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Xavier Salvador y una fotografía de Jordi Pujol

Xavier Salvador y una fotografía de Jordi Pujol

Zona Franca

Junts entierra a Pujol

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Hay algo casi cruel en la escena: Jordi Pujol, citado por la Audiencia Nacional para desplazarse a Madrid a declarar, mientras su antiguo partido —o lo que queda bajo las siglas de Junts— mira hacia otro lado. No hay defensa cerrada, ni reflejo corporativo. Solo silencio. Y en política, el mutismo suele ser la forma más educada de dar por amortizado a alguien.

Ahí está el verdadero movimiento. No es que Pujol rompa con Junts. Es que Junts ya ha decidido que Pujol no forma parte de nada.

Durante décadas, Convergència fue una máquina eficaz. No solo ganaba elecciones: ordenaba el poder en Cataluña. Tenía jerarquía, disciplina y una idea bastante clara de quién mandaba. Cuando existían problemas (que haberlos, hubo), se cerraban filas. A la que saltaban escándalos, se gestionaban. Era un sistema —con muchas sombras, sí—, pero con lógica interna.

Y justo eso es lo que hoy ha desaparecido.

Junts mantiene siglas y cargos, pero no ese mecanismo. No ordena el poder, lo sigue. Y, sobre todo, no protege a los suyos si el coste es alto. Como explicaba Hannah Arendt, el poder no es tanto mandar como actuar juntos. Y eso —la unidad— es precisamente lo que hoy Junts ya no consigue.

Lo llamativo no es que ocurra, sino que Pujol y los suyos parezcan sorprendidos. Anda que si viviera Marta Ferrusola no tendría cosas que decirles a todos…

Porque el cambio va más allá de su caso. El modelo que el anciano expresidente construyó —partido fuerte, mando claro— ya no encaja. Hoy el poder funciona de otra manera.

Ahí entra Carles Puigdemont. Desde Waterloo, sin una estructura clásica y con un partido que es más plataforma que organización, ha conseguido influir sin controlar. Marcar la agenda sin gestionar el día a día. Estar y no estar, vamos.

Su duda constante sobre si volver o no a la política de trinchera no es debilidad, es método. Mantiene a todos pendientes —propios y ajenos— sin pagar del todo el precio de estar dentro.

Y eso, guste o no, de momento funciona.

El contraste es evidente. Pujol construyó un poder con estructura. Puigdemont lo sostiene con expectativa. Uno necesitaba partido. El otro se conforma con tener el foco encendido.

En medio quedan los exconvergentes: intentan parecer un partido sólido cuando lo robusto cotiza a la baja, y dependen de un liderazgo que no controlan. Ni son lo que eran —nacionalismo razonable de centroderecha— ni acaban de ser otra cosa.

Por eso la relación con Pujol se rompe sin ruido. No hay choque, porque ya no hay espacio. Defenderlo implicaría volver a una lógica antigua: cerrar filas, proteger al líder, asumir costes. Hoy ninguna de esas actuaciones clásicas está en el manual.

Se mire como se mire, no es una cuestión de lealtad. Es algo más frío: utilidad.

Junts no rompe con Pujol. Junts lo entierra.

Y en política, ese momento —cuando ya nadie actúa contigo— suele coincidir exactamente con el momento en que dejas de ser necesario.