Henri Parot
El gobierno vasco, siempre dispuesto a mostrarse agradecidos con los que vareaban el árbol para que el PNV pudiese recoger las nueces, acaba de concederle el tercer grado penitenciario a Henri Parot (Argel, 1958), que llevaba pudriéndose en la cárcel, como corresponde, desde 1990, cuando fue detenido en Sevilla por la Guardia Civil al volante de un coche cargado de explosivos con los que pensaba volar la jefatura de policía, puede que para poner broche de oro a una brillante carrera de asesino en serie patriótico que se había cobrado la vida de cerca de cuarenta personas.
Evidentemente, el señor Parot nunca ha mostrado el más mínimo arrepentimiento por sus crímenes, pero el gobierno vasco es generoso con aquellos a los que, en el fondo, considera los suyos (solo que un poco más brutos que la media, aunque con buena intención).
De un tiempo a esta parte, en el País Vasco y Navarra (María Chivite es del PSOE, pero también se muestra muy comprensiva con los etarras a la sombra) caen los terceros grados con una frecuencia inaudita. ¿Tendrá algo que ver con el hecho de que Sánchez dependa de los abertzales para mantenerse en el poder?
Llámenme mal pensado, pero no me extrañaría. Total, ¿qué le importa a él si se hace o no justicia con sus compañeros de partido asesinados en los años de plomo? Los únicos años que le interesan son los actuales, y si, para alargarlos, hay que poner en la calle a gentuza abominable, ¿a él qué más le da?
Nacido en Argelia de padres vascos, Henri Parot (nunca se cambió el Henri por el Unai euskaldún) se apuntó a ETA en cuanto regresó al terruño. Formó parte durante años del comando Argala, uno de los más sanguinarios de la banda, y luego siguió asesinando por su cuenta, hasta alcanzar esas 38 ejecuciones de las que le acusaron cuando su juicio.
Todo parece indicar que le gustaba eliminar presuntos enemigos de Euskadi. Le cayeron 4800 años de talego en ese juicio, aunque, gracias a la comprensión y humanidad del PNV (que se quedará corta en cuanto Bildu gane las elecciones autonómicas, pues parece que el noble pueblo vasco le está muy agradecido por dejar de matar a sus conciudadanos), ahora gozará de semi libertad.
Hay algo profundamente enfermo en la sociedad vasca, algo que pervive tras los años de plomo. Su persistencia en votar a quienes más daño le han hecho necesitaría una evaluación psiquiátrica: el más cansino cerrilismo sigue imponiéndose, y cada vez más. Y no faltará quien se cruce en un bar con el señor Parot y lo invite a una caña y unos pintxos.
Que con su pan se los coman y les sienten como un tiro en la nuca.