A estas alturas de la temporada ya se habrá dado cuenta usted, astuto lector, de que el presunto bajón de juego de Lamine Yamal no está en las estanterías de historia sino en las de ficción. La realidad es que el Barcelona se ha colado en el Top 8 de la Champions, cuya recompensa es una eliminatoria menos en el camino hacia el título, y se mantiene líder de la Liga pese a que era previsible al menos otro resbalón en este largo final de enero sin Pedri. Pero la 10 está en buenas manos. Concretamente, en las de un muchacho inasequible a la adversidad.
Da igual que cinco intentos de regate seguidos acaben con su esternón chocando contra la espalda del lateral, o que le salgan cuatro tiros lastimosamente mordidos desde la diagonal del área: seguirá acariciando la pelota y cambiando de ritmo y de dirección. Leyéndole a la redonda novelas de aventuras hasta que el viento sople a su favor. Si encima resulta que ya arranca el partido con las velas henchidas, entonces el rival se puede dar por fotut: está a punto de ser engullido por una vorágine de fútbol ofensivo como pocas han visto los tiempos. A partir de ese momento, que el Barça se lleve la victoria se convierte en una mera cuestión estadística: solo el acierto en el remate dirimirá si el resultado es holgado o un poco más emocionante.
Quizá sea usted de esos que añoran la época en que los sensacionales futbolistas del innovador Guardiola liquidaban los partidos poniéndose 3-0 antes del minuto 29. Pero la nostalgia de lo que se perdió siempre es más soportable que el anhelo por lo que nunca se tuvo. Este Barça es menos cauto, más vibrante, menos dominante, más diagonal, y de hecho es muy notable su nivel de precisión habitual, tanto en el pase como en el disparo. Por todo ello, parece injustificado preocuparse por llegar empate al descanso contra el Copenhague (al final les cayeron cuatro) e incluso por malograr no menos de veinte ocasiones de gol en Elche (a la postre, 1-3). Sobre todo si tenemos en cuenta que tanto estas dos victorias como los triunfos ante Oviedo y Slavia de Praga se lograron con defensas cambiantes y centros del campo remendones.
Ha aumentado, además, la incidencia de Marcus Rashford como cuarto delantero. El inglés ya suma 10 goles y otras tantas asistencias en la temporada, y de nuevo saca a menudo a pasear tanto su magnífico golpeo como sus incisivos abordajes al área rival. Y eso, en partidos en los que Ferran y Lewandowski sufren con sus marcadores y la explosividad de Raphinha no termina de alcanzar su cénit, es oro molío. No sé si le valdrá para quedarse en la plantilla la próxima temporada, pero es sumamente importante que el 14 ayude al Barça a alcanzar y superar su media de goles incluso en partidos en que Fermín falla las cinco que tiene. No suele ocurrir, pero a veces pasa. Y, por supuesto, las posibilidades de que al Barcelona le piten once penaltis a favor en veintidós partidos, como a otros plañideros que yo me sé, son casi inexistentes.
P.D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana
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