Un montaje con una foto de José Luís Rodríguez Zapatero de fondo

Un montaje con una foto de José Luís Rodríguez Zapatero de fondo Crónica Global

Examen a los protagonistas

José Luis Rodríguez Zapatero

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Asistiendo a sus últimas aventuras político- financieras, todo parece indicar que José Luís Rodríguez Zapatero (Valladolid, 1960) nunca fue el badulaque bienintencionado que aparentaba ser cuando llegó a presidente de la nación (2004 – 2011) y se ganó el apelativo de Bambi, basándose teóricamente en su bondad natural, su buena fe y sus ganas de contribuir a la definitiva reconciliación entre los españoles.

Llegó a presidente de rebote, eso sí, y por culpa de la torpeza del PP, empeñado en echarle la culpa a ETA de los atentados de Atocha. Pero nada más auparse al cargo, su principal obsesión fue presentarse ante la ciudadanía como un buen hombre sobrado de “talante” (así, a secas, como si quisiera decir algo sin especificar de qué tipo de talante estamos hablando). O sea, nada que ver con la chusma traicionera y oportunista del PP. Nuestro hombre engañó a mucha gente en esa época. Entre ella, mi difunta amiga Rosa Regàs, quien, durante una época, me hablaba maravillas de él. Sin llegar a esos extremos de devoción, muchos otros conocidos me confiaron que les parecía un buen tipo (aunque los acabara utilizando a todos para formar parte de un colectivo cultural de apoyo que fue rebautizado por la derechona como “Los de la ceja”).

A Zapatero le bajó Dios a ver con la desaparición de la banda terrorista ETA, que se produjo no tanto gracias a él como al agotamiento de los de la capucha y el buen trabajo llevado a cabo por los cuerpos de seguridad. Desde entonces, no ha perdido ocasión de recordarnos que con ETA acabó su gobierno en general y él en particular.

Nos llevó algo de tiempo darnos cuenta de que, bajo esa apariencia de ser de luz, había un firme defensor de la no reconciliación de los españoles. Agarrado a uno de sus abuelos, republicano fusilado por Franco (del otro, franquista, no se ha acordado nunca), no paró hasta imponer un guerracivilismo de aúpa, algo que, por otra parte, tampoco cuesta mucho en este país nuestro, en el que todos parecemos pasarlo muy bien echándonos mutuamente encima el cadáver del abuelito. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias completaron su labor, llegando al ambiente irrespirable que respiramos desde hace años.

Lo peor del personaje, eso sí, ha salido a la superficie recientemente, cuando ya no ocupaba la presidencia: sus trapisondas financieras con compañías aéreas ruinosas salvadas con dinero público, su presunta tarea de intermediación en Venezuela entre el chavismo y la oposición (consistente en reírle todas las gracias al extraído Maduro y pasando olímpicamente de quedar con los políticos opositores), los negocietes de sus hijas supervisados por él, ¡oh, prodigioso man in the middle!

Aunque el personaje cada día huele peor, se comporta como si no tuviese nada de lo que arrepentirse (véase la reciente entrevista con Carlos Alsina, un monumento a la desfachatez). Algo me dice que, tarde o temprano, se caerá con todo el equipo. Pero, mientras tanto, como se dice en catalán, Qui dia passa any empeny.