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Ignacio Vidal-Folch opina sobre el juicio a Lindsay Clancy

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Zona Franca

El filicidio de Lindsay Clancy

"Viendo las fotografías de la señora Clancy, reparé en su mirada fija, que me recordaba a otra semejante en otro caso de infanticidio premeditado de los propios hijos: el que cometió José Bretón con los suyos en 2011, en Córdoba"

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El juicio a una exenfermera de Massachusetts (EEUU) llamada Lindsay Clancy está siendo objeto, durante estas últimas semanas, de encendidos debates. No sólo en aquel país, sino también en España.

¡E incluso en mi propia casa! Tengo una amiga que es muy… digamos “combativamente feminista”, que se llama Paula y que anoche, en la charla de sobremesa, sostenía que Clancy es irresponsable de los crímenes de los que se la acusa, le echaba la culpa de la muerte de sus hijos al “sistema” y me exigía —¡a mí!— que la sentencia la declare inocente.

Que Paula le echase la culpa al “sistema” indignó sobremanera al amigo Rodrigo, quien, francamente, no se siente tan interpelado por las reivindicaciones feministas. Sostiene Rodrigo que esa señora, como autora de crímenes tan atroces, debe pasar el resto de su vida entre rejas.

¿Pero por qué nos interesa o nos importa tanto un caso tan aberrante y tan remoto? Yo creo que en esta figura coagulan, en forma de siniestra caricatura, debates que llevan tiempo agitándose en nuestra sociedad. Sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Sobre si hay o no igualdad de derechos, de oportunidades, de sueldos entre los dos sexos. Sobre deseo, consentimiento, abuso, poder.

Para el lector que no haya seguido este caso, recapitulemos: el 24 de enero de 2023, Clancy, entonces enfermera de sala de partos en el Massachusetts General Hospital, hallándose en su domicilio de Duxbury (Massachusetts), envió a su marido, Patrick, a que hiciera unos recaditos: unas compras en el colmado y en la farmacia.

Una vez se quedó sola con sus tres hijos —Cora, de cinco años; Dawson, de tres y Callan, de ocho meses— los estranguló. A renglón seguido, intentó suicidarse por varios procedimientos, incluyendo saltar por la ventana del segundo piso de la vivienda, de resultas de lo cual se ha quedado paralítica de cintura para abajo.

Alega su defensa que en los meses previos y tras el nacimiento de su tercer hijo, su salud mental se había derrumbado: sufría insomnio, episodios maníacos y pensamientos de autolesión. Había buscado ayuda activamente —varios proveedores de salud mental, múltiples psicofármacos, consultas a una línea telefónica de prevención del suicidio, visitas a urgencias, e incluso un ingreso voluntario en un hospital psiquiátrico. Los hechos ocurrieron apenas 19 días después de recibir el alta de ese ingreso psiquiátrico. Según su defensa, el día de los asesinatos escuchó voces que le decían:

- “Esta es tu última oportunidad. Mata a los niños para que puedas matarte”.

Bien, la fiscalía sostiene que actuó de forma premeditada: habría planeado cuidadosamente los asesinatos, aprovechando la ausencia calculada de su marido, y cuestiona la gravedad real de su intento de suicidio posterior.

La defensa alega que la señora Clancy no es penalmente responsable, porque cometió esos hechos atroces cuando se hallaba bajo una psicosis posparto grave: un trastorno médico reconocido (con síntomas como alucinaciones, delirios y paranoia) que, aunque solo afecta a una minoría de las numerosas mujeres que tras dar a luz caen en la llamada “depresión posparto”, en casos extremos puede llevar a actos de este tipo.

El caso judicial ha reavivado un debate público sobre el reconocimiento (y los límites) de la psicosis posparto como eximente o atenuante penal, y sobre las carencias del sistema de salud mental en EEUU para atender a madres en crisis grave, pese a que ella buscó ayuda repetidamente. Y la obtuvo, aunque, como es notorio, no lo suficiente, o no lo suficientemente acertada para evitar la tragedia.

Mi amiga Paula sostenía anoche que el “sistema” debería haber hecho más por la señora Clancy. Siendo el “sistema” la familia, que debería ser más vigilante y comprensiva con la sensibilidad de la mujer, y el Estado, que debería invertir más recursos en salud mental para casos como este: asistentes sociales, vigilancia, etcétera.

Y Rodrigo la contradecía acaloradamente, señalando que ya está bien de recurrir al Estado o al sistema como culpable de cualquier chifladura, que la perturbada señora Clancy había recibido todo el apoyo familiar y psiquiátrico que razonablemente se podía reclamar, salvo que se resucitase a Freud y a Jung para que la atendieran 24 horas al día, que asesinatos y suicidios seguirían cometiéndose aunque todos y cada uno de los ciudadanos tuviésemos como vecinos de rellano a un policía y a un psiquiatra de la Seguridad social… pagados, claro está, con nuestros impuestos.

Y ahora, mi humilde opinión, la que me callé anoche para no añadir más leña al fuego: viendo las fotografías de la señora Clancy, reparé en su mirada fija, como de pájaro atónito, que me recordaba una mirada semejante en otro caso de infanticidio premeditado de los propios hijos: el que cometió José Bretón con los suyos, en el año 2011, en Córdoba.

Es la misma mirada “ida”.

Son parecidos la premeditación y la atrocidad del crimen, aunque difieran los “motivos”, y aunque Bretón trató de borrar las pistas, cosa que Clancy, desde luego, no hizo. Recuerdo que los psiquiatras y psicólogos que, a requerimiento del tribunal, examinaron a Bretón descartaron que padeciera una enfermedad o trastorno mental que afectara a su imputabilidad. Sin embargo, es evidente que Bretón estaba, está, como una regadera, digan lo que digan los especialistas en psicopatología. Un enfermo mental de la mayor gravedad. Como tal, quizá el lugar que le corresponde no es la cárcel, sino algún manicomio.

Lo mismo pienso de la señora Clancy. Ahora bien, yo hubiera querido preguntarle a mi amiga Paula (pero no lo hice) si no será únicamente la condición femenina de Clancy, y el hecho de que su locura esté ligada a algo tan propiamente femenino como es la condición de madre, el parto y la depresión postparto, la que atrae tanta comprensión y empatía hacia ella, mientras que Bretón sólo produce repugnancia.

En la piedad, en la comprensión, es mejor ser ecuánime, querida Paula. Por lo demás, yo tengo para mí (pero no lo predico) que quien comete un asesinato, por el motivo que sea y en las circunstancias que sean, se coloca automáticamente fuera de la comunidad humana. El mismo meollo de la vida que tiene por delante está gravísimamente tarado. En este sentido, no vale la pena.