Irene Montero, hablando con Gabriel Rufián en una imagen de archivo

Irene Montero, hablando con Gabriel Rufián en una imagen de archivo Eduardo Parra / Europa Press - Fotomontaje CG

Examen a los protagonistas

Irene Montero

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La reina de Galapagar

Con lo verde que habían puesto a Gabriel Rufián las chicas de Podemos, y ahora, una de ellas, la más galana (por decisión de su marido), Irene Montero (Madrid, 1988), se engancha a él para intentar salvar los (respectivos) muebles. Pronto se celebrará en Barcelona un acto de presentación de la nueva aventura del dúo Rufián & Montero, con la que se pretende, al parecer, salvar a la izquierda de sí misma.

Soy de los que creen que lo mejor para salvar a la izquierda sería que estos dos cantamañanas del progresismo se fueran a sus casas y dejaran la tarea a personas más presentables. Pero también es verdad que no tienen casa a la que volver, por lo menos en estado metafórico. El Mercadona no es una casa. Santa Coloma tampoco, sobre todo cuando llevas años por Madrid, en los bares y restaurantes te llaman Don Gabriel y te has casado con una ricachona del PNV. Aquí de lo que se trata es de conservar el estatus social.

En otro orden de cosas, Montero, aunque ya ha logrado prácticamente desintegrar a la competencia de Sumar (en gran parte, por propia ineptitud), necesita darle un impulso a su Podemos, donde las cosas tampoco están como tirar cohetes precisamente, como se ha visto en las más recientes elecciones autonómicas. Rufián, por su parte, tiene que irse preparando para cuando le señalen la puerta de salida en ERC por botifler y españolazo. A ese no lo sacas de Madrid ni con agua hirviendo, entre otros motivos, porque ahí nadie se le dirige en catalán, que es una mala costumbre de algunos de sus conciudadanos, conscientes de que es un idioma que no domina, pero les da lo mismo.

La flotilla solidaria con la Cuba asediada por Donald Trump es otro gesto de cara a la galería con el que Montero pretende apelar a los miles de estalinistas que conforman su partido y, además, hay menos riesgo que cuando la Flotilla Maravilla de Ada Colau, que se enfrentaba (mínimamente, eso sí) a la posibilidad de que los malvados judíos hundieran los barcos de la expedición: que yo sepa, no hay portaaviones americanos en las costas de Cuba para hacer saltar por los aires a quien se acerque a la isla con algo de comida (si es que no se olvidan de la comida, como les pasó a Colau y Greta Thunberg).

Lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal. Con lo de Cuba (ni una palabra sobre su régimen dictatorial), Montero va tirando. Y con su asociación con Rufi, aunque parezca lo de un ciego guiando a un cojo, pues a ver qué pillamos. Si consiguen convencer a alguien de que son el antídoto contra la derechona rampante, todo eso que se llevan. Y, además, así se le hace la puñeta a cualquier político de izquierdas que pueda estar realmente preparado para resucitar al progresismo de verdad.

Puede que Montero y Rufián no sean nuestros mejores políticos, pero sí es posible que sean nuestros más habilidosos intrusos.