Javier Suqué, de Grupo Peralada
Resulta imposible glosar la larga y exitosa historia de la industria española de automoción sin el nombre de Hispano Suiza. Aquel proyecto que hizo de la transnacionalidad una virtud, en tiempos en los que la globalidad era un concepto prácticamente virtual, revolucionó el mundo del automóvil y fue capaz de mirar de tú a tú a los mejores fabricantes de todo el planeta.
De todo punto loable es el intento de volver a situar la mítica enseña de las cigüeñas en el panorama mundial. Y mucho más sin olvidar las señas de identidad de innovación y vanguardia que siempre la caracterizaron. La aventura de la familia Suqué también representa un homenaje a su antepasado Damián Mateu, cofundador de Hispano Suiza. Uno de aquellos pioneros de aportaciones inolvidables, embarcado en un proyecto sin saber que era imposible… hasta que lo hizo real.
Por estas circunstancias, sería especialmente doloroso que la iniciativa acabara en fiasco al poco de comenzar. La industria del automóvil es una de las que más se ha visto impactada por los procesos de descarbonización de la economía y la transición energética. Un vuelco absoluto, un cambio de paradigmas y de estrategias radical, en el que los principales grupos del sector llevan inmersos más de dos décadas sin haber aún culminado la labor. Probablemente, porque es una tarea sin final.
Un escenario inéditamente complejo, en el que conviene manejarse con pies de plomo. Y asegurarse apoyos económicos e industriales con la potencia de fuego necesaria. En estos casos, resulta peor quedarse a medio camino que fracasar por haber elegido una estrategia equivocada. Y, en cambio, parece conveniente revisar planteamientos y recalcular la ruta antes de tener que abordar operaciones de salvamento societario que no son precisamente la mejor tarjeta de visita para dejar a potenciales inversores.