La palabra “equilibrio” aparece casi como una constante a lo largo de la entrevista con Mercè Conangla, psicóloga, escritora y creadora, junto a Jaume Soler, del modelo de Ecología Emocional. Y es que precisamente en la búsqueda de esa armonía interior se encuentra la clave para afrontar todos los retos a los que nos enfrentamos como sociedad.
“La ecología emocional sería el arte de saber utilizar el punto de energía que nos aportan las emociones en tres niveles: mejorar nosotros mismos como seres humanos; mejorar la calidad de las relaciones con los demás; y el tercer nivel sería cuidar el planeta porque también es nuestra casa”, explica Conangla a Mujeres en Crónica.
Generaciones CAPA
Formar y concienciar a la sociedad con este enfoque es hoy una tarea urgente si queremos que las próximas generaciones sean CAPA: personas creativas, amorosas, pacíficas y autónomas.
Es el modelo de individuo que propone Ecología Emocional. “Nuestros estudios nos dicen que si desde niños educamos estas cuatro dimensiones a la vez, la persona está en equilibrio y es capaz de transitar por la incertidumbre de la vida sin desajustarse demasiado”.
Portada de 'La conciencia artificial' de Mercé Conangla y Jaume Soler
Un planteamiento que hunde sus raíces en un modelo preventivo nacido en 2002, desplegado desde entonces en una treintena de libros y en un máster que suma ya 39 promociones.
Sobre lo que nos hace humanos
La conciencia artificial. La conciencia delegada: el riesgo silencioso de ceder a la IA lo que nos hace humanos (Diana Editorial) nace en cierto modo como la lógica evolución de este planteamiento que llevan años estudiando y desarrollando.
Lo hacen además no como expertos en tecnologías sino desde una mirada mucho más humana, como “personas que acompañamos a personas”, mientras observan cómo la relación con estas inteligencias pueden modificar, incluso, nuestra esencia, lo que nos define como personas.
Dimensión ética
Por eso parten desde una cuestión fundamental: ¿Qué es la conciencia? Un término con múltiples significados e interpretaciones. Una capacidad, una voz interior que nos permite saber qué somos y vivir lo que sentimos. También es esa dimensión ética, la conciencia del bien y del mal.
“Hablar de conciencia es hacerlo de todo aquello que nos hace humanos, de la capacidad de yo soy. Una capacidad que, de momento, no tiene la IA. Pero si tuviera que quedarme con una definición, con una palabra diría que presencia, presencia atenta”, matiza Mercè.
El peligro de delegar funciones
Más allá de debates teóricos no resueltos o interpretaciones de un concepto que abarca múltiples dimensiones, el planteamiento que ocupa su último libro es “cómo estas funciones de la conciencia pueden ser modificadas, delegadas, incluso perdidas si la conciencia no está operativa”.
Para Mercè una de las claves está en distinguir entre ayudar y suplir. “Una cosa es un sistema que nos apoya y nos ayuda. Ahora no se nos ocurriría ir a China andando. Tenemos una tecnología que es un avión y sería absurdo no utilizarlo y rechazar lo bueno de las tecnologías que además salvan muchas vidas. Otra cosa es suplir (...) Cuando empiezo a delegar progresivamente en la máquina cosas que debería ejecutar yo, ahí se atrofia el músculo de la conciencia”.
Mercè Conangla y Jaume Soler son los creadores del modelo Ecología Emocional
Externalizar aspectos humanos
Para ilustrar esta idea, el libro dedica un capítulo nuclear a La pirámide de la nutrición de la conciencia donde precisamente abordan todas esas funciones básicas que no deberíamos estar delegando. “Por ejemplo la memoria, la atención, la regulación de las emociones, nuestro juicio y la capacidad de discernir", afirma.
"En la cúspide de la pirámide está el sentido de mi existencia. Cuando yo delego, externalizo progresivamente en una herramienta funciones como escribir, razonar, memorizar, consolar, toda una serie de aspectos que son humanos, puede llegar un momento en que ya no me sienta capaz de hacer todos esos procesos”.
Según su estimación, ya externalizamos más de la mitad de la memoria y en torno a un 20% de la esfera emocional; de media un 30% de estas funciones humanas. Queda margen, pero advierte, “no nos durmamos”, porque cuando esta delegación se transforma en dependencia amenaza gravemente nuestro equilibrio emocional.
“Cuando yo dependo de esto, cuando la ausencia de conexión me produce un malestar intenso me convierto en un adicto, en un enfermo que depende para funcionar todo el día de las tecnologías”
Cómo convivir con la tecnología
La solución no pasa por prohibir. “No soy partidaria de la prohibición. Sí de la prevención y de la educación”. Un asunto que Mercè Conangla aborda por edades. Con los niños propone un equilibrio entre las nuevas tecnologías y las “experiencias de tacto, de contacto, los abrazos, las risas, los juegos, que les lean cuentos, que interaccionen mucho, música, danza, arte, naturaleza”, experiencias que le conecten con la naturaleza, todo eso que la IA no puede dar.
A los adultos nos insta a aflojar ritmos, a cultivar silencios, a fijar límites concretos, como evitar el uso de dispositivos en casa para que fluya la convivencia. De nuevo la palabra clave es equilibrio. “No se trata tanto de hacer cursos para usar correctamente la inteligencia artificial como de vivir, de estar “presentes”, y ofrecer a hijos y alumnos experiencias que ninguna máquina puede proporcionar.
Una buena nutrición mental
Ese equilibrio necesita del pensamiento crítico que además requiere alimento. “Para pensar críticamente tenemos que tener una nutrición mental adecuada”, una base sólida de conocimiento e información contrastada –que seguramente obtendremos de chats de inteligencia artificial como Claude o ChatGTP– porque “no me voy a quedar con una única voz”.
Mercè Conangla y Jaume Soler reflexionan en su último libro sobre los riesgos de delegar funciones propiamente humanas en la tecnologías
Precisamente aquí encontramos uno de los grandes retos educativos que tenemos por delante. “Una de las herramientas que destacamos en el libro es la nueva alfabetización del siglo XXI: El arte de formular las preguntas adecuadas. Las IAs responden en función de las preguntas, si la calidad de mi pregunta es mala, me dará una mala respuesta. Los niños deberían estudiar esto en las escuelas”, unas instituciones ancladas en metodologías obsoletas.
'Fast food' digital
“Tendríamos que ser mucho más ágiles para dar a las nuevas generaciones los recursos emocionales y éticos que necesitan porque la tecnología avanza muy rápido, pero nuestras emociones y la parte ética y de valores necesita procesos”. Ahí siempre estamos descompensados. De ahí su advertencia sobre el fast food digital, “nos estamos alimentando muy mal”.
Por eso el principal riesgo, insiste, es la inconsciencia, “el no darme cuenta de lo que estoy haciendo, el no haber reflexionado (...) La tecnología avanza pero la conciencia decide”, precisa, aunque puede decidir mal si está mal nutrida. Y esa decisión debe orientarse siempre hacia el bien común y la bondad, empezando desde el ámbito individual y cercano, desde el yo consciente, ahí donde tenemos más control.
Las esperanzas tóxicas
En una última reflexión sobre el futuro, Mercé no cae en el catastrofismo ni en la ingenuidad. Entre los que lo prohibirían todo y quienes lo aceptan sin cuestionar, reclama buscar “el matiz, no los extremos, el matiz”, y recuerda que “la esperanza siempre tiene que basarse en realidades porque si no son esperanzas tóxicas”.
Con esta convicción, desde su fundación Mercè Conangla y Jaume Soler, han impulsado el Instituto de Humanización Digital Consciente. Su objetivo lo resume en una frase que ambos repiten sobre las nuevas generaciones: “O serán cuidadoras de vida o no serán”.
