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Montaje con varias mujeres en la playa y la imagen de la subdirectora de Crónica Global, Míriam de Saint-Germain

Montaje con varias mujeres en la playa y la imagen de la subdirectora de Crónica Global, Míriam de Saint-Germain Crónica Global

Zona Franca

¿Quién mató el ‘topless’?

"Probablemente el señor sentado a diez metros está mirando al horizonte pensando en la hipoteca. Pero tú ya no sabes distinguirlo del baboso que está esperando a que te gires para sacar el móvil"

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No sé exactamente cuándo ocurrió, pero ocurrió. El ‘topless’ ha desaparecido de las playas españolas.

No completamente, claro. Siempre queda alguna irreductible gala resistiendo al invasor con las tetas al sol. Pero cualquiera que haya pisado una playa este verano habrá podido comprobar que aquella estampa tan habitual de los noventa y los primeros dos mil se ha convertido casi en una rareza.

Algo ha pasado. Tengo varias teorías y sospecho que todas tienen algo que ver.

La primera es que la era hippie murió y sobre sus cenizas hemos levantado una generación sorprendentemente más conservadora.

Los ‘fachalecos’, los polos anudados al cuello, las pulseritas con la cinta de la Virgen del Pilar y los niños con pantalón corto y calcetines hasta las rodillas incluso cuando hace un frío que pela forman ya parte de una nueva estética familiar española. Algunos dirán que los Pombo tienen algo que ver. Yo no me atrevería a tanto.

Pero esta explicación no termina de convencerme. Porque también han dejado de hacer ‘topless’ muchas mujeres que no tienen ninguna intención de comprarse un chaleco acolchado.

Y ahí aparece el verdadero asesino: el teléfono móvil.

Antes uno iba a la playa con una sombrilla, una nevera, un bocadillo de tortilla y, con suerte, un Nokia que pesaba aproximadamente lo mismo que un ladrillo. Nadie llevaba una cámara encima salvo los turistas japoneses, algún padre de familia empeñado en documentar las vacaciones y los paparazzi apostados detrás de una roca en Ibiza.

Hoy llevamos todos una cámara de última generación permanentemente en la mano.

Una cámara capaz de fotografiar eclipses, conciertos a doscientos metros y coches circulando a toda velocidad. Y, naturalmente, también a la señora que está tranquilamente tumbada tres toallas más atrás.

Porque ahora uno no ha ido a la playa si no existe constancia documental de ello. Fotografías entrando al agua. Fotografías saliendo. Fotografías leyendo. Fotografías de los pies frente al Mediterráneo. Fotografías del mojito. Fotografías del mojito con los pies. Y vídeos. Cientos de vídeos.

Y, en el fondo de todo ese gigantesco archivo audiovisual, estamos los demás. De ahí que las mujeres hayamos ido interiorizando esa realidad hasta taparnos.

No necesariamente porque nos avergüence enseñar los pechos, sino porque hemos perdido algo fundamental: el control sobre quién puede verlos. Una cosa es quitarte el sujetador porque te da la gana y otra bastante diferente terminar, sin saberlo, formando parte del carrusel de Instagram de un desconocido de Valladolid.

Además, las propias redes sociales han contribuido a esta paradoja sin sentido: podemos enseñar prácticamente nuestra vida entera, pero el pezón femenino continúa siendo material altamente sospechoso.

Así que hacer cuatro fotografías bonitas durante unas vacaciones en Formentera implica esa ceremonia absurda de ponerse el bikini, hacerse la foto y volver a quitárselo. Pon sujetador. Quita sujetador. Un coñazo.

Pero existe otra posibilidad bastante más desagradable.

Que la fotografía no sea accidental.

Que alguien pueda fotografiarte expresamente sin que te enteres. O grabarte. O ampliar la imagen. O compartirla. La tecnología ha convertido una posibilidad que antes requería bastante infraestructura en algo que cabe en un bolsillo.

Y ahí aparece inevitablemente la desconfianza. Porque probablemente el señor sentado a diez metros está mirando al horizonte pensando en la hipoteca. Pero tú ya no sabes distinguirlo del baboso que está esperando a que te gires para sacar el móvil.

Y esa es precisamente la mierda del asunto.

Que hemos acabado sospechando también de quien no ha hecho absolutamente nada.

Quizá por eso hemos aceptado resignadamente la marca blanca del bikini atravesándonos el pecho cada verano. Es horrible, sí. Pero entre parecer un helado de dos sabores —chocolate-vainilla— cuando llega septiembre y correr el riesgo de aparecer gratuitamente en el teléfono de cualquier desconocido, parece que muchas hemos elegido el helado.

El ‘topless’ nació como una pequeña conquista de libertad corporal. Y quizá no lo haya matado el pudor, ni siquiera el neoconservadurismo.

Quizá lo haya matado algo mucho más moderno: una cámara de 48 megapíxeles.