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El director de Crónica Global, Ignasi Jorro, opina sobre la huelga de profesores en Cataluña

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Zona Franca

La Cataluña de los cortes de carretera

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La huelga de parte del profesorado catalán —minoritaria, a tenor de las cifras de participación— ha entrado en su primera semana de protestas organizadas por servicios territoriales. Hoy mismo, serán los docentes de la Cataluña central y Girona los llamados a abandonar las aulas y a desfilar en manifestación.

A tenor de lo que hemos visto hasta ahora, la movilización carece de fuerza masiva, pero es molesta. Sobre todo, para madres y padres de alumnos y para algunos conductores, que protestan por los cortes de tráfico que llevan a cabo los manifestantes.

Es un tipo de incidente que se generalizó durante el procés independentista: las llamadas huelgas de país o cierres cuasi patronales tuvieron escaso seguimiento en los grandes centros productivos de la región, pero dejaron un reguero de choques entre conductores e indepes en las carreteras cortadas por los llamados CDR.

Ahora, la huelga de profesores ha rescatado ese método de protesta. Una puesta en escena que es inteligente, puesto que no es necesario que la llamada a la acción tenga mucho seguimiento: basta con que un puñado de personas irrumpan en la calzada y corten el tráfico. Los efectos sobre la circulación son devastadores.

Y, a menudo, la fuerza pública limita su intervención por el efecto fotografía o vídeo en las redes sociales.

Otra vez, pues, hemos aterrizado en la Cataluña de la carretera cortada: aquella en la que un puñado de personas protestaba --algo absolutamente legítimo--, haciendo un uso abusivo de su derecho a manifestarse. Su libertad pisoteaba la ajena --el derecho a circular libremente--, lo que impactaba en sus razones. Más que manifestaciones, algunas escenas —como el corte de la autopista en La Jonquera por parte del brumoso Tsunami Democràtic— se asemejaron a auténticos secuestros de la movilidad.

La Cataluña del corte de carretera tiene otras consecuencias, además de la degradación de la movilidad: sobre la imagen de la autonomía, o sobre el intangible de la certidumbre. Nadie invertirá ni un euro en un destino donde se interrumpe el tráfico de forma salvaje durante horas y nadie hace nada. O días, en el caso del procés.

Y, de nuevo, las consecuencias de esas decisiones las pagamos todos, puesto que la huida de la inversión redunda en un impacto sobre la creación de riqueza y empleo.

Atina Alberto Fernández Díaz cuando critica la forma de la protesta. Y se equivoca de nuevo Ada Colau en defender esta plasmación de determinado descontento. Porque la Cataluña del corte es nociva para la economía, como advierten las organizaciones de transportistas --¿hay alguien más de clase trabajadora que un transportista?--, la imagen, la estabilidad y el buen tono de la ciudadanía.

Harían muy bien Ustec y el resto de sindicatos convocantes en medir las consecuencias de esas acciones. Porque la cierta simpatía que pueden tener algunas familias con sus reivindicaciones se puede evaporar al estar atrapadas en un atasco provocado por un blocage.

Si eso ocurriera, sería el segundo golpe a este ciclo de huelgas. El primero lo propinó, también, la propia Ustec, al centrarse en exigir una subida salarial en una Cataluña sin presupuestos, cuya ciudadanía está inmersa en la liquidación de la renta.

Si todo se sintetiza en más dinero en la nómina, ¿quién garantiza que los alumnos saldrán más beneficiados de estas protestas?

Si la huelga se torna obstrucción en las arterias viales, ¿quién asegura que los papás y mamás no terminen pidiendo mano dura contra los profes?