Ilustración de Harold Brodkey

Ilustración de Harold Brodkey DANIEL ROSELL

Letras

Causas, pesares y traiciones selectas de Harold Brodkey

El primer libro del escritor norteamericano, rescatado por H&O con traducción y prólogo de Enrique Murillo, explora los sueños de mitad de los años cincuenta

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Los seres humanos tenemos, en mayor o menor medida, una habilidad mayúscula para traicionar los principios que, en principio, deberían regir nuestra conducta. Son pues excepcionales las vidas en las que el hilo de la coherencia sostiene la inevitable disgregación de nuestras sucesivas máscaras.

Lo normal es que digamos una cosa y hagamos la contraria, que actuemos sin contar realmente lo que hacemos —de ahí la importancia de los secretos y de ese magna terrible que todavía llamamos intimidad— y que, incapaces de asumir estas contradicciones, recurramos a la autoficción (esa forma artística de autoengaño) a modo de consuelo.

El primer libro de relatos de Harold Brodkey (1930-1996), rescatado ahora por el sello barcelonés H&O, con una traducción y un brevísimo pero muy sugerente prólogo de Enrique Murillo, trata sobre esta clase de traiciones manifiestas e indaga en la existencia, en apariencia banal, de personajes cuya vida no destaca por su carga emocional, pero que sueñan con otros mundos porque no saben qué hacer con el que habitan.

Primer amor y otros pesares (1958) es, en este sentido, una obra de lo que podríamos denominar literatura de camuflaje. Reúne nueve historias independientes y autónomas, publicadas en la revista The New Yorker, que están, a su vez, vinculadas entre sí. No es una novela pero hubiera podido serlo. Y versa sobre el paradigma y las formas de la juventud norteamericana de mediados del pasado siglo, antes de la irrupción de la contracultura.

Portada de  'Primer amor y otros pesares'

Portada de 'Primer amor y otros pesares' H&O Editorial

El tema no es ni mucho menos nuevo. En parte recuerda al universo de Scott Fitzgerald y, en su vertiente vulgar y contemporánea, al de Bret Easton Ellis: chicos de familias sanas, cultas, pudientes e integradas —ellos son el sistema— que pasan sus días entre colegios de élite, fiestas y viajes, pero en cuyo interior late un hondo malestar emocional.

El absurdo cotidiano

El dinero, como sabemos todos, incluso los cínicos que dicen que no es cierto, no da la felicidad. Es más común de lo que parece que embrutezca o atormente. Las inquietudes de las criaturas de estos cuentos son absolutamente pequeñoburguesas.

La vida en pareja, los hijos, el desgaste del tiempo, el vacío de las relaciones humanas y, en definitiva, el absurdo cotidiano. La prosa de Brodkey es minuciosa y tiene una medida intensidad sensorial, que es algo que no siempre identifica a muchos de los narradores estadounidenses, generalmente más secos y minimalistas.

Su magisterio reside en la fina observación, en la recreación de los detalles —psicológicos y ambientales— y en una suerte de melancolía irónica. Pero por debajo de esta trama de sugerencias palpita un desasosiego obsesivo, expresado a través de las voces de sus narradores.

Equiparado con J.D. Salinger, el grandísimo pez plátano, Brodkey no ha tenido —al menos entre nosotros— una recepción afortunada o masiva. Cosa curiosa, porque —al margen de sus libros— sus avatares vitales reúnen episodios más que suficientes para conjurar su eterna maldición de escritor secreto.

El escritor Harold Brodkey

El escritor Harold Brodkey

Cuando publicó Primer amor y otros pesares no era todavía ninguna de las dos cosas: ni escritor ni secreto. Tan sólo era un desconocido, aunque la calidad de piezas como ‘El estado de gracia’ y ‘Educación sentimental’ revelaron pronto que su voz no era la de un diletante. Pertenecía a un artista maduro.

Brodkey escribe sobre el spleen de la América del medio siglo no tanto desde la perspectiva de la devastación de los antiguos valores, sustituidos ahora por la nueva cultura de la sociedad de consumo, cuanto desde el sfumato de un romanticismo sin poetas y sine nobilitate.

Contradicción y desasosiego

Las criaturas de estos cuentos son, por ejemplo, un joven del Medio Oeste que no sabe cómo ser él mismo sin destrozar las expectativas familiares; o el vástago de una viuda, al comienzo de su vida laboral, que no lleva nada bien el inevitable salto —tantas veces convertido en caída— desde la pubertad hasta la edad adulta.

Hay más historias, por supuesto. Pero estos dos ejemplos muestran el juego de correlatos entre lo que sienten los personajes de Brodkey y lo que manifiestan con sus gestos y su conducta. Se ve en la que, sin duda, es la mejor pieza de la colección: la historia del noviazgo entre dos estudiantes de una universidad —Elgin y Caroline— que experimentan el anticlímax de descubrir cómo, en un tiempo dramáticamente breve, lo que creen amor se transforma en otra cosa.

Vidas corrientes pero también dramáticas, con trasfondo. Dudas, angustias, imposiciones mentales y exigencias familiares. En buena medida Brodkey elabora cuando escribe recreaciones autobiográficas. Nacido en Illinois y de origen judío, el escritor norteamericano murió de sida a mediados de los años noventa, cuando la enfermedad parecía ser una condena bíblica lanzada contra la comunidad homosexual, que en su caso era la bisexual.

Narcisista, introspectivo y conflictivo. Sus libros están llenos de digresiones y cuadros ambientales. Son como los muebles de un viejo salón victoriano, desgastados y con la memoria exacta de todas las obscenidades.

Su tempranísimo éxito en Estados Unidos no le favoreció, según parte de su cofradía de devotos, pero tampoco le robó las dosis de ambición con las que, por decirlo de algún modo, venía de fábrica. Acaso compararlo con un Proust norteamericano, como hizo en su momento Harold Bloom, sea una descripción exagerada.

Pero lo que es indudable, y Primer amor y otros pesares lo evidencia, es que Brodkey está por encima de muchos otros escritores de su misma generación, esos expertos en traicionarse a sí mismos para mostrarnos, después, los restos de tantas batallas perdidas.