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Imagen de la publicación de Sílvia Orriols en su perfil de X

Imagen de la publicación de Sílvia Orriols en su perfil de X Crónica Global

Zona Franca

Cuando el bulo llega antes que los hechos

"Los investigadores descartaron que se tratara de un crimen machista. Tampoco había indicios de terrorismo. La víctima no era una menor. Y sobre la religión del agresor, simplemente no había datos. Es decir: el relato viral no se sostenía por ningún lado"

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Hay mentiras que no necesitan ser verdad para imponerse. Les basta con llegar primero.

Este fin de semana, en Esplugues de Llobregat (Barcelona), un hombre mató a una mujer de 41 años en plena vía pública. A partir de ahí, lo habitual: investigación en curso, prudencia policial y datos confirmados con cuentagotas. Lo que no fue habitual —aunque empieza a serlo demasiado— fue lo que ocurrió después.

Minutos más tarde, la líder de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, lanzó un mensaje en X que contenía prácticamente todos los elementos de una fake new eficaz: un islamista, una niña degollada, un feminicidio inventado y una izquierda supuestamente cómplice. Nada de eso estaba confirmado. De hecho, nada de eso era cierto.

Pero dio igual.

Porque el problema ya no es qué ocurrió, sino qué versión de los hechos se instala primero en la cabeza de la gente.

Los investigadores de los Mossos d'Esquadra descartaron desde el inicio que se tratara de un crimen machista. Tampoco había indicios de terrorismo. La víctima no era una menor --tenía 41 años--. Y sobre la religión del agresor, simplemente no había datos. Es decir: el relato viral no se sostenía por ningún lado.

Aun así, acumuló miles de interacciones. Y lo más relevante: siguió circulando incluso después de que los hechos reales ya fueran públicos.

Ahí está el punto clave.

Una cosa es equivocarse en caliente. Otra muy distinta es insistir cuando ya sabes que es mentira.

Porque no estamos ante un error, sino ante una estrategia. Una forma de construir relato a partir de la distorsión deliberada. Se lanza una versión emocionalmente potente —violenta, identitaria, polarizante— y luego da igual lo que digan los datos.

La rectificación nunca tiene el mismo alcance. Nunca llega igual de lejos. Nunca borra la primera impresión. Y esa primera impresión es la que se queda.

No es casualidad. Nuestro cerebro funciona así: retiene mejor lo que impacta, lo que confirma prejuicios, lo que encaja con un malestar previo. Por eso estos discursos calan. Porque no buscan informar, buscan activar: activar miedo, rabia, identidad...

Después, cuando la realidad llega —más lenta, más compleja, más incómoda— ya es tarde.

En este contexto, cuestionar al Govern puede formar parte del debate político. Pero aquí ya no estamos hablando de confiar o no en un ejecutivo. Estamos hablando de confiar en los investigadores. En el trabajo de un cuerpo policial independiente, de quienes están sobre el terreno.

Y hay precedentes.

Cuando Cataluña vivió el atentado terrorista del 17A, fue Josep Lluís Trapero, entonces 'Major' de los Mossos y ahora Director General de la Policía, quien dio la cara desde el primer momento. Sin ambigüedades. Sin esconder nada.

Pensar que hoy, ante un hipotético ataque terrorista, los Mossos d'Esquadra actuarían de forma distinta no es una sospecha razonable: es una narrativa interesada.

Mientras tanto, el daño ya está hecho.

Porque lo preocupante no es solo que existan estos mensajes. Es que funcionan. Que encuentran terreno fértil en una sociedad cada vez más cansada, más desconfiada, más predispuesta a creer aquello que le ofrece una explicación rápida a su incomodidad. Aunque sea falsa.

Y ahí está el verdadero riesgo: no en el bulo en sí, sino en la facilidad con la que sustituye a la realidad.

Porque cuando la mentira se instala en el subconsciente colectivo, ya no compite con los hechos. Los ignora.

Y entonces, da igual lo que haya pasado de verdad.