Harvey Ferrer

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Harvey Ferrer; la historia del empresario superdotado de 24 años que lidera un ecosistema de ocho cifras

Descubre la trayectoria vital de este joven pamplonica, una auténtica historia de superación

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Harvey Ferrer fue un fracaso escolar. No encajó en el sistema educativo y durante años fue un perfil incómodo para los modelos tradicionales. Hoy, con solo 24 años, lidera desde Miami un ecosistema empresarial con una facturación acumulada de ocho cifras.

Lo llamativo no es solo el resultado, sino el trayecto: una biografía que no avanza en línea recta, sino a base de fricción, fracasos y una obsesión temprana por entender —y reordenar— sistemas.

Un inicio temprano, bajo presión

Su historia comienza pronto y bajo una presión que marcaría el resto del recorrido.

Ferrer nació en Pamplona el 11 de mayo de 2001. A los seis años, la muerte de su madre por suicidio cambió el eje de su vida. Se mudó a Madrid junto a su padre, su hermano y sus abuelos. En esa casa, más que discursos, hubo estructura: una familia volcada en proteger, sostener y reconstruir.

Su abuelo paterno, general del Ejército del Aire, dejó una marca que aún hoy se percibe en su forma de trabajar: disciplina, constancia, autocontrol, sentido del deber y responsabilidad personal. Su abuela aportó el otro lado de la ecuación: cuidado, estabilidad emocional, atención al detalle y una ética del día a día que no necesita aplausos para funcionar. Su padre y su hermano, según quienes lo conocen, terminaron de forjar una idea simple y poderosa: pase lo que pase, se sigue.

Una mente que no encajaba… pero construía

Desde muy joven mostró una forma de pensamiento poco convencional. Aprendía rápido, conectaba ideas de manera no lineal y se interesó antes de tiempo por cómo funcionan los sistemas complejos: negocios, tecnología, comportamiento humano. Pero el sistema educativo —diseñado para lo estándar— no supo leer bien ese perfil.

Tuvo dificultades para socializar y acumuló suspensos en la adolescencia. En su entorno, aún recuerdan una sensación repetida: “este chico no va a encajar”. Y durante años, muchos asumieron que eso equivalía a no llegar. Sin embargo, fuera del aula empezó a ocurrir lo contrario.

Construir mientras otros estudiaban

A los 14 años, Ferrer ya gestionaba servidores del videojuego Minecraft con miles de usuarios.

Mientras otros se centraban en la parte técnica, él se ocupaba de construir mundos, organizar comunidades y moderar entornos con reglas, conflictos y jerarquías.

- Aprendió liderazgo sin llamarlo liderazgo.

- Aprendió economía digital sin estudiar economía.

- Aprendió que un sistema —por caótico que sea— siempre puede ordenarse.

En aquella época, navegando por internet, se topó con Bitcoin. No lo entendió como un “activo” al uso, sino como una idea: un nuevo tipo de infraestructura. Para un adolescente obsesionado con los sistemas, aquello fue una puerta mental.

Al mismo tiempo, la falta de recursos económicos afinó su carácter emprendedor:

- Si no había dinero para reparar un móvil, aprendía a repararlo;

- Si no había dinero para una tabla de surf, intentaba construirla.

En esa mentalidad de resolver aparece una influencia familiar menos visible, pero decisiva: su abuelo materno, Paco, inventor industrial que dedicó su vida a crear y mejorar máquinas para optimizar procesos en una fábrica del sector automovilístico.

El descubrimiento del mercado

El salto de lo artesanal a lo digital llegó con 16 años: eCommerce y marketing. Tras múltiples intentos de ganar dinero online, encontró un mecanismo que le cambió la cabeza por completo: invertir poco, medir, aprender y escalar.

Cuenta su entorno que una de sus primeras campañas fue casi ridícula por tamaño —cinco dólares—, pero gigantesca por efecto. Llegaron los primeros clientes. Llegaron los primeros ingresos. Y con ellos, una idea que no le abandonaría: internet no es un lugar; es un multiplicador.

Australia y la prueba extrema

A los 18 años tomó una decisión poco común: irse solo a Australia para mejorar su inglés y ganar perspectiva antes de elegir un camino definitivo. No quería elegir impulsivamente entre universidad o “vida real”. Quería tiempo.

No sabía que el mundo iba a cerrarse. La pandemia de 2020 convirtió aquella experiencia en una prueba extrema. Perdió su trabajo, su negocio online y quedó sin recursos. Durante meses sobrevivió como repartidor en bicicleta, recorriendo más de 100 kilómetros diarios en jornadas que superaban las 14 horas. Hubo días en los que apenas llegaba a 50 dólares.

Según relata su entorno, llegó a depender de ayuda alimentaria para subsistir y del apoyo económico de amigos para pagar el alquiler.

Es fácil narrar esa etapa como tragedia. Pero en el caso de Ferrer, lo que emerge es otra cosa:

- Rutinas estrictas.

- Lectura intensiva.

- Disciplina física.

- Y una decisión repetida cada mañana: continuar.

- No como heroísmo, sino como supervivencia.

De vuelta, sin manual

Cuando el mundo reabrió, pagó deudas, volvió a trabajar y regresó a España con una conclusión ya tomada: no iba a jugar una vida con manual. Descartó la universidad y apostó todo por el emprendimiento. Durante un tiempo se apartó del marketing para estudiar mercados financieros e inversiones. Volvió a experimentar el ciclo completo: validación rápida, caída rápida, aprendizaje forzado.

Más tarde regresó al terreno donde mejor opera: construir estructuras, escalar comunidades, convertir atención en empresa y empresa en sistemas.

Formación, resultados y escala

Se formó en el Instituto de Innovación Israelí, se integró en el ecosistema startup y lanzó proyectos tecnológicos vinculados al mundo blockchain. Con el tiempo, ese recorrido —más técnico de lo que parece desde fuera— desembocó en lo actual: un ecosistema empresarial con múltiples verticales, operaciones internacionales y base de comunidad. A partir de ahí, su recorrido dejó de ser una promesa para convertirse en resultados medibles.

Fundó Motivarte365, una comunidad que supera los siete millones de seguidores, y desarrolló Zyymo, un software en formato SaaS que logró reunir a más de 200 referentes e influencers del ámbito empresarial, alcanzando una facturación de cientos de miles de dólares en tiempo récord.

Además, es socio de Marta Marcilla, una de las 100 mujeres más influyentes según Forbes, y ha liderado la creación y el escalado de toda su estructura de marca, llevándola a más de 350.000 seguidores. En paralelo, ha gestionado equipos de más de 100 personas, una cifra que suele marcar la frontera entre emprender y construir empresa.

El presente (y la pregunta incómoda)

Hoy, ya instalado en Miami, quienes trabajan con él describen una forma de operar poco común para su edad: visión a largo plazo, tolerancia a la complejidad y una obsesión por convertir el error en sistema.

Su trayectoria no se explica por una sucesión de aciertos, sino por una lógica constante de aprendizaje bajo presión.

Y reabre una pregunta incómoda, cada vez más presente en el debate sobre talento: qué ocurre cuando un perfil de alta capacidad, incomprendido por los sistemas tradicionales, encuentra finalmente el entorno adecuado para operar —y decide usarlo no solo para ganar, sino para construir algo que mejore la vida de otros.

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