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Imagen de varios inmigrantes llegando a la playa de Ceuta desde Marruecos en un montaje donde aparece la subdirectora de sociedad de Crónica Global, Míriam Sant-Germain

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Zona Franca

No da miedo la inmigración, sino quien la instrumentaliza

"Miles de hombres, mujeres y jóvenes decidieron lanzarse al mar, caminar durante kilómetros o jugarse la vida con la esperanza de alcanzar un futuro incierto. Alguien movió esos hilos. Y esa es la cuestión que no deberíamos dejar de hacernos"

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Hay imágenes difíciles de olvidar y la de miles de personas cruzando la frontera de Ceuta permanecerá durante mucho tiempo en la memoria colectiva de este país. No por el debate político que inevitablemente han generado, sino por la pregunta que dejan sobre la mesa.

¿Quién fue capaz de movilizar a 50.000 personas en apenas unas horas?

Estas líneas no se escriben desde el miedo al inmigrante. Tampoco desde una posición ideológica concreta. De hecho, este asunto debería quedar al margen de las etiquetas de derechas e izquierdas. Porque lo ocurrido trasciende cualquier debate partidista.

Lo que da vértigo no es únicamente que decenas de miles de personas cruzaran una frontera. Lo verdaderamente inquietante es pensar que alguien consiguió convencerlas de hacerlo.

Miles de hombres, mujeres y jóvenes decidieron lanzarse al mar, caminar durante kilómetros o jugarse la vida con la esperanza de alcanzar un futuro incierto. Alguien movió esos hilos. Y esa es la cuestión que no deberíamos dejar de hacernos.

Se habla de mafias dedicadas al tráfico de personas. También de intereses políticos y geoestratégicos, de pulsos diplomáticos y de presiones entre Estados. No tengo pruebas para afirmar cuál es la explicación correcta, y precisamente por eso prefiero formular preguntas antes que repartir certezas.

Porque las preguntas son muchas: ¿Quién organizó un movimiento de semejante magnitud? ¿Con qué objetivo? ¿Qué mensaje se pretendía enviar a España? ¿Y qué mensaje se quería trasladar al resto de Europa?

Detrás de cada una de esas 50.000 personas hay una historia distinta. Muchas buscaban una vida mejor. Y aspirar a un futuro más próspero es profundamente humano. Lo hacen marroquíes, españoles, argentinos o italianos. Lo han hecho todos los pueblos a lo largo de la historia.

España, además, tiene la obligación moral y jurídica de proteger a quien huye de una persecución o necesita asilo. Y debe seguir haciéndolo. También debe seguir siendo un país abierto para quien quiera trabajar, integrarse y construir aquí un proyecto de vida.

Pero una cosa es la inmigración y otra muy distinta es una movilización masiva, coordinada y aparentemente dirigida.

Eso es lo excepcional y preocupante.

Porque cuando decenas de miles de personas se convierten, de la noche a la mañana, en piezas de un tablero geopolítico, el problema deja de ser exclusivamente migratorio. Pasa a ser un problema de seguridad, de estabilidad y, sobre todo, de dignidad humana.

Ningún ser humano debería ser utilizado como arma de presión.

Creo que, con algunas excepciones, el Estado respondió como podía responder dentro del marco constitucional y de los instrumentos legales de los que dispone. Habrá quien considere que ese marco necesita reformas para afrontar crisis de esta magnitud. Ese es un debate legítimo y probablemente necesario.

Lo que sí resultó difícil de comprender fue la publicación, desde las redes institucionales de La Moncloa, de un vídeo completamente ajeno a la gravedad del momento. Probablemente se trataba de un contenido programado con anterioridad, pero precisamente por eso alguien debería haber advertido que no era el momento.

Fue un error de comunicación que desentonó con la seriedad que exigían las circunstancias.

Mientras tanto, la mayoría de quienes cruzaron ya han regresado. Pero siguen existiendo incógnitas sobre miles de personas cuyo paradero todavía no está completamente esclarecido. Y, sobre todo, sigue sin despejarse la gran incógnita inicial.

¿Quién puso en marcha todo esto? Quizá nunca conozcamos la respuesta completa.

Pero sería un error enorme reducir lo sucedido a un simple enfrentamiento entre quienes están a favor o en contra de la inmigración. Ese debate, por sí solo, no explica las imágenes de Ceuta.

Lo ocurrido debería servir para reflexionar sobre algo mucho más profundo: la facilidad con la que miles de personas pueden ser manipuladas, utilizadas y empujadas a jugarse la vida para servir a intereses que probablemente ni siquiera conocen.

Y eso, sinceramente, debería preocuparnos a todos.