Un bombero de la Generalitat de Cataluña en un montaje con la subdirectora de Sociedad de Crónica Global, Míriam de Saint-Germain
Solo nos acordamos de los bomberos en verano
"Quizá la mejor forma de agradecer el trabajo de quienes hoy están jugando con el fuego para proteger nuestras casas no sea dedicarles otro aplauso cuando todo termine. Quizá la mejor manera de honrar su trabajo sea empezar a escucharles cuando llegue el invierno"
Hay una imagen que se repite cada verano. Un bombero agotado, cubierto de ceniza, con el rostro ennegrecido tras horas luchando contra un muro de fuego. Las redes sociales se llenan de fotografías, los informativos abren con sus intervenciones y la sociedad vuelve a descubrir a quienes llevan meses advirtiendo de que esto podía ocurrir.
Les llamamos héroes. Les dedicamos aplausos. Compartimos vídeos de sus intervenciones con admiración. Y, sin embargo, dentro de unos meses volveremos a olvidarnos de ellos.
Porque España tiene la mala costumbre de escuchar a sus bomberos únicamente cuando las llamas ya son imparables. Cuando el humo cubre pueblos enteros. Cuando hay vecinos desalojados. Cuando las carreteras quedan cortadas. Cuando las hectáreas quemadas ya no se pueden recuperar.
Es entonces cuando todos queremos saber qué ha fallado. La respuesta, en realidad, suele llevar meses —o años— encima de la mesa.
En Madrid, por ejemplo, los propios Bomberos Forestales llevan tiempo denunciando la falta de reconocimiento profesional, plantillas insuficientes, contrataciones que no siempre respetan la estabilidad prometida, carencias en materia de seguridad y, sobre todo, una prevención que sigue sin ocupar el lugar prioritario que debería tener.
Lamentablemente, ahora ya no es el momento de buscar culpables mientras cientos de profesionales siguen jugándose la vida frente al fuego. Ahora toca otra cosa: coordinación institucional, refuerzos, medios aéreos, la ayuda internacional activada a través del mecanismo europeo de Protección Civil y el despliegue de miles de efectivos para intentar contener una situación extraordinaria.
Pero precisamente porque no es momento de polémicas, tampoco debería serlo de olvidar las lecciones cuando llegue octubre.
Los datos hablan por sí solos. España ha registrado ya 29 grandes incendios forestales en lo que llevamos de año, casi el triple de la media de la última década. Han ardido cerca de 115.000 hectáreas, entre ellas las más de 7.000 del incendio de Los Gallardos (Almería), que dejó trece víctimas mortales y pasó a formar parte de los episodios más trágicos de nuestra historia reciente.
Los incendios llegan antes. Son más violentos. Más impredecibles. Generan columnas convectivas capaces de modificar su propio comportamiento y desafían incluso a los mejores dispositivos de extinción. El cambio climático explica parte del fenómeno, pero sería demasiado cómodo esconder toda la responsabilidad detrás del termómetro.
También arde aquello que durante años nadie limpió.
En Cataluña, aunque la Generalitat ya se ha puesto manos a la obra, la acumulación de combustible forestal se ha disparado. Hace apenas cuatro décadas la materia vegetal susceptible de alimentar un incendio ocupaba alrededor del 35% de la superficie forestal. Hoy supera el 70%. La sequía prolongada, la mortalidad de los árboles y el abandono de muchos montes han convertido grandes extensiones de bosque en una enorme reserva de combustible esperando una chispa.
Y ahí aparece otro de los grandes problemas silenciosos.
Aproximadamente el 60% de los bosques catalanes son de titularidad privada. Si esas fincas estuvieran correctamente gestionadas —desbrozadas, con retirada de sotobosque, árboles secos y franjas de protección— la continuidad del combustible disminuiría y muchos incendios serían más fáciles de contener. Pero eso no ocurre de forma generalizada.
Existe legislación. Existen obligaciones. Lo que apenas existen son mecanismos eficaces para garantizar que se cumplen. Décadas de abandono han creado un escenario extremadamente vulnerable donde el fuego encuentra kilómetros de vegetación continua sin apenas obstáculos.
Es cierto que Cataluña ha intensificado los trabajos preventivos en el último año. También otras comunidades han comenzado a reforzar sus planes forestales. Es una buena noticia. Pero llegamos tarde. Y esa es, probablemente, la mayor lección de este verano.
Nos hemos acostumbrado a medir el éxito por el número de hidroaviones desplegados, por los militares movilizados o por la rapidez con la que llegan los refuerzos europeos. Todo eso es imprescindible. Pero la verdadera batalla contra los incendios no empieza cuando despega el primer helicóptero.
Empieza meses antes.
Empieza cuando un bombero forestal reclama más medios para prevenir y nadie le presta demasiada atención. Empieza cuando un ingeniero forestal advierte de que un monte está saturado de combustible. Empieza cuando un propietario decide no limpiar una finca porque nadie se lo exige. Empieza cuando una administración aplaza inversiones porque el problema aún no ocupa titulares.
Los incendios no nacen en verano. Solo explotan en verano.
Y quizá la mejor forma de agradecer el trabajo de quienes hoy están jugando con el fuego para proteger nuestras casas no sea dedicarles otro aplauso cuando todo termine. Quizá la mejor manera de honrar su trabajo sea empezar a escucharles cuando llegue el invierno.