Francoise Hardy

Francoise Hardy Wikipedia

Examen a los protagonistas

Françoise Hardy

21 enero, 2024 00:00

Un largo adiós

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La cantante francesa Françoise Hardy (París, 1944) acaba de convertirse en octogenaria en un estado de salud deplorable que la ha llevado a enviarle una carta a Emmanuel Macron para que legalice de una vez la eutanasia. La muchacha que cantaba en los 60 Tous les garçons et les filles es ahora una mujer mayor a la que le duele todo y para la que su cuerpo se ha convertido en su peor enemigo (para colmo de males, está prácticamente ciega), y solo quiere morir, desaparecer, dejar de sufrir. Francia, de momento, no la deja hacerlo, y es poco probable que el presidente de la República apruebe la eutanasia de un día para otro. La situación hace ya mucho que dura. Cada equis tiempo, la prensa se hace eco de la triste situación de la señora Hardy y de su insistencia en que la dejen quitarse de en medio. Pero no hay manera y no se hacen excepciones, así que la pobre va a tener que seguir pasándolo fatal hasta que su vida termine de un modo más o menos natural.

Seguro que hay muchas personas en la misma situación de Françoise Hardy, pero no las conocemos, mientras que a ella llevamos tratándola, de una u otra manera, desde la década prodigiosa, cuando era la chica más guapa del pop mundial a la que intentaban beneficiarse todas las celebridades del mundo del espectáculo francés e internacional (entre los rechazados figuraban Brian Jones, que en paz descanse, y Mick Jagger, de los Rolling Stones, y también se especuló sobre una posible relación con el atormentado Nick Drake, aunque parece que no hicieron mucho más que hablar y tampoco en exceso, ya que él no conocía el francés y ella no dominaba el inglés; el hombre de su vida acabó siendo el cantante Jacques Dutronc -que también ha ejercido de actor: recordemos su brillante participación en la película de Andrzej Zulawski Lo importante es amar-, del que se acabó divorciando tras un hijo en común, el cantautor Thomas Dutronc, pero con el que ha conservado la amistad y la complicidad durante toda su vida).

Para los que ya tenemos una edad, cada vez que muere un músico que nos alegró la adolescencia es un poco como si perdiéramos a un familiar o, por lo menos, a alguien que siempre ha estado ahí, formando parte de nuestro paisaje generacional. Nos pasó con David Bowie, Leonard Cohen, Lou Reed o Charlie Watts. Sus muertes son señales de que a nosotros cada vez nos queda menos tiempo en este planeta, de que somos los próximos de la lista. La muerte demorada por la burocracia de Françoise Hardy alarga el luto y la melancolía y te hace temer un final peor que diñarla. Hardy se ha quedado atrapada en un limbo absurdo del que solo se puede transitar a la nada. Y la estancia en ese limbo no es más que dolor y sufrimiento. ¿Cómo ha podido pasar tan rápido el tiempo?, te preguntas. ¿En qué momento se convirtió esa chica que se creía feúcha por culpa de su madre, pero era puro encanto, en una anciana que solo aspira a desaparecer?

No hubo un momento, solo una desastrosa fatiga de los materiales, fatiga que nos acaba afectando a todos y de la que tratamos de olvidarnos, siguiendo con nuestras cosas como si fuesen eternas, y de las que solo nos acordamos cuando vemos que alguien como Françoise Hardy sigue suplicando que la dejen morir y nadie le hace el menor caso.