Hace tiempo que Núria Esponellà (Celrá, Girona, 1959) está convencida de que existe una conexión con el alma, un propósito en nuestras vidas que casi nunca escuchamos.
“No lo escuchamos porque estamos prácticamente abducidos en un mundo muy distópico cuyo propósito es distraernos constantemente, además, con cosas negativas para que no nos detengamos”, afirma a Mujeres en Crónica.
Escritora, filóloga y profesora, Núria ha construido su trayectoria personal y profesional desde esa certeza siempre atenta a lo emocional y abierta a terapias que ahondan en todo aquello que la razón por sí sola no logra explicar. “He intentado buscar un equilibrio entre la intelectualidad —el conocimiento, el comprender—, teniendo en cuenta al mismo tiempo la parte emocional que también es fundamental”.
La meditación como herramienta vital
Esa sensibilidad se afianzó como método a raíz de una grave crisis de angustia que sufrió hace años, provocada por una serie de confluencias: “Fue entonces cuando comencé a meditar porque no quería esto en mi vida. Necesitaba encontrar mis herramientas para gestionar mejor estas situaciones”.
Núria Esponellà, junto a su libro 'Amb els pits a l'aire'
Ahí nació su pasión por la meditación, una práctica que incluso trasladó a las aulas en su etapa docente. Lo hacía sobre todo en las clases de última hora con los alumnos de bachillerato saturados por un temario complejo. “Siempre les decía: vamos a hacer relajación y silencio (...) Hasta a los más rebeldes, que al principio les costaba, les acabó gustando”.
Se trataba, simplemente, de cerrar los ojos en un silencio compartido. Aquella práctica se convertiría en una herramienta, en un sostén esencial cuando la enfermedad llamó a su puerta. El diagnóstico de un cáncer de mama supuso un punto de inflexión. Recuerda que el shock inicial y el proceso del tratamiento exigió recogimiento: “Necesitaba cuidarme mucho, estar un poco en mi cueva”.
A la dureza de la situación se sumó una grave dolencia de su esposo. Cuenta que ambos llegaron a estar ingresados a la vez en el Hospital Trueta y que, durante semanas, se instaló en su Camper cerca del hospital para evitar los largos trayectos diarios desde su casa.
Un libro para resituarse
Cuando aquel periplo terminó, sintió la necesidad de resituarse. “¿Dónde estoy?, ¿qué ha pasado? Fue en ese momento, casi nueve después de todo el proceso, cuando me puse a escribir”. No partió de cero. “Tenía una serie de blocs de notas, entre ellos uno titulado “Noches raras”, con reflexiones sobre el hecho de enfocarme en la salud y no en la enfermedad. Eso es muy importante”.
Así nació Amb els pits a l’aire, un libro en el que narra su experiencia frente a la enfermedad. “Hablo de la vida, de la muerte, de esa manera de transitar la enfermedad, de cómo esquivar, gestionar estas emociones que todos vivimos en algún momento, porque nadie se libra de esto, y quien no lo ha vivido en su propia carne, tendrá algún ser querido que ha pasado por algo similar. La enfermedad no es más que una distopía en nuestra vida, una desarmonía que se produce en un momento determinado por los factores que sean”.
Pero el libro reivindica además el valor y el poder de las terapias complementarias, como la acupuntura o la biodescodificación celular, como acompañamiento del tratamiento médico convencional. “No tienes por qué escoger una cosa y desechar la otra. Evidentemente yo he hecho todo mi proceso y tratamiento médico. Pero ellos no pueden llegar a según qué aspectos sutiles que son también importantes. Y las terapias complementarias ayudan (...) Para eso sirven, para aprender a gestionar lo distinto”.
Ese trabajo consciente e intenso estuvo sostenido sobre una base muy firme de meditación y por el acompañamiento de sus amigas más cercanas. “Cuando estaba tan mal que no podía yo misma, entonces, llamaba a mis amigas. Esa es la tabla de salvación”.
El Empordà, su 'locus amoenus'
También recurría a la naturaleza, un sólido refugio en los momentos de mayor angustia. Es precisamente ese vínculo con la naturaleza, con el territorio, el que más allá de terapia en la enfermedad, ubica y alimenta buena parte de su obra literaria.
Afincada hace años en la pequeña localidad de Ventalló, le gusta pasear hasta Empúries en bicicleta, caminando o en un pequeño tractor, atravesando caminos hasta llegar a la playa: “Me lo paso muy bien. Saco a pasear a mi niña interior, que también necesita hacer tonterías”.
El contacto cotidiano con el paisaje ampurdanés se traslada a su faceta de narradora: “Llegué aquí por amor hace muchísimos años (...) Me siento bien en muchas partes. He viajado mucho y aprecio la magnificencia de muchos otros lugares en los que he estado, pero aquí me siento muy anclada. Eso me da fortaleza. Para mí, el Empordà es mi locus amoenus, mi pequeño universo”. Un apego que ha convertido en el telón de fondo de novelas como Ánima de tramuntana o La filla de la neu, ambientadas en un territorio que investiga con detalle, atenta al paisaje, pero también a las formas dialectales, a la riqueza de una lengua que, lamenta, tiende a simplificarse.
Hoy, la misma tierra que la acogió de joven sigue siendo su pequeño universo. El lugar en el que ha construido su vida y su obra, y desde el que comparte, en talleres gratuitos para asociaciones contra el cáncer, todo lo que aprendió sobre la sanación durante su propio proceso.
