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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el de la Generalitat, Pere Aragonès, posan a su llegada a la reunión previa de la mesa de diálogo / EP

Sánchez y Aragonès abren la etapa del diálogo y la lealtad institucional

En ausencia de JxCat, ambos presidentes suscriben un pacto de no agresión en una reunión marcada por la normalidad y una conversación fluida, sin rastro de activismo radical

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“Diálogo muy fluido y ganas de recuperar la lealtad institucional”. Fuentes conocedoras de la cumbre entre Pedro Sánchez y Pere Aragonès han definido así una reunión celebrada en ausencia de Junts per Catalunya, y que ambas partes definen como un antes y un después en las relaciones entre Gobierno y Generalitat. “Normalidad” es la palabra utilizada asimismo por esas fuentes en referencia a un encuentro que abre un escenario complejo, pero que también ha tenido su reflejo en el ambiente que ha rodeado la celebración de la mesa de diálogo.

Sin rastro de activismo radical --apenas unos 50 nostálgicos del independentismo unilateral se manifestaron contra el encuentro celebrado en el Palau--, ambos presidentes firmaron un pacto de no agresión no escrito que les da estabilidad en sus respectivos mandatos, pero que retrotrae las relaciones entre Gobierno y Generalitat a tiempos anteriores a los traumáticos episodios de 2017.

Trapero saluda a Sánchez

Que el jefe de los Mossos d’Esquadra durante el referéndum del 1-O, Josep Lluís Trapero, saliera a recibir al presidente Sánchez fue un gesto cargado de simbolismo. Trapero, que fue juzgado por su papel en el procés, era también el encargado del dispositivo de seguridad establecido en la plaza Sant Jaume para evitar posibles altercados. No los hubo, a pesar de la convocatoria de la CUP bajo el lema Ni pactos ni renuncias y de las llamadas al boicot de dirigentes de Junts per Catalunya (JxCat), la gran ausente en la reunión de ambos gobiernos. No prosperó la pretensión de los neoconvergentes de colocar a dos indultados frente a Pedro Sánchez en la mesa de diálogo, pero salir del conflicto, dijo el presidente Aragonès, “no puede esperar”.

Sus socios siguen torpedeando ese foro en el que ambas delegaciones parten de posiciones radicalmente diferentes. Amnistía y referéndum de autodeterminación, exige el Govern. Mejora del autogobierno, ofrece el Ejecutivo español. Y como muestra de la buena voluntad de éste, una Agenda para el Reencuentro con avances en competencias e inversiones, que Aragonès considera adecuadas para otros foros bilaterales, pero que no encaja en una mesa donde, en su opinión, se debe abordar el conflicto político.

"Había ganas"

“Han hablado con fluidez, incluso con buen rollo. Había ganas”, explicaba un asesor, en referencia a esa reunión previa de los dos presidentes, tan diferente a aquella cumbre de diciembre de 2018 en la que, si bien se sentaron las bases para dar carpetazo al procesismo en la llamada Declaración de Pedralbes, ese encuentro entre Quim Torra y Pedro Sánchez fue más recordado por el color amarillo de las ponsetias --símbolo de la “represión”, según los independentistas-- que por su significado real.

Casi tres años después, Sánchez y Aragonès recogen el testigo de aquel compromiso de enfocar el problema independentista con diálogo y cauces democráticos. Torra se ha sumado a sus colegas de la llamada war room, Laura Borràs y Josep Costa entre ellos, para despreciar esa mesa de negociación. Les recordó Aragonès que ellos salieron a la calle con carteles en los que se leía la frase Spain, sit and talk. Incluso Tsunami Democràtic --desaparecido de las calles, al igual que los autodenominados Comités de Defensa de la República (CDR)-- llegó a utilizar ese lema. Y eso es precisamente lo que el republicano asegura estar dispuesto a hacer en esa mesa: escuchar y hablar.

Los resultados, dijo, son lo importante, no los plazos. Sonó a estratagema para ganar tiempo, aguantar un mandato donde sus socios no se lo van a poner fácil, y apuntalar así su liderazgo. Si es Junts la que rompe la baraja también está por ver.