Gerard Mateo ante un eclipse de sol
Eclipse solar de agosto: entre el atavismo y la corrupción
"El eclipse nos invita a mirar hacia arriba, a levantar la cabeza de las pantallas y a recordar que formamos parte de algo mucho más grande, pero también puede servir para que dejemos de mirar lo que tenemos delante"
El eclipse solar de este 12 de agosto es todo un fenómeno que nos conectará con nuestros antepasados. Durante unos segundos, cuando miremos al cielo, nos sentiremos como los primeros pobladores: pequeños, ignorantes y fascinados ante algo que no controlamos.
Hoy sabemos qué es un eclipse, cuándo ocurrirá, dónde se verá y cuánto durará. Nuestros antepasados no sabían si aquello era magia, una señal divina, un castigo o un mal augurio. Pero el oscurecimiento nos conecta con ellos y, sobre todo, con la naturaleza, con la vida.
Esta conexión es especialmente necesaria en un momento en el que estamos alelados, pegados a una pantalla, alejados del mundo real. Pero, a la vez, el eclipse es una ventana para los oportunistas: para enriquecerse y para crear campañas políticas.
Porque la ocultación transitoria del astro sol irá acompañada, en no pocos casos, de postureo. Algunos lo priorizarán sobre el hecho de estar presentes. Otros han aprovechado para hacer su agosto, pervirtiendo este momento mágico por un buen botín.
Por no hablar de la pata política, que lo ensucia todo. Porque si algo caracteriza a nuestro tiempo es la capacidad de convertir cualquier acontecimiento en una campaña de comunicación. En este caso, el Govern se lleva la palma.
El Ejecutivo ha planteado dispositivos de seguridad, recomendaciones, gafas homologadas y todo un despliegue institucional a la altura de lo que será el acontecimiento. Pero una cosa es prevenir y otra, convertir la prevención en una epopeya gubernamental.
El eclipse, por supuesto, no necesita al Govern. Pero el postureo político consiste en apropiarse de cualquier cosa que pueda generar una imagen positiva y convertirla en gestión, aunque la gestión consista únicamente en anunciar que se está gestionando.
Un eclipse es perfecto para eso. No hay que construirlo, no hay que aprobarlo y, sobre todo, no hay que cumplirlo. Basta con organizarlo. Basta con presentar una recomendación de sentido común como si fuera una gran conquista de la Administración.
Llevamos semanas hablando del eclipse, como si no hubiera nada más de lo que preocuparse en Cataluña, aunque sea agosto. Durante este tiempo hemos desviado el foco de la vivienda, de la movilidad, de la financiación, de las cuestiones realmente relevantes.
Y quizá ahí está la verdadera paradoja. El eclipse nos invita a mirar hacia arriba, a levantar la cabeza de las pantallas y a recordar que formamos parte de algo mucho más grande. Pero también puede servir para que dejemos de mirar lo que tenemos delante.
¿Qué es lo que tapa realmente el eclipse?