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Un montaje de Gonzalo Baratech con una imagen de Marc Puig de fondo

Un montaje de Gonzalo Baratech con una imagen de Marc Puig de fondo Crónica Global

Zona Franca

Puig se dispara en bolsa, los inversores se arruinan

“Cabe preguntarse si el estreno bursátil fue una iniciativa para impulsar el crecimiento, o más bien un cambalache urdido para proporcionar liquidez a raudales a la familia, a costa de los ahorradores”

 

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El grupo barcelonés Puig, de perfumes y moda, comunicó esta semana que negocia una “fusión” con el gigante estadounidense Estée Lauder. En realidad, se trata de una absorción en toda regla, pues el trasiego se articulará mediante una OPA sobre la firma catalana.

Si se consuma este lance de altos vuelos, los socios minoritarios van a experimentar un fuerte varapalo económico. Por el contrario, la familia Puig saldrá fortalecida y habrá propinado su segundo pelotazo en menos de dos años.

La empresa debutó en bolsa a comienzos de mayo de 2024 a 24,5 euros por título. En ese momento algunas voces advirtieron de que se había estrenado muy cara, debido a la avidez sin tasa de sus propietarios. De inmediato, el cambio empezó a deslizarse por una pendiente desenfrenada. Tocó fondo en octubre pasado con 13,2 euros, es decir, casi la mitad del valor se había convertido en humo.

Ahora se ha recuperado hasta los 17,1 euros que marcó el viernes, tras anunciarse las negociaciones con los norteamericanos. Aun así, yace en el pozo, un tercio por debajo de la colocación. Y no parece que vaya a subir mucho más, porque Estée Lauder difícilmente apoquinará los 24,5 euros que en su día pagaron los ahorradores, los fondos inversores y los propios empleados de Puig.

Es ocioso recordar que el lanzamiento realizado un par de años antes ya supuso un petardazo mayúsculo para los dueños. Vendieron el 25% del capital e ingresaron en sus faltriqueras particulares 1.250 millones. Una cuarta parte de ese dineral la acopió Manuel Puig Rocha, gracias a su condición de primer cofrade de la corporación, que preside su primo Marc Puig Guasch.

Asimismo, los títulos que se enajenaron a los privados gozan de unas prerrogativas ínfimas en comparación con las que posee la dinastía, de tal suerte que esta sigue dominando, en última instancia, un aplastante 93% de los derechos de voto de la junta general.

Por su parte, Estée Lauder es un conglomerado cuya envergadura triplica la de Puig. Pero desde hace tiempo atraviesa una fase depresiva. El pasado ejercicio registró pérdidas de bulto. Su capitalización ha experimentado durante el postrer lustro un devastador desplome del 77%.

La integración de marras hará que Puig abandone su españolidad y pase a ser un mero apéndice de la multinacional. El centro de decisión cruzará el charco y se instalará en Nueva York, donde radica el cuartel general de Estée Lauder.

Un año atrás dediqué en estas columnas un comentario al penoso desempeño de Puig durante su primer ejercicio en el parquet, que no me resisto a reproducir: “Reza un refrán celtibérico que ‘por el olor se conoce la flor’. Si hacemos caso del aserto, el aroma bursátil que despide Puig no es precisamente a rosas, sándalo, jazmín o azahar, sino que atufa de forma apestosa”.

Hoy, a la vista del panorama que se avecina, parece bastante claro que el hedor sigue siendo apestoso y, además, desprende insoportables remembranzas a una tomadura de pelo descomunal.

En resumen, la estirpe Puig va a soltar su segundo golpe de fortuna, mientras se consolida el empobrecimiento del resto de los accionistas.

Aparte del quebranto sufrido por estos, cunde la sensación de que todo el proceso se ha diseñado con astucia para beneficiar a los de siempre.

Primero se fija un precio de arranque inflado hasta las nubes. Una vez se han recaudado los fondos gracias a la habitual campaña de propaganda, se abre la puerta a una maniobra financiera que deja a los suscriptores atrapados en una posición claramente lesiva. El guion no tiene nada de nuevo, pero precisamente por eso resulta escandaloso.

A estas alturas de la película, cabe preguntarse si el ascenso a la cotización fue una iniciativa para impulsar el crecimiento, como Puig propaló en su día, o más bien un cambalache urdido para proporcionar liquidez a raudales al linaje, a costa de los inermes inversores de a pie. Porque los títulos de estos se deprecian y quedan a merced de una negociación en la que no pintan nada, mientras que la saga ya ha hecho caja y prepara sucesivas jugadas oportunistas.

La secuela es un reparto profundamente desigual. Los Puig acaparan unas plusvalías multimillonarias y endosan las pérdidas a los incautos que creyeron en la bondad de su gestión.

La conclusión es evidente. Más vale que los ciudadanos se tienten la ropa antes de confiar su peculio a según qué compañías, pues corren el riesgo cierto de perder hasta la camisa.