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El presidente de ERC, Oriol Junqueras / CRÓNICA VASCA

Oriol Junqueras

5 min

No ha vuelto, nunca se fue

Una extraña maldición parece cernirse sobre los procesistas más destacados, los que pagaron con la cárcel o la fuga por la república de sus sueños: unos y otros se van difuminando en el inconsciente colectivo, como si tocara dejar paso a nuevos líderes que no aparecen por ninguna parte o dan la impresión de ir a acabar igual de mal que quienes les precedieron.

Oriol Junqueras es uno de esos caudillos providenciales que pasan por horas bajas y que, a falta de algo mejor que hacer, se dedican a dar palos de ciego y a impartir consignas contradictorias entre su desarbolada parroquia. Los días que se levanta realista, el bueno de Oriol reniega de la unilateralidad y hace esfuerzos franciscanos por intentar entenderse con el enemigo. Si se levanta con el pie izquierdo, como hace unos días en Igualada, le da por el Ho tornarem a fer, por dar la chapa con lo de que hemos de ser más y más fuertes, por mostrarse inasequible al desaliento y por animar a las tropas para que consigan lo que él no logró (eso sí, deja bien claro que se van a tener que apañar sin él, que no tiene ninguna intención de volver al talego).

Con sus socios de Junts x Puchi adopta también una actitud ambivalente. Unos días parece considerarlos los socios más adecuados en el complicado camino hacia la independencia y otros, los pone de vuelta y media, como está haciendo ahora con Laura Borràs tras el último episodio bochornoso de esta, consistente en defender el escaño de un cupaire cuando ya se le había desposeído de él y suspendido de empleo y sueldo (estamos a la espera de las explicaciones de La Geganta del Pi, que prometen ser de traca porque lo que vemos es lo que hay y no hay manera de vestir la mona para que quede más presentable).

No descarto una condición ciclotímica en el beato Junqueras, pues a veces parece que nos hallemos ante un paciente bipolar que unos días siente unas cosas y otros días, otras. La actitud de su partido, ERC, demuestra a diario que se ha optado por el posibilismo y que se colabora con el Gobierno central, aunque de vez en cuando, de cara a la galería, haya que hacer alguna jaimitada rufianesca como la de negarse a aprobar los Presupuestos Generales del Estado.

Y también Pere Aragonès muestra ciertas señales de bipolaridad al intentar hacer compatibles su colaboración con Madrid con las salidas de pata de banco en asuntos como la lengua o el basureo a los baturros por esos Juegos de Invierno que no nos van a dar porque las entidades internacionales no están para pugnas y tanganas de vuelo gallináceo en entornos locales. Pero el petitó de Pineda tiene la excusa de que ocupa un cargo político real, mientras que al beato Junqueras se le nota desubicado, inseguro y con cierta impresión de haberse enviado a sí mismo a la papelera de la historia.

Una extraña maldición se cierne sobre los procesistas de antaño. Yo diría que lo mejor que puede hacer Junqueras es abandonar la política ahora que la política le ha abandonado a él y volver a dar clases o, directamente, tomar los hábitos y consagrarse a partir de ahora al estudio y a la plegaria. Cualquier cosa antes de seguir sometiéndonos a todos a sus cambios de humor y de opinión, a sus bajones y subidas, a sus denodados intentos de seguir pintando algo en una Cataluña que está empezando a olvidarle y en un partido que dentro de poco no va a saber qué hacer con él.