Gerard Mateo, ante un saludo entre Salvador Illa y Jéssica Albiach
Los ardides de Illa
"El 'president' ha demostrado una habilidad poco común: conseguir los apoyos sin verse obligado a entregar todavía todos los resultados"
Illa ha perfeccionado una forma de gobernar basada en aplazar el cumplimiento de los acuerdos sin que eso le haga perder los apoyos parlamentarios.
Llegados al ecuador de la legislatura conviene distinguir entre lo anunciado y lo ejecutado.
De lo primero ha habido mucho. De lo segundo, bastante menos. Siempre con la promesa de que lo importante llegará después, con las vistas puestas en otra legislatura.
Illa obtuvo el mejor resultado de los socialistas en Cataluña en toda la historia, pero, como es sabido, no le valieron para gobernar. Necesitaba apoyos.
ERC le pidió en esencia la financiación singular, el impulso del catalán y nuevos avances en el autogobierno a cambio de sus votos. Hubo apretón de manos.
Los Comuns reclamaron influencia en las políticas públicas, especialmente en vivienda. Illa les dio ese compromiso. Y también los ató a la legislatura.
Dos años después, buena parte de aquellos compromisos siguen pendientes.
Y llegó el momento de negociar los presupuestos, para los que los socios pidieron lo mismo, porque apenas se habían producido avances.
La financiación singular continúa atrapada entre despachos y negociaciones que exceden al Govern.
El impulso del catalán acabó cristalizando en un Departamento de Política Lingüística con más simbolismo que presupuesto.
Y la gran ofensiva contra la especulación inmobiliaria acaba de estrellarse contra el dictamen del Consell de Garanties Estatutàries.
Mientras sus socios elevan el tono, el president rebaja los plazos. Mientras unos hablan de incumplimientos, él habla de procesos. Cuando le piden concreción, él ofrece horizonte.
Nunca rompe el acuerdo. Tampoco termina de cumplirlo. Lo administra. Por eso resulta inevitable mirar a Junts.
Es la segunda fuerza en Cataluña, pero no tiene influencia en el Parlament. Sin embargo, con sus siete escaños en Madrid ha logrado más que buenas intenciones.
Tiene la amnistía. También ha conseguido situar en la agenda cuestiones como la inmigración o el debate sobre la financiación, aunque muchas de ellas sigan abiertas.
Los partidos que hicieron presidente a Illa siguen esperando parte de lo pactado. El partido que votó en contra puede exhibir un balance político de mayor envergadura.
Cierto: sus acuerdos no dependen de la Generalitat. Pero los ha logrado y sigue en ello. Esa es la paradoja. Porque la política consiste en intercambiar apoyos por resultados.
Y Salvador Illa ha demostrado una habilidad poco común: conseguir los primeros sin verse obligado a entregar todavía todos los resultados.
Ese es, probablemente, el mayor de sus ardides.