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Tras el inmerecido sopapo de Anoeta, de nuevo sufrió el Barça en dos lugares revisitados una y otra vez en los eneros de su trayectoria deportiva en este siglo: un campo helado en Europa y un partido ante el colista con un once incongruente. Obligado por las bajas y el calendario, sí, pero tan excéntrico como colocar a un solo defensa de la línea en su posición natural o dejar el equipo en las manos -desde luego, no en los pies- del indolente De Jong. Sin embargo, los de Hansi Flick salvaron la semana con dos victorias que los mantienen tanto en el liderato liguero como en la pelea por el Top 8 de la Champions League. Dos resultados, por cierto, que habitualmente separan a los Barcelonas que triunfan de los que acaban en naufragio. Y logrados, para mayor mérito, lesión de Pedri mediante.

No es poca cosa. Las vitrinas de la sala de trofeos azulgranas están llenas de desconexiones aparatosas que se puentearon gracias a segundas partes con pegada y, sobre todo, entrega. Nadie tan idóneo para eso como Fermín, azote del invierno checo, y Raphinha. El primer brasileño atómico combinó ayer la ferocidad de Eto'o con la definición de Messi para dar carpetazo a un Oviedo rascayú que ya había visto recompensada su miseria futbolística con un gol de Dani Olmo a la vuelta del descanso. Resulta curioso cómo los disparos a la red del 20 parecen siempre quirúrgicos. Incluso cuando rozan en un rival, como ayer. Y es una buenísima noticia que levante el pulgar para indicar que está bien cada vez que Flick le pregunta desde la banda si se ve para seguir sumando minutos.

Cerró la cuenta antes del granizo Lamine Yamal, protagonista también de su apertura con una de esas presiones ambiciosas, de piernas jóvenes, que a menudo se le reclaman como guinda a su fútbol exuberante. He de confesar que estos partidos del prodigioso 10 blaugrana son los que más me gustan: empieza atribulado, con dificultades para desbordar, atado en corto por su marcador y los no menos de dos compañeros que acuden en su ayuda para achicar espacios. Y acaba obliterando el área rival como un regimiento de artillería, dando no menos de cinco pases de gol y marcando uno él mismo. El de ayer, además, en un remate de volea que define a nuestro querubín a la perfección: tan acrobático y plástico como eficiente, puesto que era la mejor manera de reconducir un pase elevado de Olmo cuyo efecto iba alejando el balón de la portería.

El duelo del miércoles ante el Copenhague será una buena medida de la capacidad de este Barça impaciente para reconciliarse como equipo en un partido clave sin Pedri, el equivalente a una cena de amigos donde falta justo el único que se lleva bien con todos. Con la presión de optar a saltarse una ronda de la nueva Champions del tirón, pero también con el recuerdo de que en su primera edición la levantó un equipo que acabó la primera fase decimoquinto y de la única forma posible: golpe tras golpe hasta la victoria final.

P. D.: Nos vemos en Twitter: @juanblaugrana

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