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Hay paisajes que cambian durante décadas y que, de manera puntual, revelan fragmentos del pasado que parecían definitivamente perdidos.

La reaparición de la iglesia de Sant Romà de Sau responde a esa lógica: un fenómeno ligado al descenso del nivel del agua que transforma el embalse en un escenario donde la historia vuelve a hacerse visible.

Durante buena parte del año, la silueta del campanario emerge como un punto de referencia aislado sobre la superficie.

Sin embargo, en periodos de sequía prolongada, el retroceso del agua deja al descubierto la estructura completa del templo, ofreciendo una imagen insólita que combina ruina, memoria y paisaje.

Construcción de la iglesia

Esta aparición progresiva, casi escenográfica, ha convertido el lugar en uno de los enclaves más fotografiados y observados de Cataluña cada vez que las condiciones lo permiten.

La iglesia de Sant Romà de Sau fue consagrada en 1061 y constituye un ejemplo representativo del románico rural catalán.

Cómo es

De nave única y con un campanario de torre cuadrada, el edificio respondía a las formas austeras y funcionales propias de la época, integrándose en un pequeño núcleo de población que se organizaba en torno a la vida agrícola.

A pesar de las décadas bajo el agua, buena parte de su estructura se mantiene en pie, aunque con evidentes signos de erosión y desgaste provocados por la inmersión intermitente y la acción del clima.

Vistas al pantano de Sau TURISME CATALUNYA

El templo formaba parte del antiguo pueblo de Sant Romà de Sau, una comunidad que llegó a contar con unos 300 habitantes a mediados del siglo XX.

La vida cotidiana se desarrollaba en torno a la agricultura, la ganadería y la explotación de los recursos forestales, en un entorno marcado por el relieve montañoso y el curso del río Ter.

El pueblo

El problema fue que la localidad empezó a desfallecer en los años 30 del siglo pasado. Vivía del carbón cuando otras fuentes de energía, como el butano, empezaban a desplazar esta materia prima. La población estaba cada vez más empobrecida y cada vez peor comunicada. La extinción del municipio se veía venir.

Fue a finales de la década de 1920 cuando la Confederación Hidrográfica del Pirineo Oriental tuvo la iniciativa de proponer una presa en el río Ter. Levantar un muro para crear una caída de unos 80 metros que proporcionara electricidad a los pueblos y ciudades de alrededor.

Un plan republicano

Dicho y hecho. En 1931, la Segunda República aprueba el proyecto, pero con el levantamiento militar no fue hasta terminada la Guerra Civil cuando se iniciaron las obras. Era 1942.

Hasta entonces, el municipio trataba de hacer vida normal. Iban a comprar el pan, a misa, pero desde que arrancó el proyecto sus vidas cambiaron para siempre. Para empezar, curiosamente, vieron cómo su población aumentaba.

El régimen franquista traía presos y trabajadores al lugar. Les pagaba una miseria: 10,5 pesetas el jornal; cobraban una peseta y media por la hora extra. Si les daban un pan, quedaba descontado de la jornada.

Eran condiciones paupérrimas. El pueblo veía cómo su fin se acercaba. Se tenían que esconder cuando empezaban las primeras explosiones del terreno para hacer la presa. La vida era cada vez más difícil.

Condiciones de trabajo

Algunos, explotados, pasaban los ratos muertos en las cantinas. Cuentan los lugareños que el juego y el alcohol corrían sin parar; incluso en algunos momentos se daban situaciones violentas. Todo estaba teñido de tristeza.

Algunos de los inmigrantes recién llegados de Andalucía y Extremadura vieron cómo eran tildados de charnegos; los republicanos eran forzados a cantar el Cara al sol y a someterse a la falta de libertades propia del régimen franquista.

Iglesia de Vilanova de Sau

Una historia hundida

Algunos recuerdan que incluso el cura de Sant Romà de Sau, la famosa ermita que aún sobrevive, los expulsó cuando se acercaban por allí y empezaban a cantar.

Las condiciones fueron tremendas. Se construyeron nuevas viviendas para los trabajadores. Algunas de ellas todavía quedan en pie. Pero, a medida que avanzaban los trabajos, los habitantes de Sau tuvieron que reubicarse. Eso sin contar la cantidad de muertes que hubo por las pésimas condiciones de seguridad laboral.

Puesta en marcha del embalse

A eso se le suma que la construcción del embalse, impulsada para garantizar el suministro de agua en el área metropolitana, alteró de forma irreversible este paisaje humano.

En 1962, con la puesta en marcha de la presa, el valle quedó inundado y los vecinos tuvieron que abandonar sus viviendas.

Símbolo

El núcleo desapareció bajo el agua y la iglesia quedó sumergida, convirtiéndose en un vestigio visible solo en circunstancias excepcionales.

Desde entonces, la imagen del campanario sobresaliendo del pantano ha funcionado como un recordatorio constante de aquel proceso de transformación territorial.

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