María Corina Machado
Qué imagen tan triste la de la venezolana María Corina Machado (Caracas, 1967) regalándole su premio Nobel de la paz a Donald Trump, solo superada por la del propio Trump aceptándolo en vez de recordarle a su invitada que no debería humillarse de tal modo, entre otros motivos porque tampoco va a lograr sacarle nada, ya que él está muy contento con su fiel Delcy Rodríguez, que le vendió a Maduro por un precio razonable y que come de su mano por la cuenta que le trae, si es que ella y su hermana quieren seguir chupando del bote en Venezuela (ah, y la democracia se la sopla, lo suyo es el petróleo).
Como señora de derechas, María Corina Machado debió confiar en que el Agente Naranja le ayudaría a restablecer la democracia en su país, pero eso nunca estuvo en la mente del presidente de los Estados Unidos, que ha optado por el viejo y probado sistema del gobierno títere, por el hijo de puta que se convierte en nuestro hijo de puta.
Con el cinismo por delante, como siempre, Trump ha priorizado el interés económico de su país (y de sus amigos) sobre las pretensiones democráticas de la señora Machado, de la que llegó a decir, tras ganar unas elecciones convenientemente alteradas por Maduro, que no contaba con el apoyo y el respeto de la población venezolana.
No sé qué fue a intentar rascar la señora Machado a la cita con Trump, francamente. Es evidente que ha perdido la gracia del presidente, si es que alguna vez la tuvo. El hombre ha tomado su decisión, la más repugnante desde el punto de vista moral, pero totalmente consecuente con su trayectoria y, como se dice en el ejército, el que venga atrás, que arree: buenas palabras y poco más (mejor evitar la posibilidad del síndrome de la criada respondona).
En Noruega, claro está, lo de ir por ahí regalando premios no ha sentado muy bien. Se supone que el premio Nobel es personal e intransferible, por lo que no puedes ofrecerlo como moneda de cambio, sobre todo si esa moneda no es de curso legal para el sujeto al que pretendes agradar/sobornar.
Ya supongo que la señora Machado tiene cosas más importantes de las que preocuparse que desairar a un jurado, pero los valores por los que se le concedió el Nobel no son compartidos precisamente por el individuo al que le hizo el regalito (quien debe estar convencido de que la justicia poética existe, ya que él creía merecer el galardón por haber logrado poner fin a no sé cuantas guerras, por lo menos en su imaginación calenturienta).
Ojalá todo se pudiera resolver regalando premios. Le podríamos otorgar el Cervantes a Donald Trump e igual así nos quitaba los aranceles. O el premio Kierkegaard (si existe), y así se olvidaba de invadir Groenlandia. Lamentablemente, las cosas no son tan fáciles. Y las meteduras de pata serviles no contribuyen mucho a solucionarlas.