La relación de las aceras de Barcelona con Bilbao

La relación de las aceras de Barcelona con Bilbao CRÓNICA GLOBAL

Historia

Bilbao se inspiró en Barcelona y cambió sus aceras: la historia urbana que une a ambas ciudades

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Hay muchas cosas que distinguen a Barcelona: la Sagrada Familia, el Eixample y sus aceras. Pocas ciudades presumen tanto de un pavimento tan icónico como la capital catalana.

El panot de flor define las aceras del Eixample y se ha erigido en símbolo universal de la ciudad. Su diseño modernista y el grabado de una flor con cuatro pétalos en relieve son marca Barcelona. Aunque no solo.

A más de 600 kilómetros, en Bilbao, hay unas aceras muy similares, casi idénticas. La ciudad vasca cuenta con 66.000 baldosas florales que recuerdan muchísimo a las de Barcelona.

¿Quién se ha copiado a quién? Y, sobre todo, ¿qué ha hecho que ambas ciudades compartan aceras? Es un misterio que continúa.

Los orígenes del panot

El origen está claro: es catalán. El panot de flor nació a principios del siglo XX, en plena expansión del Eixample.

El arquitecto modernista Josep Puig i Cadafalch, creador de la Casa Amatller, decidió diseñar también un suelo especial para el patio de carruajes. Hoy es uno de los emblemas del modernismo catalán y de la ciudad de Barcelona.

Una solución al barrio

Fue por una razón práctica. En aquella época, la pavimentación de las aceras era responsabilidad de cada propietario, que debía cubrir los dos metros y medio frente a su edificio con materiales municipales.

El resultado era caótico: un mosaico irregular que no siempre era funcional. Muchas veces, con la lluvia, el suelo de la ciudad se convertía en un lodazal impracticable.

Adiós a las aceras típicas de Barcelona: así es el nuevo panot

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Así, para ordenar el nuevo Eixample, el Ayuntamiento de Barcelona estandarizó cinco modelos de baldosas en 1907. Uno de ellos fue el de la Casa Amatller.

El panot de Puig i Cadafalch ya era popular por aquel entonces en la ciudad y se impuso como uno de ellos.

El fin de Can Fanga

Así, lo que empezó como detalle arquitectónico se masificó en las aceras, consolidándose como emblema de la ciudad condal.

Había razones que sobrepasaban la fama y la estética de la baldosa. Su textura facilitaba la adherencia y el drenaje moderado, adaptándose al clima mediterráneo. Perfecto para solucionar el lodazal que era el Eixample de Barcelona y que le dio el nombre de Can Fanga.

La adaptación bilbaína

Resuelto el misterio del origen, la pregunta es: ¿cómo llegó a Bilbao? Precisamente, por razones similares a las de Barcelona.

Bilbao enfrentaba retos similares, pero agravados por su clima atlántico. La lluvia constante demandaba un pavimento antideslizante y eficiente en el desagüe.

Aceras de Bilbao

Aceras de Bilbao CRÓNICA GLOBAL

El Ayuntamiento vizcaíno buscaba soluciones y, a mediados de los años 80, optó por inspirarse en el exitoso modelo barcelonés, recuperando la flor de cuatro pétalos como base.

El panot de Barcelona se convirtió también en la "baldosa de Bilbao", aunque con alguna diferencia. La vasca mantiene el relieve central floral, pero hay un detalle que la diferencia.

Solución a la lluvia

El panot bilbaíno añade cuatro surcos perimetrales, uno en cada lado. Este detalle añadido servía y sirve para distinguirse del original barcelonés y, a su vez, para canalizar el agua hacia las juntas, evitando charcos y resbalones.

Aunque desde los años 80 hasta ahora también ha sufrido otras modificaciones. Las primeras estaban fabricadas de forma artesanal con hormigón, arena gruesa, agua y virutas de hierro para mayor rugosidad. Las actuales están hechas de cemento industrial.

Y es que el modelo triunfó. Durante la transformación postindustrial de Bilbao, la que arrancó con la llegada del Guggenheim, las baldosas florales se extendieron por ensanches y plazas, cubriendo hoy más de 66.000 unidades en el casco urbano.

Lo mejor de todo es que, al igual que pasa en Barcelona, en Bilbao esta solución técnica también se convirtió en un emblema. Con dos nombres distintos: el catalán se conoce como panot; el vasco se bautizó como Botxo.

En cualquier caso, en ambas ciudades ha pasado lo mismo. Su repetición masiva las ha convertido en seña de identidad. Ambas son replicadas en camisetas, joyas, dulces locales y pañuelos de la Aste Nagusia. Modernismo, copia y marketing. Capitalismo y seña de identidad.