El diputado de Más Madrid Emilio Delgado
El diputado de Más Madrid Emilio Delgado Orgaz (Madrid, 1976) parece dispuesto a darse a conocer a cualquier precio. De ahí su dúo (¿cómico?) con Gabriel Rufián en vistas a encabezar una posible alianza de todas las izquierdas a la izquierda del PSOE (de la que no se ha vuelto a saber nada, por cierto, entre la poca gracia que le hizo la cosa a Mónica García, la favorita de todos los médicos de España, y a la dirección de ERC, que a punto estuvo de deshacerse del orgullo de Santa Coloma).
Y de ahí, también, las declaraciones que va soltando con cierta frecuencia para distinguirse del resto de su rebaño. Hace unos meses se le ocurrió decir que sí, que hay que avanzar en el reconocimiento de los derechos de las personas humanas LGTBIQ+, pero sin descuidar a los heterosexuales de toda la vida, que también son criaturas del Señor.
La verdad es que me pareció muy razonable lo que dijo, pero se le echó encima la feroz Carla Antonelli, siempre al quite para captar cualquier muestra de LGTBI fobia, y tuvo que plegar velas y pedir disculpas como si hubiese ofendido a alguien.
Recientemente, el señor Delgado ha tenido un nuevo pronunciamiento que también ha hecho correr algo de tinta. Se quejaba el hombre (no sin razón) del crecimiento exponencial en España del evangelismo trumpista, contra el que había que tomar medidas, según él, para frenar a lo que considera (y yo con él) una pandilla de cantamañanas místicos que, a la que te descuidas, te han soplado la cartera.
Se centraba Delgado, concretamente, en los predicadores evangélicos que, al parecer, han tomado el metro de Madrid para hacer proselitismo y que se están convirtiendo, a sus ojos, en una plaga. El problema de la propuesta de Delgado es que se queda corta.
Tomarla con los evangélicos y dejar que los demás pelmazos subterráneos sigan dando la brasa puede ser tomado por la Antonelli de turno (o por mí mismo) como una medida contra un colectivo en concreto, lo cual, con la legislación vigente, podría ser considerado un delito de odio y una discriminación por motivos religiosos.
El metro de las grandes ciudades lleva años siendo el teatro de operaciones de todo tipo de atorrantes, borrachuzos, ladrones, pedigüeños, seudo músicos callejeros, pervertidos sexuales y demás elementos antisociales.
En ese sentido, los evangélicos son solo un peligro más de los muchos a los que se expone el ciudadano medio cuando se interna en el inframundo urbano. O acabamos con todos los pelmazos que infestan el metro o dejamos que todo siga como hasta ahora. Lo que no podemos hacer es elegir a un colectivo en concreto y hacerle pagar por todos.
En cualquier caso, estas ideacas no van a ayudar al señor Delgado a imponerse a Rufián en sus planes de dominación de la izquierda nacional. Ni siquiera a recuperar la simpatía de Mónica García. De todos modos, quedo a la espera de la siguiente porque, lo reconozco, Emilio Delgado me da vidilla.