Estel Vilaseca, experta en moda, directora de Diseño del LCI Barcelona

Estel Vilaseca, experta en moda, directora de Diseño del LCI Barcelona © Nadhia Nizarala

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Estel Vilaseca: "En Barcelona tenemos muchas marcas con ganas de hacer cosas diferentes y que apuestan por la producción local"

La experta en moda y directora de Diseño del LCI Barcelona aboga por una moda ética y sostenible

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Desde niña le fascinaba el mundo de la moda. “Mis padres vienen del mundo del diseño. Es algo que me atraía de forma natural”, explica. Dibujaba figurines y soñaba con ser algún día diseñadora. Se licenció en Comunicación Audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra, y en 1999 fundó Itfashion uno de los primeros magazines online de moda, en los que ya abordaba temas poco convencionales, como la innovación o la sostenibilidad.

En conversación con Mujeres en Crónica, abordamos con Estel Vilaseca estos temas y otros tan acuciantes como la circularidad, los hábitos de consumo o las regulaciones del sector en materia de trazabilidad y gestión de residuos.

- En las últimas décadas se ha visto cómo la industria textil tiene gran impacto medioambiental ¿Cree que las firmas, sobre todo las fast fashion, toman suficientes medidas para mitigar este impacto, o se limitan a lavar su imagen para seguir haciendo negocio?

- Hay un poco de todo, no podemos generalizar. Nada es blanco o negro, ni las marcas de fast fashion son lo peor. Hay muchas marcas éticas que, si rascas un poco, no son tan éticas. Es un mundo muy complejo. El hecho de que esté deslocalizado y haya tantos intermediarios complica muchísimo, y en consecuencia, el tema de la trazabilidad es una asignatura todavía pendiente.

Sí que es verdad que la normativa europea, al menos aquí, está implantando normas mucho más estrictas de sostenibilidad, y a las marcas no les queda más remedio que adaptarse. Pero el balance entre sostenibilidad medioambiental y sostenibilidad económica es realmente muy complejo.

El fast fashion nos tiene acostumbrados a pagar muy poco por la ropa, a que la prenda tenga un valor que no es real. Por otra parte, ha traído una accesibilidad que antes no había. Por tanto, siempre nos movemos en esa complejidad. Por un lado, la democratización de la moda es positiva. Antiguamente, la gente sin recursos tenía un abrigo toda la vida. Ahora no. Ese acceso permite a todo el mundo disfrutar, expresarse. Pero, a la vez, el gran problema es la sobreproducción y ese consumismo sin medida, sin reflexión. Al final, las grandes marcas producen mucho más de lo que necesitamos. Sobra ropa. Esa es la gran cuestión. Además, muchos, sobre todo en el norte global, compramos prendas que luego no usamos. Son dinámicas muy complejas.

Creo que las empresas podrían hacer más, pero ese balance es complicado, porque además el mercado está cambiando. Algunas están viendo que no pueden competir con otras que son ultra rápidas, por tanto, se tienen que reposicionar.

Sí es verdad que hay consumidores que valoran más calidad por un poco más de precio, pero también hay muchas contradicciones. Cuando miras estadísticas o encuestas, las personas responden una cosa, pero luego hacen otra. Por una parte, la idea de una moda sostenible a todos nos encanta, pero luego esa compra impulsiva es difícil de reprimir, y más con esta cultura de Instagram.

- ¿Hay todavía mucho greenwashing?

Sí, mucho, pero precisamente la normativa en Europa lo está regulando. En Francia hay marcas que han sido multadas. Hay líneas que se vendían como sostenibles que han tenido que dejar de ofertar como tal porque no lo son.

Y ahí también hay un tema de jugar con el desconocimiento de la gente. Es realmente difícil saber lo que es sostenible y lo que no. No todo el algodón orgánico de por sí es bueno, porque puedes producirlo de forma intensiva.

- La industria tiene mucho por hacer, pero el consumidor también es responsable...

Pero tampoco puedes culpar a las personas, no puedes trasladar la responsabilidad únicamente al consumidor.

- La responsabilidad debe ser compartida, pero el mensaje está ahí, y es claro: todos sabemos lo que pasa con esa ropa que desechamos y, aún así, cuesta.

Bueno, es un proceso. Hay personas como yo que llevamos muchos años siendo conscientes. También es verdad que en países del norte de Europa tienen bastante más integrada la sostenibilidad, no solo en el ámbito de la moda, sino en todo. Es un tema cultural. Llevan muchos años reciclando, entendiendo la importancia de este respeto.

Son procesos que necesitan tiempo, y también de una cierta madurez del consumidor. A la gente joven le cuesta mucho más. Y, si bien en teoría están más concienciados, existe esa contradicción constante entre lo que les gustaría y una realidad económica, que es que no pueden acceder a los precios reales de estas prendas.

El precio real de una moda justa sería aquel en el que nadie cobraría menos de lo que debería. Eso significa que las prendas tienen un precio al que no todo el mundo puede acceder. Por ejemplo, en Francia se habla, incluso, de dar ayudas, precisamente, para que todo el mundo pueda acceder a esas prendas de precio superior que sí responden a un precio justo o ético.

- Hace falta un cambio de paradigma tanto en la producción como en el consumo. En su opinión, ¿cuál sería el camino a seguir? Nuevos sistemas productivos, nuevos tejidos, más concienciación…

Hay muchos caminos, pero creo que el cambio, aunque muy lento, se está produciendo. Hace una década nadie compraba ropa de segunda mano, ahora sí, para mí ese cambio es un avance.

Después hay algo que está ocurriendo ahora, que es la famosa crisis del lujo. Es decir, las personas prefieren tener experiencias que comprar cosas, porque precisamente ya tenemos de todo, y cuando tú estás bien contigo mismo, no necesitas seguir comprando.

En esta nueva dinámica, las marcas de moda están viendo que los resultados no acaban de salir. LVMH ha vuelto a tener resultados positivos, pero estuvo dos o tres años con resultados que no eran los esperados, y tiene que ver con toda esa transición.

De hecho, tuve una charla con el CEO de Vivian Westwood y él explicaba que el futuro, claramente, estaba más en el hospitality. Por eso muchas marcas ya se están enfocando en la parte de restauración, del lifestyle, los perfumes…

- Un cambio de modelo de negocio...

Una diversificación. Fíjate, por ejemplo, cómo todas las marcas de moda, Zara, Mango, todas, están entrando en la decoración, el interiorismo. Ya no es sólo ropa, sino un estilo de vida.

- Pero ahí lo que hacemos es ampliar el abanico de consumo...

Sí, lo que pasa es que el interiorismo no lo puedes cambiar tan rápido. Después, además de todo lo relacionado con la decoración, está el tema de las experiencias exclusivas. La gente prefiere hacer un viaje a un resort muy especial y exclusivo en donde hay un chef. Claro, es un segmento pequeño de consumidores pero son cambios culturales que demuestran que ya no vamos a algo tangible sino hacia algo intangible. Es lo que se llama el post-lujo y tiene que ver con formar parte de comunidades, de tener acceso a experiencias menos compartidas, más privadas.

Creo que toda esa transformación es buena porque tiene que ver con ese cambio de paradigma. Luego, a nivel de compra, me parece muy interesante potenciar más toda la parte de estilismo. Al final no es tanto comprar algo nuevo cada vez sino saber combinar las prendas. Imagínate, tú vas a comprar y a veces te cuesta encontrar hasta la dependienta. Quizás pagarías por un servicio de estilismo. Igual que vas a la peluquería o te haces un tratamiento de belleza, estaría bien que las tiendas fueran espacios donde poder jugar con la ropa o que te ofrecieran talleres. Son cosas que veo factibles a medio plazo. De hecho, ya se está viendo que muchas marcas están generando actividades.

- Sería una forma fantástica para sacar provecho de toda esa ropa que tenemos en el armario...

Exacto, para disfrutar más de la moda. También están apareciendo modistas de nueva generación. Nuevos modelos de negocio que todavía cuestan, como por ejemplo el tema de la customización. Esta idea de no producir en serie sino que tú puedes hacerte tus propias prendas es fantástica. Ahora, con las impresoras 3D, son ideas súper interesantes, lo que pasa es que todavía cuesta escalarlas. Pero creo que en un futuro todo será mucho más personalizado y por tanto más sostenible porque si no tienes stock no generas desperdicio. Son nuevos sistemas de negocio que poco a poco se van implementando. Angelina Jolie, por ejemplo, hizo un proyecto basado en la reutilización de ropa y el uso de materiales sostenibles. Empiezan a salir negocios así, nuevas propuestas que intentan ofrecer alternativas a esta moda en serie.

- Pero, al final, estas experiencias exclusivas no están al alcance de todos. Seguramente yo no puedo acceder a ninguna prenda del proyecto de Angelina Jolie...

No, pero hay firmas que, por ejemplo, hacen una colaboración con una marca de videojuegos y diseñan una colección digital de avatares. Eso no es tangible y es muy económico. Hay ejemplos de cosas no tan exclusivas. Al final, los perfumes van un poco en esa línea. De hecho, la mayoría de grandes firmas no viven de la ropa sino, sobre todo, de la cosmética, de los perfumes, de todo lo que es el beauty, y también de los bolsos. Lo estamos viendo ahora con la fusión de Puig con Estée Lauder.

Toda esa traslación al beauty tiene que ver precisamente con este aspecto más experiencial. Las niñas están comprando más belleza que ropa, y tiene que ver con una expresión quizás más accesible. Comprarte un gloss son dos euros, comprarte unos pantalones son diez (...) Bueno, por una parte avanzamos, por la otra hay pequeñas contradicciones, pero creo que el modelo está evolucionando y diversificando. No les queda más remedio, porque a nivel legislativo tampoco podrán seguir al ritmo de producción actual. Tienen que producir menos y controlar más su stock.

- Una de las asignaturas que imparte en el LCI Barcelona está dedicada a la impresión y al modelado en 3D ¿qué beneficios aporta la tecnología a la moda?

La tecnología nos puede ayudar mucho a generar estos nuevos modelos y maneras de hacer. Lo que pasa es que los procesos en la moda no han cambiado mucho. Tú miras los últimos cien años y no son tan distintos. Es decir, las personas siguen cosiendo a máquina. Hay entornos más automatizados, sobre todo la parte de stock, de distribución, pero la fabricación sigue haciéndose de forma muy similar. Cambiar todo eso tiene un coste muy alto por eso no está cambiando. Pero sí que están apareciendo nuevas posibilidades para hacerlo de forma diferente.

Estas nuevas tecnologías nos permiten imaginar nuevas maneras de hacer. Por ejemplo, hay una alumna que ha montado un sistema de ensamblaje de prendas sin tener conocimientos de costura. Hace piezas y las corta con láser. Es una especie de puzzle que puedes ensamblar con las manos y queda totalmente trabado. Ahora ha lanzado una cápsula de prendas para niños en la que ellos mismos pueden crear sus propias prendas. En proyectos así ves el potencial que tiene la tecnología para no generar gasto.

Hay otro ejemplo que es el desarrollo de los uppers (la parte superior del calzado deportivo) de un solo tejido que facilita enormemente el reciclaje. Las zapatillas tradicionales tienen entre 15 y 20 piezas diferentes, de diversos materiales, que se tienen que ensamblar. Obviamente en el ámbito del calzado, de sneakers, hemos visto muchos avances, más que en el prêt- à-porter o la ropa.

Ahí es donde la tecnología está dando muchas opciones para hacer las cosas diferentes. Hay varios proyectos de estudiantes que han hecho colecciones solo en impresión 3D. Eso quiere decir que en un futuro si tú compras un archivo y tienes una pequeña impresora, podrías producir tu ropa. Cuesta imaginar porque no lo hemos integrado, pero pienso que quizá en diez años será posible.

- Eso transformaría toda la cadena de producción, y el impacto económico en las firmas sería importante...

Creo que no es para todo el mundo, pero al igual que ahora tú mismo haces el pago, podrías imprimir una prenda o un tejido. Es una idea latente desde hace tiempo, toda esta cultura del neocraft. Todavía cuesta, porque ese cambio tiene un coste muy alto. Implica cambiarlo todo. Pero la IA, que está integrándose en los procesos, nos llevará a nuevos escenarios.

- ¿Se están investigando tejidos que sean menos contaminantes?

Sí, claro, por eso decía que nada es blanco y negro. Por ejemplo, Inditex o Mango están invirtiendo mucho en startups de desarrollo de nuevos tejidos y nuevos procesos. Al final, ellos son los primeros interesados en cumplir las normativas y no quedarse atrás. De hecho, Zara ya hizo una colección cápsula con una empresa que consiguió separar los diferentes materiales de una prenda para luego poderlos reciclar. Porque uno de los principales problemas del reciclaje o del reaprovechamiento es que, si tienes varios materiales a la vez, no se pueden separar, no se puede reciclar. Solo se puede reciclar cuando el tejido es 100%, por ejemplo 100% poliéster. Por eso hay mucha innovación en tejidos.

Regina Polanco también trabaja con nuevos tejidos. El problema a veces con estos nuevos tejidos es que si no es posible escalarlos y que entren en la cadena de producción, al final no cuajan, por ejemplo, Piñatex acabó cerrando. Aún así existen muchas unidades de investigación, empresas que están muy centradas en el desarrollo de nuevos tejidos. Paco Rabanne ya anticipó que el futuro, la novedad en la moda vendría por los materiales. Ahora los hay que no huelen, que no transpiran, que no hay que planchar. Sepiia es una empresa enfocada a crear prendas con tejidos que te facilitan la vida. También hay una corriente que busca precisamente intentar crear materiales a través de una interacción con la naturaleza. En la Universidad de Londres hay una investigadora cuyo trabajo gira en torno a eso. Nosotros en la escuela también enseñamos a crear nuevos materiales. Es un campo apasionante y con mucho potencial, pero se necesita tiempo.

- Los cambios de paradigma y de hábitos llevan tiempo

Claro. Y para mí la responsabilidad final del producto, responsabilidad ampliada lo llaman, es un tema fundamental. Significa que hasta ahora las empresas eran responsables de lo que hacían hasta que vendían, luego ya pasaba a ser de los consumidores. Pero la Unión Europea cree que es una postura muy cómoda. Es decir, estás creando un monstruo y luego no te responsabilizas. La responsabilidad ampliada hace a la empresa responsable del producto hasta su desaparición.

- ¿Pero cómo controlas ese proceso?

Eso es lo que busca la normativa. Por ejemplo, se tiene que poder reciclar y que no genere un impacto en el medio ambiente. Se premiarán las prendas, los materiales que se puedan reciclar o desintegrar. También deberán crear espacios donde la gente pueda retornar las prendas que ya no usa. Por eso todas las marcas están creando sus líneas de segunda mano.

Zara lanzó Second Hand, H&M se alió con Sellpy, y eso no es casual, tiene que ver con prepararse para esa normativa, que se va retrasando pero ahí está.

- Pero el consumidor no puede ser un sujeto pasivo...

Eso es educación. Hay escuelas que ya empiezan a hacer proyectos desde infantil. Lo que ha ocurrido también es que hablar tanto de sostenibilidad ha generado cierto rechazo. Las empresas hablaron sobre ello durante muchos años, pero como había muchas que hicieron greenwashing, al final el consumidor ya no sabía qué era verdad y qué no. Por eso muchas lo han sacado de la conversación, del argumento de venta y lo han integrado en sus procesos (...) Es decir, tú puedes ir a la web y comprobarlo, pero lo que queremos es que el consumidor compre la ropa porque le encanta. Si además es sostenible, genial.

- ¿Por dónde pasa el futuro de la moda?

Durante los años 90, los años 2000, hemos visto cómo todo se ha ido centralizando en grandes grupos, y creo que estamos en un momento que tiende a la fragmentación. Hay una web bastante interesante, The Lyst, donde sale el ránking de lo más vendido, sobre todo de grandes marcas. Pero luego ves que aparecen marcas más pequeñas o no tan caras. Se observa que las dinámicas no son tan previsibles, y eso es interesante.

Creo que, por una parte, el mercado se fragmenta y, por otra, creo que la gente está más educada. Es decir, las redes sociales han traído esa cultura del consumismo, pero también hay un consumidor de moda que busca cosas más especiales, no quiere comprar lo de siempre.

Es lo que decíamos antes, hay quien busca esa marca pequeña que lo hace de manera especial, donde hay una historia. Creo que estamos en un momento de volver a productos con cierto sentido, queremos cosas más especiales, porque todo se ha vuelto muy igual. Evidentemente, el mercado es complejo y no puedes hablar de tendencias globales.

Particularmente, me parece muy interesante cómo marcas tradicionalmente de moda rápida –Uniqlo, Zara– están colaborando con diseñadores. Uniqlo fichó a una diseñadora que venía del mundo del lujo. Esta mujer decía que le apetecía vestir a mucha gente, no solo a unos pocos. Que le hacía ilusión que sus prendas pudieran llegar a muchas personas y que además fueran bonitas. Y es que tú puedes hacer prendas que estén bien a un precio medio. Creo que ahí hay mucho recorrido.

Por ejemplo, aquí en Barcelona, es bonito ver todas esas marcas que están creciendo con una comunidad, como Paloma Wool o Gimaguas. Tenemos muchas marcas de gente con ganas de hacer cosas diferentes, que apuestan por una producción local, por una narrativa. Marcas de rango medio para gente que quiera algo especial. Y es bonito ver este nuevo ecosistema de firmas que están creando nuevas maneras de vestir. Marcas que, de alguna manera, intentan aportar algo más, aunque sea esa prenda especial que tienes. No es algo nuevo. Ha pasado toda la vida. Yves Saint Laurent ya lo hacía. En el fondo, estamos volviendo un poco a lo mismo.

- Al final, se trata de disfrutar de la moda sin seguir consumiendo compulsivamente y ser muy selectivos comprando

Realmente, puedes vestir muy bien con poco dinero. Comprando segunda mano o invirtiendo en determinadas prendas. Al final, un abrigo de lana bien hecho tiene un precio. La gente compra móviles de 1.000 € o de 600 € a un niño y aquí nadie discute nada, a nadie le parece un escándalo. Y luego, comprar un bolso de piel bien hecho por un artesano… Es verdad que no todas las prendas que cuestan dinero duran, pero hay prendas de calidad, de buenos materiales.

Hay otro tema, y es que hemos olvidado cómo cuidar la ropa, cómo lavarla. Esta cultura de usar y tirar hace que no nos preocupemos por el mantenimiento y eso es muy importante. Yo he heredado ropa muy bien hecha, muy cuidada de mi tía, de mis abuelas. Toda esa parte de entender que las prendas son algo que debes cuidar si quieres que duren es un espacio a trabajar, incluso para las propias marcas.

- Por otro lado, hay cierta obsesión por lavar constantemente. No siempre es necesario lavar la prenda después de un solo uso

Exacto, puedes ventilar, hay miles de formas. Tiene precisamente que ver con esa cultura de darle valor a las cosas. Y ya no hablo solo de ropa, de cualquier cosa. Supongo que la escasez a veces te lleva a ser más cuidadoso. Cuando tienes de todo te da un poco igual. Hay que volver a valorar las cosas, entender todo el proceso que hay detrás y el coste que tiene. Una prenda al final es algo que ha tenido un impacto porque es un proceso muy largo, no es algo efímero que luego desaparece, queda un residuo.

Yo recuerdo en Itfashion, ya en 2007, había una sección que hablaba de estas cosas porque había gente que como yo pensaba que otra moda era posible. A pesar de todo, hemos avanzado, pero como digo todo es muy lento y complejo. (...) Hay un libro muy interesante de Brenda Chávez, Tu consumo puede cambiar el mundo, que habla sobre cómo cada vez que compramos una prenda en el fondo estamos invirtiendo, somos accionistas de una empresa, por tanto puedes decidir si quieres ser accionista de esa empresa. Y ahí realmente el consumidor tiene mucha más fuerza. Tenemos mucho más poder de lo que pensamos.