El CEO de Freixenet, Andreas Bokemper Cedida
Nadie debería obligar a una empresa a hacer un movimiento determinado. Las decisiones estratégicas, la gestión de stock y los mercados a los que dirigirse son competencia exclusiva de su consejo de administración. Pero la demanda de los viticultores de que Freixenet devuelva a la DO los 40 millones de botellas que retiró en 2024, en pleno pico de la sequía, es más que razonable.
No se trata de exigir una cifra exacta ni de inmiscuirse en la gestión de la compañía. Se trata de sentido común y de responsabilidad sectorial. Hemos dejado atrás los peores años de la crisis hídrica, una situación excepcional que obligó a tomar medidas excepcionales. Pero el escenario ha cambiado drásticamente. No puede ser que, tras el alivio de las lluvias, el sector del cava siga igual de preocupado, ahora por un excedente previsto de unos 100 millones de kilos de uva que amenaza con hundir los precios y el sustento de muchas familias.
Freixenet le debe mucho a la DO Cava; su marca y su éxito global se han forjado bajo este sello de calidad. Y la DO Cava también le debe mucho a Freixenet, cuyo empuje ha sido fundamental para el prestigio y la internacionalización del producto. Es una relación simbiótica. En momentos de bonanza, la generosidad y la altura de miras del líder son necesarias para garantizar la estabilidad de toda la cadena de valor, desde la viña hasta la botella. Reincorporar esas botellas, de forma progresiva y pactada, sería un acto de responsabilidad para evitar un "mercado salvaje" que a nadie beneficia a largo plazo.