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Miriam Saint-Germain con el 'photocall' de los Premios Goya de fondo con varias autoridades, entre ellos el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el 'president' de la Generalitat, Salvador Illa

Miriam Saint-Germain con el 'photocall' de los Premios Goya de fondo con varias autoridades, entre ellos el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el 'president' de la Generalitat, Salvador Illa Crónica Global

Zona Franca

Los Goya, también en catalán

"La gala arrancó en catalán y en gallego. No como gesto anecdótico, sino como declaración de intenciones"

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Durante semanas, una parte del ruido habitual en redes sociales ha intentado convertir la celebración de los Premios Goya en Barcelona en poco menos que una invasión cultural.

El argumento, más emocional que racional, venía a decir que el “colonialismo español” aterrizaba en Cataluña para imponer sus símbolos y tradiciones.

Pero lo ocurrido en Barcelona este sábado ha sido, precisamente, lo contrario: un bofetón de realidad.

La gala arrancó en catalán y en gallego. No como gesto anecdótico, sino como declaración de intenciones. Sobre el escenario, una presentadora catalana, Rigoberta Bandini, junto al actor gallego Luis Tosar, dando paso a una ceremonia donde las lenguas convivieron con naturalidad, sin jerarquías ni complejos.

Pero previamente al inicio de la ceremonia, bastaba con mirar el photocall para entenderlo: “Premis Goya” conviviendo con “Premios Goya”. 

Y, por si quedaban dudas, ahí estaba Bad Gyal. Catalana, global e incontestable. Subida al escenario, desplegando talento y haciéndolo en catalán y con rumba catalana. No como gesto político, sino como lo que es: una lengua viva, una herramienta artística y una carta de presentación al mundo.

Porque de eso va todo esto. De cultura.

Y, sin embargo, se ha intentado machacar, desprestigiar y malmeter. Desde la trinchera digital —y también fuera de ella—, con críticas previsibles y hasta con actos tan estériles como vandalizar estatuas de los Goya con esteladas. La cultura convertida, otra vez, en un campo de batalla simbólico.

Quizá el problema no es lo que ha pasado en los Goya. Quizá el problema es la desconfianza de algunos hacia aquello que dicen querer proteger.

Porque hay quien parece creer que la cultura catalana es frágil, que necesita ser aislada para sobrevivir, que cualquier interacción la diluye o la amenaza. Y desde ese miedo construyen relatos de invasión que no se sostienen.

Frente a eso, hay otra mirada —más simple, pero también más sólida—: la de quienes confían en la fuerza de la lengua y de la cultura catalana. La de quienes saben que no necesita protección paternalista, sino espacios. Escenarios. Proyección.

Y eso es exactamente lo que han sido estos Goya.

Un escaparate. Un altavoz. Y un punto de encuentro donde el cine ha demostrado que no entiende de fronteras rígidas ni de relatos excluyentes.

Porque el cine, como la cultura, no es una trinchera. No es patrimonio de unos ni de otros. Es industria, es arte y es identidad compartida. Lo consumen independentistas y no independentistas, catalanohablantes y castellanohablantes, sin pedir permiso a ningún marco ideológico. Lo consumen, incluso, los que se llenan la boca de mensajes contrarios a la celebración de este evento en Cataluña.

De hecho, los datos también desmontan este discurso: cerca de 70 nominaciones estaban directamente vinculadas a producciones, profesionales o talento catalán. Difícil sostener, con eso sobre la mesa, que Cataluña haya sido invisibilizada o relegada. Incluso "colonizada". 

Barcelona no ha sido invadida por "cultura ajena". Barcelona, Cataluña y el catalán han sido protagonistas. Y oye, nos lo merecemos.