos personajes algo más que muñecos unidimensionales, que es lo que siempre me ha expulsado de sus obras.

De esta manera, mientras el Dalgliesh literario tendía a aburrirme, el televisivo (gracias, Bertie) me resulta mejor persona y hasta puedo a llegar a creer que es tan buen poeta como asegura la pesada de su agente, que se lo quiere llevar de gira por Estados Unidos sin ser consciente de que no se puede dejar a los ingleses sin su mejor detective.

Dalgliesh tiene una notable capacidad de enganche. Yo solo pretendía ver un episodio para demostrar que siempre hago caso a las recomendaciones de mi amiga la de la casa en el sur de Francia, y luego seguir a mis cosas, pero me acabé tragando los dieciocho episodios de la serie (clarísimo ejemplo de thriller confortable a lo Colombo o Se ha escrito un crimen) y poniéndome a esperar a que estrenen la cuarta: denme un buen sillón y yo pongo el resto.