Jubilada / IA Gemini

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Vida

Susana (79 años), viuda y jubilada: “Cobro 800 euros de pensión, eso no lo gana nadie, no me llega para nada”

A pesar de haber trabajado desde los 17 años, su situación económica actual es precaria, reflejando un sistema donde los precios suben constantemente mientras los ingresos de los mayores permanecen estancados

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Los pensionistas jubilados siguen en pie de guerra en defensa de sus pagas. Para muchos de ellos, la cuantía que reciben es mínima, lo que les dificulta llegar a fin de mes.

Después de más de media vida dedicada al trabajo, son muchos los que no ven su recompensa tras tener que retirarse de su vida profesional. Varios jubilados son los que rezan con menos años de cotización, sobre todo en el sector femenino, debido a que en su época los trabajos no requerían estar dados de alta en la Seguridad Social, como es el caso de las amas de casa.

En este contexto, el testimonio de Susana, una señora de 79 años que vive en Barcelona, es el claro ejemplo de la cruda realidad que viven muchos pensionistas en España. La jubilada ha dado a conocer su situación a través del canal de YouTube de JIRE4, donde ha expresado su dificultad para llegar a fin de mes.

Con una pensión mensual que ronda los 840 euros —fruto de la suma de su jubilación y su pensión de viudedad—, Susana asegura que esta cantidad es el mínimo absoluto y que, en una ciudad tan cara, resulta insuficiente para cubrir las necesidades básicas.

A pesar de haber trabajado desde los 17 años, su situación económica actual es precaria, reflejando un sistema donde los precios suben constantemente mientras los ingresos de los mayores permanecen estancados.

Para poder mantener el techo bajo el cual ha vivido los últimos 56 años, Susana se ha visto obligada a tomar medidas drásticas. De su pensión, destina 600 euros íntegros al alquiler, lo que le deja apenas 200 euros para afrontar el resto de sus gastos mensuales.

Para compensar esta falta de liquidez, alquila habitaciones de su vivienda a estudiantes universitarias por periodos de seis a nueve meses. Esta necesidad de ingresos extra la ha llevado a sacrificar su propia intimidad: al tener solo dos habitaciones disponibles para alquilar, Susana duerme en el salón de su casa para poder sobrevivir.

La gestión de los escasos recursos restantes es una lucha diaria contra la inflación y los impuestos. Susana relata que ha tenido que renunciar a alimentos básicos como el pescado, debido a su alto coste, y ha abandonado su mutua médica privada para recurrir exclusivamente a la sanidad pública.

Sus facturas de luz, gas y agua —esta última con incrementos del 21%— consumen gran parte de su presupuesto, obligándola a eliminar gastos como el seguro del hogar. Su único lujo permitido es asistir a clases de aquagym, una actividad subvencionada por la que paga 16 euros al mes.

Esta situación de precariedad no es fruto del azar, sino de una trayectoria laboral marcada por la falta de protección social. Susana explica que, aunque trabajó durante décadas, solo pudo cotizar legalmente cerca de 17 años.

En su juventud, los empresarios solían contratar "en negro" para evitar costes, y ella, necesitada de ingresos inmediatos para pagar el colegio de sus hijas y el alquiler, aceptaba trabajar jornadas de nueve horas sin estar dada de alta en la Seguridad Social.

Esta falta de cotización en el pasado se traduce hoy en una pensión que no le permite "ningún capricho" ni le dio en su día la oportunidad de comprar una vivienda propia.

Frente a esta situación, Susana intenta mantenerse activa participando en corales y clases de dibujo gratuitas. No obstante, guarda un profundo resentimiento hacia la clase política, a quienes califica de deshonestos y pide que tengan sueldos acordes al nivel de la ciudadanía.