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Así no hay quien gobierne

Ramón de España
8 min

Ay, Pedro, si es que no te dejan gobernar. Entre ese vicepresidente tan pinturero que te has marcado (creí intuir un homenaje a Kraftwerk, en la época de su álbum The man machine, en sus recientes apariciones públicas con camisa roja y corbata negra; aunque los pendientes y el moño deslucían un tanto el conjunto, aprecio el tributo al recientemente fallecido Florian Schneider, gloria del tecno pop alemán) y esa señora del PP que hace como que preside la comunidad de Madrid (no es que la pobre Isabel Díaz Ayuso sea una piedra en el zapato, sino que es, directamente, un zapato) no hay quien gobierne tranquilo.

Y mira que tú te esfuerzas, aunque sea recurriendo a numeritos a tu mayor gloria como esa rueda de prensa en la que apareciste, ufano, a decirnos lo felices que vamos a ser con ese aguinaldo de 140.000 millones de euros que nos va a caer de la Unión Europea. Te adelantaste a Donald Trump afirmando que el coronavirus es a blessing in disguise (una bendición disfrazada). La de cosas que tienes en la cabeza para invertir ese pastón: la revolución tecnológica, la revolución verde y no sé cuantas revoluciones más. Oyéndote, daba la impresión de que, si no llega a ser por los monises de la señora Merkel, aquí acabaríamos todos comiendo altramuces. Nadie sabe en qué pensabas invertir los presupuestos generales del estado --entre otras cosas, porque no se aprueban ni a tiros--, pero parece que con los 140.000 millones de ahora vamos a vivir todos como tu vicepresidente, el bolchevique fan de Kraftwerk, y su señora, la socialite de Vanity Fair (She´s a model and she´s looking good, cantaba el bueno de Florian). Hasta prometiste crear 800.000 puestos de trabajo. ¿Son los mismos que prometió Felipe González en 1982 o es que 800.000 es el número al que recurre el PSOE by default? Bueno, da igual, lo importante es que todos nos quedamos con la copla de que no hay mal que por bien no venga y que a cambio de los muertos y enfermos que está poniendo España nos va a caer un dineral que nos convertirá en la perla del Mediterráneo. Ya sé que los resentidos de siempre tiemblan pensando en qué te vas a gastar ese dinero, pero para dar explicaciones, ahí tienes a Salvador Illa, el socialista catalán más divertido desde Raimon Obiols y lo más parecido que ha dado la raza humana a la pared de un frontón: ¡todo le rebota al bienaventurado!

Eso sí, tenías mucha razón cuando dijiste aquello de que con Pablo Iglesias cerca no se podía dormir tranquilo. Como pudiste comprobar el día de la rueda de prensa de los 140.000 kilos, ese sujeto no solo te impide hacer la siesta en paz, sino que se las apaña --aunque sea por la figura interpuesta de un juez empeñado en buscarle la ruina-- para amargarte tus jornadas de gloria. Tú ahí, prometiéndonos el oro y el moro, y, mientras tanto, el juez de marras empapelando a Pabloide por un quítame allá esa tarjeta de móvil. La verdad es que el asunto huele a chamusquina que atufa: ¿se puede saber para qué se quedó la tarjetita en vez de devolvérsela a su legítima propietaria? Ya no entro en quién le sopló el móvil a Dina: doy por sentado que fue el inefable Villarejo, mezcla de Ernst Blofeld, líder de Espectra, y el diabólico doctor Fumanchú, que un día de estos aparecerá en una foto del asesinato de Kennedy, en un rincón, jovencísimo, pero con gorrilla y una carpeta tapándole la cara (idea para Santiago Sierra: una serie de fotos de grandes infamias de la historia en las que incrustar digitalmente a Villarejo cual Zelig malévolo, ¡seguro que se las compra Tatxo Benet!).

Yo ya sé que si Albert Rivera, en su momento, se hubiese conformado con la vicepresidencia de tu gobierno, todos --y tú el primero-- nos habríamos librado de los marqueses de Galapagar y de los separatistas, que también son de un cansino y de un cutre que tira de espaldas. Y también me consta que, si te bastara con los diputados de Arrimadas para seguir cortando el bacalao, a Iglesias y a Rufi les iban a dar mucho por saco. Pero hay que arar con los bueyes que se tienen, Pedro, aunque sean turbios y pelmazos.

Lo de Isabel Díaz Ayuso ya no depende de ti, pero también contribuye al otoño de tu descontento y no te la van a quitar de en medio porque, en el PP, donde esté una buena paseadora de perros, que se quite una licenciada en Oxford. Deberás concentrarte, pues, en ese pedazo de vicepresidente que te amarga las comparecencias públicas y no te deja dormir tranquilo. Él cree que se va a salir de rositas del caso Dina, y hasta tiene tiempo para felicitarle el cumpleaños vía Twitter al Ché Guevara, aunque el comandante lleve décadas criando malvas, pero eso está por ver, como están por ver las consecuencias del desaguisado para el gobierno de tu digna dirección. Casado te exige que lo ceses y la verdad es que tú lo harías encantado si dispusieras de un sustituto: tu solidaridad, y la de tus ministros, es de boquilla y todos nos hemos dado cuenta.

No te vuelvo a salir con la urgente necesidad de un pacto de estado porque tal como las gastáis los del PSOE y los del PP es imposible. Y, además, ¿para qué pensar en algo tan anti español como la concordia en aras del interés general cuando están a punto de caernos 140.000 millones de euros que nos van a sacar a todos de pobres? Por no hablar de esos 800.000 afortunados que se van a incorporar al mercado laboral gracias a esa bendición disfrazada que es el coronavirus y que espero que no sean los mismos de los que hablaba Felipe González, ya que el anhelado curro les pillaría un poco mayores.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.