Una persona sintecho en una imagen de archivo

Una persona sintecho en una imagen de archivo RTVE

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Las invisibles de la calle: el sinhogarismo femenino se dispara en Cataluña

En una década, las mujeres han pasado del 12% al 42% de las personas atendidas en la red de sinhogarismo

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Cuando el sistema de bienestar se resquebraja, la caída no es igual para todos.

Durante décadas, la imagen del sinhogarismo se congeló en el estereotipo de un hombre solo, visible en los centros urbanos, durmiendo en portales o bancos.

En 2026, los diagnósticos más recientes del Departamento de Derechos Sociales de la Generalitat y de entidades como Arrels Fundació obligan a actualizar esa mirada. La exclusión residencial en Cataluña tiene hoy, cada vez más, rostro de mujer.

Los datos del informe CETIS núm. 2, elaborado por el Comité de Expertos para la Transformación y la Innovación Social para el Govern, certifican un cambio de paradigma. En apenas una década, las mujeres han pasado de representar del 12% a un 42% de las personas atendidas en la red catalana de sinhogarismo.

Una joven durmiendo en una calle.

Una joven durmiendo en una calle. Europa Press

Se trata de una feminización acelerada de la precariedad. Pero lo que recogen las estadísticas oficiales es solo la superficie del fenómeno.

En las aceras de Barcelona, el último recuento de Arrels Fundació sitúa la presencia femenina en el 9,9% de las personas que duermen en la calle.

La brecha entre quienes aparecen en los centros de acogida –incluidas en el informe institucional como mujeres en situación de infravivienda– y quienes viven al raso no se debe a un error de cálculo; refleja, más bien, una estrategia de supervivencia.

El sinhogarismo invisible

Para una mujer, dormir en un cajero automático o en un banco de un parque rara vez es el primer paso tras perder la vivienda.

"Antes de llegar a vivir en la calle, ellas agotan todas las alternativas imaginables", explica Guillem Fernández, jefe de incidencia de Arrels Fundació, a Crónica Global.

Es lo que los expertos denominan 'sinhogarismo invisible': una etapa previa en la que las mujeres encadenan soluciones temporales que las mantienen fuera del radar institucional.

La calle de Aragó de Barcelona.

La calle de Aragó de Barcelona. David Zorrakino - Europa Press

Dormir en el sofá de conocidos, alquilar habitaciones sin contrato o encadenar pensiones baratas son algunas de las salidas más habituales.

Hasta violencia machista

En situaciones extremas, algunas permanecen en relaciones de pareja violentas para no quedarse sin techo.

Según datos recopilados por Arrels Fundació, el 16% de las mujeres que viven en la calle en Barcelona perdieron su último hogar estable huyendo de agresiones, ya fueran dirigidas contra ellas o contra sus hijos.

Este recorrido explica por qué la exclusión femenina suele permanecer más oculta que la masculina. También por qué, cuando finalmente una mujer llega a la calle, su deterioro físico y psicológico suele ser mucho mayor.

La calle, en estos casos, no es una primera caída. Es el último recurso tras haber agotado todas las redes de apoyo.

La vivienda como disparador

El reciente informe de Drets Socials apunta a la naturaleza multifactorial del sinhogarismo en Cataluña. Aun así, hay un factor que destaca sobre los demás: la vivienda.

El 32% de las personas sin hogar ha perdido su casa tras un desahucio, según datos recopilados por el comité de expertos de la Generalitat. La cifra duplica la media española y refleja la presión inmobiliaria en las principales ciudades catalanas.

Edificio Llars Tere Villagrasa de Arrels en Poblenou (Barcelona).

Edificio Llars Tere Villagrasa de Arrels en Poblenou (Barcelona). Cedida

A este factor se suman otros detonantes habituales, como la finalización de contratos de alquiler, la imposibilidad de asumir subidas de renta o la pérdida de ingresos.

La precariedad laboral agrava el problema. Solo el 31% de las mujeres que viven en la calle en la capital catalana dispone de algún tipo de ingreso, lo que dificulta enormemente cualquier intento de recuperar una vivienda.

El sesgo de un sistema masculinizado

La violencia machista también aparece como un elemento de expulsión directo en muchos itinerarios de exclusión.

Según Guillem Fernández, las mujeres suelen buscar "estrategias de alojamiento alternativas" porque los recursos públicos están mayoritariamente masculinizados y no ofrecen la seguridad que ellas necesitan, lo que retrasa su llegada a los servicios sociales hasta que la situación es límite.

La disciplina del miedo

Dormir a la intemperie exige una vigilancia constante. El espacio público no es neutro y, para muchas mujeres, supone una exposición permanente a la violencia y a las agresiones sexuales.

La entidad social describe un día a día marcado por la necesidad de elegir cuidadosamente dónde pasar la noche, evitar determinadas zonas o modificar la apariencia para pasar desapercibidas.

Según datos de Arrels, el 32% de las mujeres sin hogar no tiene a nadie de confianza en quien apoyarse.

El miedo termina condicionando incluso aspectos cotidianos. Algunas mujeres optan por masculinizar su apariencia o por vincularse a grupos de hombres para reducir el riesgo de agresiones, aunque estas estrategias no siempre evitan nuevas situaciones de dependencia o abuso.

Dificultades añadidas

A esta inseguridad se suma una vulnerabilidad biológica que las políticas públicas rara vez contemplan. Acceder a baños en condiciones, gestionar la higiene durante la menstruación o recibir atención sanitaria adecuada son obstáculos diarios.

El impacto psicológico es igualmente profundo. Muchas mujeres que caen en el sinhogarismo son madres y acaban perdiendo la custodia de sus hijos al no poder ofrecer un entorno estable. La asociación consultada define este proceso como "uno de los golpes más devastadores para su salud mental".

Una persona sin hogar en un parque de Barcelona.

Una persona sin hogar en un parque de Barcelona. EFE/Enric Fontcuberta

El desgaste físico y emocional de la vida en la calle es rápido. Aunque la edad media de las mujeres que viven al raso ronda los 40 años, presentan problemas de salud comparables a los de la vejez.

El peso del estigma

El auge de la aporofobia, el rechazo hacia las personas pobres, se mezcla en muchos casos con el machismo. El resultado es una doble estigmatización que dificulta aún más cualquier proceso de reintegración.

Cristian Lienlaf, portavoz de Som Sostre, profundiza en esta idea al señalar que la sociedad aplica un juicio mucho más severo sobre la mujer que termina en la calle.

Mientras que el hombre sin hogar a menudo es visto como una "víctima de las circunstancias" o del sistema, sobre la mujer recae una condena moral adicional por el incumplimiento de los roles tradicionales de cuidado y estabilidad.

Redes vecinales frente a la exclusión

Ante los vacíos del sistema institucional, iniciativas comunitarias como Som Sostre proponen un modelo de acompañamiento "de vecino a vecino". Para Lienlaf, la clave es "reconstruir la autoestima y los vínculos básicos" que la calle ha dinamitado.

Este tejido orgánico fue el que permitió que María José, tras cuatro años de intemperie, lograra acceder a una vivienda digna en Girona. 

La ciudad de Girona.

La ciudad de Girona. WIKICOMMONS

Aun así, el portavoz advierte que el sistema actual peca de un asistencialismo rígido: a menudo se ofrecen plazas de acogida por "vulnerabilidad", pero sin planes de inserción que entiendan la biografía específica de cada mujer, tratándolas como expedientes en lugar de como ciudadanas.

Políticas con perspectiva de género

Las entidades sociales coinciden en que la respuesta al sinhogarismo necesita incorporar una mirada de género.

Entre las medidas que proponen destacan la creación de espacios de acogida no mixtos, programas de acompañamiento especializados y políticas de vivienda que permitan intervenir antes de que la exclusión se cronifique.

Desde la Generalitat, el secretario general de Derechos Sociales, Raúl Moreno Montaña, ha anunciado la puesta en marcha de una Oficina Autonómica destinada a coordinar políticas de vivienda, salud y atención social. El objetivo es detectar situaciones de vulnerabilidad antes de que las personas acaben durmiendo en la calle.

Porque, como recuerdan quienes trabajan cada día con este colectivo, el sinhogarismo rara vez es una elección. "Vivir en la calle no es una elección, es una consecuencia", resume Lienlaf.