Raphinha celebra su gol en la final de la Supercopa contra el Real Madrid EFE
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El Barça revalidó el primer título de su Triplete nacional doblegando de nuevo al Real Madrid en ese país del que usted me habla. Esta vez, los blancos se plantaron sin sonrojo en bloque bajo, demostrando fortaleza y capacidad de reacción ante el gobierno y la pegada azulgranas. Pero la realidad es que pudieron llevarse otros cinco goles facturados en la maleta de vuelta, igual que el enero pasado. El equipo de Flick movió la bola con atención, desplegó un fútbol taimado al que si acaso le faltó un poco de veneno en los instantes decisivos, y es justo campeón como lo fue en la última final de la Copa del Rey, de todo punto más emocionante que esta. Pese a las fabulaciones cavernarias sobre el resultado de octubre, de nuevo el mejor blanco fue Courtois y el mejor culé, Raphinha. Ese es el auténtico cuento de las Mil y Una Noches de Clásico desde que un alemán percherón y un brasileño enjuto crearon una inesperada y luminosa alianza para campeonar sin complejos.
Aparte de al olímpico capitán azulgrana, empeñado en que la FIFA y no pocos barcelonistas se mueran de vergüenza por dudar de él a base de marcar dos goles, dar dos asistencias o combinar ambos registros en todos los partidos, el quizá no muy trascendente pero desde luego hermoso supertrofeo refleja el espíritu de Fermín, decisivo en la presión alta cuando más importaba, con el partido fresco. También la pedagogía de Lewandowski, quien sigue educando a los presuntos mejores centrales, mediocentros y porteros del mundo con su parsimonia de catedrático del gol. El arrojo de Eric García, muchacho sencillo de día, justiciero enmascarado de noche. El virtuosismo de Pedri, único jugador del Barça capaz de ejecutar la partitura de manera sublime en todos y cada uno de los 'tempos'. Y el magnetismo de Joan Garcia, cuyos guantes atraen tanto la pelota como el petróleo a los presidentes estadounidenses.
Pero, por encima de todos, me gustaría destacar el partido de Lamine Yamal. Porque fue muy, muy difícil para él desde el principio. Encontró en Carreras a un lateral inspirado, que le ganó por la mano en la obertura del encuentro y lo dejó sin ritmo, atolondrado, decidiendo al tuntún. Pero insistió en encararlo, en buscar una y otra vez al perro de presa por dentro y por fuera para ponerle la correa. Con escaso éxito pero inasequible al desaliento y comprometiendo constantemente a Camavinga en las ayudas. Pese a sus tribulaciones, a punto estuvo de marcar un gol en la segunda parte que habría sabido a revancha. Y terminó el partido como lo hacen los extremos estrella desde que el fútbol es fútbol: facilitando triangulaciones, recibiendo tarascadas y parando el reloj.
Mención aparte merece el arbitraje de Munuera, que no dudó en permitir una colección de entradones madridistas sin más castigo que una charletilla. También decretó sendas prolongaciones kilométricas con el Madrid por detrás en el marcador, una de las cuales acomodó el segundo empate de la noche. Y, en general, vio todos los grises de un blanco inmaculado. Vamos, todo lo que se le exigió a la siciliana después de expulsar un domingo cualquiera al pobrecito Bellingham por ser él mismo, un dulce chiquillo de barrio que va con el corazón en la mano y te dice 'fuck off!', sí, pero siempre desde el respeto y el cariño. En cualquier caso: ni por esas, chatos. Las finales no se juegan, se ganan, ¿no era así? Pues como diría el Gran Wyoming, "acoqui" y hasta la próxima.
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