Imagen de archivo de la mano de un recién nacido junto a una imagen de la subdirectora de sociedad de Crónica Global, Míriam de Saint-Germain
La maldad gratuita existe
"Lo desconocido nos incomoda y lo empaquetamos donde creemos que encaja mejor, aunque no sea cierto [...] Pero quizá la explicación sea otra. Mucho más sencilla. Y, precisamente por eso, mucho más difícil de aceptar"
Ha pasado ya más de una semana desde que conocimos el ingreso en prisión de los padres acusados de maltratar y violar a su bebé de apenas seis semanas. Siete días —o quizá alguno más— en los que, como sociedad, no hemos dejado de hacer lo mismo: buscar explicaciones.
Retorcer los hechos. Forzar hipótesis. Construir relatos que nos permitan entender lo que, en el fondo, no queremos aceptar.
Porque hay noticias que no estamos preparados para asimilar.
No es una cuestión de información, ni de contexto, ni siquiera de tiempo. Es algo más incómodo: hay realidades que nos superan como sociedad. Casos que rompen ese frágil equilibrio mental que nos permite creer que el mundo, con todos sus matices, sigue teniendo cierto orden lógico.
Y cuando ese orden se quiebra, reaccionamos igual: buscamos una causa que aparentemente nos tranquilice.
Una enfermedad. Un brote. Un trastorno. Algo —lo que sea— que nos permita pensar que aquello no es “normal”, que no forma parte de la condición humana, que no podría suceder en un entorno aparentemente corriente.
Pero esa necesidad de explicación, casi compulsiva, tiene un problema. A menudo es injusta. Y, en este caso, especialmente peligrosa.
Porque cada vez que atribuimos automáticamente hechos de esta gravedad a problemas de salud mental sin ningún respaldo, no solo estamos construyendo un relato sin base, sino que estamos cargando —una vez más— contra quienes sí padecen trastornos y no hacen daño a nadie.
Es una salida fácil. Demasiado fácil.
Lo desconocido nos incomoda, y lo empaquetamos donde creemos que encaja mejor, aunque no sea cierto. Y ese lugar, demasiadas veces, es la salud mental. Un cajón de sastre en el que volcamos todo aquello que no sabemos explicar.
Pero quizá la explicación sea otra. Mucho más sencilla. Y, precisamente por eso, mucho más difícil de aceptar.
La maldad existe.
No es una idea grandilocuente ni una licencia literaria. Es una realidad incómoda que, sin embargo, seguimos resistiéndonos a mirar de frente. Como si reconocerla implicara aceptar algo aún más inquietante: que no siempre hay un motivo complejo detrás, que no siempre hay un diagnóstico, una justificación o una historia que lo explique todo.
Hace un tiempo, el fiscal Félix Martín lo resumió en una frase tan simple como devastadora: la maldad gratuita existe.
Y casos como este, por duros que resulten, apuntan en esa dirección.
Porque mientras seguimos intentando encajar piezas que no terminan de cuadrar, hay un hecho que permanece. Un bebé de seis semanas con lesiones que, según los especialistas, no son ni accidentales ni de nacimiento. Un menor que, aunque probablemente no recuerde lo sucedido, cargará con sus consecuencias de por vida.
Y unos padres que, a día de hoy, están en prisión provisional en centros penitenciarios ordinarios, no en dispositivos de salud mental.
Eso no es una conclusión definitiva —la investigación sigue en marcha—, pero sí una realidad presente.
Tal vez ha llegado el momento de asumir que no todo puede explicarse sin incomodarnos. Que no todo necesita una coartada que nos tranquilice. Que hay conductas que no responden a un error, a un desajuste o a una enfermedad.
Sino, simplemente, a la maldad.
Y aceptar eso, aunque duela, es también una forma de dejar de engañarnos.