Una obra de teatro
Catalán, tienes un problema
"El mayor problema del catalán no es el castellano: son aquellos que, con su sectarismo, lo presentan como una imposición que asfixia"
A diario desayunamos con titulares alarmistas sobre la salud del catalán. Nos bombardean con campañas de salvación, con la supuesta desaparición de la lengua.
Plataforma per la Llengua y la ANC se han erigido en los generales de un belicismo lingüístico que solo busca señalar al “opresor”. No es ninguna sorpresa.
Pero la realidad es mucho más terca y, a veces, bastante más triste.
Esta historia me la transmite un padre y sucede en la Cataluña interior. Un municipio de menos de 5.000 habitantes, de esos donde parece que nada escapa al control del pensamiento único. Ocurrió, para más inri, en un centro educativo, el lugar donde se supone que se forma en libertad.
El colegio, o instituto, organizó una actividad distinta para abordar la violencia en las relaciones de pareja: una obra de teatro. Un asunto delicado y sensible.
La obra fue un éxito. Los alumnos conectaron, se emocionaron y participaron en el debate posterior. El objetivo estaba cumplido. Pero apareció la sombra del comisario político. Un profesor levantó la voz no para hablar de igualdad o de violencia, sino para protestar. ¿Su queja? Que la obra no era íntegramente en catalán.
Hay que mencionar que la compañía era catalana y el guion, mayoritariamente en catalán, “al 90% o más”.
Sin embargo, como ocurre en la vida real, se entonaba alguna canción en castellano o se hacía alguna referencia cinematográfica en esa lengua. Nada que deba justificarse en una sociedad bilingüe, pero ya sabemos en qué punto estamos.
A pesar de todo, el profesor parecía disconforme. Decía que él lo hubiera hecho de otra manera, comentaba que si no hay suficientes referencias en “la lengua propia”. Y toda esa retahíla ya conocida.
Es evidente que no entendió nada. O, peor aún, no quiso entenderlo. Es la intransigencia del fanatismo. Por fortuna, se quedó solo en su protesta, pero debe hacernos reflexionar acerca de la responsabilidad, educativa en este caso, que damos a ciertas personas.
Es evidente que el catalán necesita impulso. Nadie con sentido común niega que la lengua necesita ser respetada y protegida en el ámbito público.
Es un derecho básico que, en Cataluña, un ciudadano pueda dirigirse a su médico o al funcionario de turno en catalán y que se le entienda. Esa es la normalidad democrática: que la Administración sea un espejo de la sociedad a la que sirve y no un muro de incomprensión.
Se están haciendo algunas, insuficientes, acciones encaminadas a ese objetivo, de normalizar la convivencia del catalán y del castellano, con la premisa de que promocionar no es prohibir.
Pero no todos lo entienden. Los que se exceden, como el mencionado profesor, le hacen un flaco favor a la lengua. Porque, entonces, se genera rechazo.
El catalán necesita actividades que ayuden a amarlo, como una obra de teatro, no policías lingüísticos que espanten a los propios hablantes.
Porque, al final, el mayor problema del catalán no es el castellano: son aquellos que, con su sectarismo, lo presentan como una imposición que asfixia.