Menú Buscar
Una de las paradas del mercado de segunda mano Flea Market, en Barcelona / CG

El desmadre del Flea Market, el mercadillo de segunda mano de Barcelona

Algunos vendedores, irrespetuosos con las normas, venden productos robados o en mal estado

5 min

Los mercados de segunda mano viven su momento más álgido en la ciudad de Barcelona. El boom de las paradas temporales ha provocado un llamamiento a un determinado sector de la ciudadanía que, de un tiempo a esta parte, se ha interesado no solo por acudir a ellas como consumidor, sino también como vendedor.

La posibilidad de ganar un dinero extra y, a su vez, deshacerse de los productos que ocupan espacio en sus armarios --como ropa, zapatos, collares, bolsos y demás complementos-- son un potente reclamo para que jóvenes y no tan jóvenes decidan pasar un fin de semana a la intemperie para desprenderse de lo que ya consideran retazos.

De los 'cool' a los austeros

Barcelona acoge infinidad de mercadillos, ahora llamados markets para darles un toque moderno, de primera y segunda mano en varios puntos de la ciudad y durante varios fines de semana. Desde los más cool, como el llamado mercado creativo Palo Alto --donde se paga entrada y los precios de algunos productos tanto de moda como gastronómicos son desorbitados--, hasta los que tienen un semblante más austero, como el Flea Market.

Este último está organizado por el Ayuntamiento de Barcelona y se instala el segundo domingo de cada mes en la plaza Blanquerna, en el portal de Santa Madrona, distrito de Ciutat Vella, junto al Museo Marítimo de la ciudad.

Imagen decadente

Cuando uno pasea entre las paradas de este market se da cuenta de que el requisito indispensable para participar en él es que todos los productos sean de segunda mano. Sin embargo, la sensación de “espacio perfecto para encontrar pequeños tesoros con forma de libros, discos, ropa, complementos de moda” que describe el consistorio en su página web se aleja bastante de la realidad decadente con la que topa el usuario final.

Este domingo, el Flea vendía muñecos con la cara pintada y tatuajes en los brazos; calculadoras con declaraciones de amor escritas en rotulador en el reverso; teléfonos móviles antiguos sin internet con sus consiguientes cargadores; lámparas sucias; zapatos viejos; bambas sin cordones o ropa desgastada, entre otros.

Una de las paradas aprovechaba la escultura de bronce Homenaje a la Mutua Escolar Blanquerna, encargada por exalumnos del centro escolar cerrado en 1939 por su carácter catalanista, para lucir sus prendas de ropa.

Un vendedor admitía que sus productos eran robados a un hombre que se acercaba a observar detenidamente uno de ellos: “Esto es recién robado, así que es nuevo. Si lo quieres para tu casa te irá bien, pero si lo quieres revender no te va a salir a cuenta”. Su misma parada vendía una bicicleta nueva y una guitarra sin rasguño alguno, esta última por 300 euros.

Otros vendedores ambulantes simplemente ponían una manta en el suelo y, en ella, productos viejos más cercanos a la quincalla que a cualquier tesoro de segunda mano por el que pagar algún euro. No tenían el número identificativo que sí lucían el resto de paradas.

Los organizadores lo admiten

“Siempre hay alguien que se nos cuela y tenemos que perseguirle para decirle que no venga más”, explica a este medio una joven que representa al consistorio barcelonés en un stand situado al inicio del mercado. Explica que, para participar con alguna parada, lo único que piden es que los productos que se vendan sean de segunda mano. “Si haces mantas con diferentes telas, éstas tienen que ser de segunda mano”.

No hay lista de espera, “pero tienes que apuntarte rápido” por la gran afluencia de vendedores interesados. Las condiciones económicas son asequibles: mediante una cuota anual de cinco euros, los aspirantes se convierten en socios de la Asociación Mercado de Segunda Mano (Flea Market Barcelona) y tienen derecho a participar en todos los mercados anunciados por esta organización.

Cuando se requiera licencia, el precio dependerá del mercado y estará indicado en la descripción del evento. Cada vendedor, además, puede compartir su parada con otra persona siempre que el titular esté presente.

Mientras la representante municipal recita la información como si de un credo se tratase, uno de los vendedores acude a su compañera: “Me acaban de robar el móvil y vale más de 200 euros”.