Mark Ruffalo
Mucha gente en Estados Unidos detesta y teme a Donald Trump, pero pocos lo han expresado con tanta urgencia y pasión como el actor Mark Ruffalo (Kenosha, Wisconsin, 1967) durante la reciente celebración de entrega de los Globos de Oro, cuando lo retrató como un peligro público y una catástrofe para el mundo en general y su país en particular.
Sí, ya sé que no hay que hacer mucho caso a los actores cuando se ponen estupendos políticamente (no hay más que ver a los nuestros), ni olvidar que llevan vidas privilegiadas en comparación con la del común de los mortales. Y Ruffalo no es el único que se ha manifestado en ese sentido (Robert De Niro tampoco se ha mantenido callado), pero, por lo menos, nos ha ahorrado esas amenazas de irse a vivir a Europa hasta que escampe el vendaval trumpista a las que tan dados son los divos de Hollywood (pasa el tiempo y todos siguen en sus mansiones de Bel Air, animando mucho, eso sí, al jardinero mexicano).
El hombre no se va a ninguna parte y se queda donde ésta para plantar cara a la situación dentro de la medida de sus posibilidades (aunque se insinúa cierto interés por su parte por iniciar una carrera política: se dijo lo mismo de George Clooney y al final, nada).
De momento, su arrebato de sinceridad ante el micrófono de los Golden Globes ya le ha traído los primeros problemas: Paramount, estudio con el que estaba en conversaciones para algunos proyectos, ha decidido dejarlos en stand by y congelar las negociaciones hasta otro momento, que no sabemos cuándo (o si) llegará.
Es un toque de atención del establishment a sus miembros más revoltosos que demuestra la intención del poder en Hollywood de no causarle ni el menor problema al todopoderoso Donald Trump, ese inventor permanente de aranceles que nunca se sabe si se va a descolgar algún día con aranceles internos (pasando del oxímoron) que puedan perjudicar a la industria del cine en general o a Paramount en particular.
Mark Ruffalo no tiene ninguna necesidad de meterse en problemas. No es una estrella, pero las cosas le van razonablemente bien. Recientemente pudimos ver por televisión la espléndida miniserie Task, en la que interpretaba a un agente del FBI que antes fue cura y que se llevó a su nuevo oficio el complejo de culpa católico.
En ella, Ruffalo estaba francamente brillante y, con unos kilos de más, se despedía definitivamente de sus posibles ilusiones de ser considerado un galán por la industria. Y no es el único papel psicológicamente complejo de su trayectoria, que siempre se ha distinguido por elegir los que más podían hacerle crecer como actor.
Yo no sé si este hombre acabará entrando en política o no, pero le agradezco esa toma de partido cuando quien menos debe se muestra obsequioso con el Hombre Naranja y compite por sus favores. Quiero creer que lo de Ruffalo va más allá de un frívolo postureo progresista porque, francamente, ya no sé a qué agarrarme viendo a María Corina Machado regalándole el Nobel a Trump y a Mark Rutte empeñado en querer ser su mejor amiguito europeo.