El director de Crónica Global, Ignasi Jorro, y una imagen de una plantación de marihuana
Lo que ha detallado la compañera Míriam Saint-Germain en las últimas horas es preocupante. Aunque la conversación pública ha estado copada por el caso Zapatero o la machacona huelga de maestros, lo que destaparon ayer los Mossos d'Esquadra, y cuenta hoy la subdirectora de Sociedad, es gravísimo: la marihuana ya no solo florece por doquier en Cataluña, sino que está entrando en el sistema económico.
Y lo hace, aseguró la policía catalana, por su puerta de entrada natural: las tiendas grow shop. Al parecer, y en al menos el caso de una red de narcos, los comercios para el autocultivo del estupefaciente no apoyaban ese nicho de mercado, sino que escondían una estructura para dotar de logística a las plantaciones ilegales.
De este modo, los funcionarios han constatado que no solo Cataluña es el invernadero de marihuana de Europa, sino que en algunos casos la operativa y beneficios de la droga están irrumpiendo en la economía reglada.
Los mandos de Mossos expresan preocupación, y no es para menos. Porque una cosa es combatir las plantaciones irregulares de cannabis y sus efectos —violencia, trata de blancas y esclavismo, proliferación de las armas en las calles o guerras entre bandas— y otra muy distinta bregar contra una infección que ya se encuentra en el sistema vascular.
El debate ya no es si uno puede fumarse un porro o no, sino si se están montando estructuras de aprovisionamiento de plantaciones camufladas como sociedades mercantiles. Acaso también para blanquear los beneficios de la venta de esta droga allende las fronteras del país.
Las consecuencias, a veces invisibles, son la sustitución de la economía productiva por la narcoeconomía, con el consiguiente impacto en la seguridad, la creación —por no decir destrucción— de riqueza y empleo.
El lance entierra el debate sobre la responsabilidad personal del uso de las drogas: el mercado de los estupefacientes ha orillado el debate moral y legal para aposentarse cómodamente en la economía que vemos diariamente. Un avance que dificulta sobremanera la labor policial y que genera preguntas sobre qué será economía legítima y qué ilegal en un futuro.
Esto no es un juego de niños. El malestar policial es justificado. Las redes de cultivo ilegal de marihuana en Cataluña para su exportación al resto de Europa han provocado un cambio devastador en el panorama delincuencial catalán. Las bandas se han armado, han perdido el respeto por la vida y se ha provocado un efecto centrípeto para algunas cuadrillas de otras latitudes con menos control policial que la española.
Ahora, si la droga entra en el sistema legal, los desafíos a los que nos enfrentamos como comunidad pueden ser titánicos. No se pueden prever, por lo que cabe vigilar este fenómeno. Según los Mossos, apenas está empezando. Estemos atentos.