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Pere Aragonès, saludando a su antecesor Quim Torra durante su investidura como presidente de la Generalitat / EFE

Pere Aragonès

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Llueve sobre mojado. Pere Aragonès intentó marcar perfil propio respecto a sus socios de JxCat con un discurso de investidura pretendidamente progresista que, sin embargo, no se dejó ninguno de los tópicos del nacionalismo gobernante en Cataluña. Empezando por considerar que, al igual que él, el resto de catalanes también anhelan una "Generalitat republicana" con la secesión de Cataluña como objetivo.

Presentarse como presidente de "todos" los catalanes y marcarse entre sus prioridades "la felicidad de la ciudadanía sin dejar a nadie atrás" choca de frente con, por ejemplo, considerar "indisociables" la "justicia social" y su concepto de la "libertad nacional", o su insistencia en la "autodeterminación" y otras cuestiones controvertidas como la "amnistía" de los políticos presos el procés.

Por mucho que Aragonès crea que todos los catalanes son nacionalistas, el nuevo presidente de la Generalitat debería saber que, lejos de "felicidad", su anhelado "referéndum" y la separación de España lo único que provoca en al menos la mitad de sus conciudadanos es malestar, desazón, angustia y miedo. Y que tal objetivo, lejos de unir, sólo genera división y enfrentamiento. Justo lo contrario de lo que se necesita, de paso, para intentar salir del pozo económico, social y sanitario que ha dejado el coronavirus.

Y todo ello, el mismo día en que se conoció que su vicepresidente y hombre fuerte en el Govern será Jordi Puigneró, uno de los dirigentes de máxima confianza del fugado Carles Puigdemont. Forjado en la antigua Convergència, su nacionalismo radical e hispanofobia es de sobras conocido. Malos augurios, sin duda, de cara la nueva legislatura.