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Xavier Salvador opina sobre la crisis de Rodalies

Xavier Salvador opina sobre la crisis de Rodalies

Zona Franca

La hora incómoda del PSC

"Seis años sin mejoras apreciables en Rodalies no son una mala racha. Son un balance, y además malo"

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La principal crisis política del Govern de Salvador Illa desde su llegada a la presidencia no tiene que ver ni con la identidad ni con la financiación. Tiene que ver con algo mucho más prosaico y elemental: los trenes. No porque el president sea el causante directo del desastre ferroviario, sino porque prometió exactamente lo contrario de lo que hoy experimentan cientos de miles de ciudadanos.

Illa llegó al Palau con un relato nítido y deliberadamente antipático para la épica: fin del ruido, inicio de la gestión.

Hasta ahora había conseguido sostener ese marco, sobreviviendo a la amnistía, a la ausencia de presupuestos y a una aritmética parlamentaria frágil. Pero el colapso de Rodalies ha tocado el nervio que el PSC decía dominar: la vida cotidiana, sin excusas ni símbolos.

Sería deshonesto atribuir el caos actual al Govern socialista. Las infraestructuras ferroviarias llevan años degradándose.

Los gobiernos independentistas prefirieron la identidad a lo básico, y los ejecutivos del PP desde Madrid jamás mostraron interés real por modernizar la red. El deterioro viene de lejos. Lo que ya no es tan fácil sostener es que el PSC llegue a este problema sin carga política acumulada.

De entrada, porque no es un actor periférico del poder del Estado. Gobierna en Cataluña, tiene influencia directa en la Moncloa y ha mantenido durante seis años el control de Renfe en manos de dirigentes socialistas catalanes.

Seis años sin mejoras apreciables en Rodalies no son una mala racha. Son un balance, y además malo.

Isaías Taboas y Raúl Blanco, socialistas catalanes que han presidido la ferroviaria pública, no explican por sí solos el desastre, pero lo simbolizan. Representan algo incómodo para el socialismo: la dificultad —cuando no la renuncia— a reformar sus propias estructuras cuando estas fallan.

Si Renfe, como Correos, es una empresa pública imposible de enderezar, el problema deja de ser técnico y pasa a ser político. Gobernar no puede consistir en administrar inercias, invocar herencias y confiar en que el calendario haga el trabajo sucio.

A los buenistas de la socialdemocracia del puño y la rosa convendría recordarles que el poder no se ejerce con coartadas, sino con decisiones. Y que cuando se gobierna durante años, el argumento de la culpa ajena empieza a sonar hueco.

Illa no dirige Adif ni firma cada inversión, pero tras tantos años de socialismo en el Gobierno central cuesta justificar el fetichismo normativo, los retrasos crónicos —La Sagrera como monumento involuntario— y una resignación burocrática que se ha convertido en doctrina.

Desde Pasqual Maragall, el socialismo catalán no ha sabido, no ha querido o no se ha atrevido a imponer una dirección política clara frente a una maquinaria técnica que siempre encuentra razones para bloquear. Juan Rosell, el empresario catalán que presidió la CEOE, lo bautizó como una dictadura de los tecnócratas.

El gesto de Illa activando al Govern en plena crisis, incluso desde una habitación de hospital y en horas bajas en lo personal, tiene valor político. Pero llega tarde.

En Cataluña, durante demasiado tiempo, ha bastado con señalar a Madrid para esquivar el desgaste. El PSC prometió algo distinto: asumir el mando. Y asumir el mando implica anticipar, no limitarse a reaccionar cuando el problema ya está en los andenes.

El independentismo, como era de esperar, ha encontrado en el caos ferroviario una excusa perfecta para agitar la calle. Puede incomodar al PSC, pero el recorrido no parece importante. Puigdemont no es un riesgo, ni tampoco la ANC. Es la desafección callada de los votantes que cogen el tren cada mañana y comprueban que la gestión también falla, que la normalidad prometida no siempre llega.

El colapso de Rodalies amenaza con engullir el resto de la agenda política --financiación, inmigración, estabilidad institucional-- y, sobre todo, pone en jaque el principal granero electoral socialista: trabajadores metropolitanos y ciudadanos de la Cataluña vaciada que dependen del transporte público para vivir.

Si el PSC no es capaz de ofrecerles algo más que explicaciones, el agujero negro no lo provocará la oposición.

Será la distancia, cada vez más difícil de disimular, entre las promesas y la realidad.