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Ramón de España opina sobre la política internacional de Pedro Sánchez

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Manicomio global

Las tribulaciones de un chino en China

"Pedro Sánchez ha tratado con un respeto temeroso al tiranuelo chino y ni siquiera ha dicho nada en sus discursos del escaso respeto a los derechos humanos que rige en el país asiático, que es lo mínimo que suele hacer un mandatario teóricamente progresista"

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Pedro Sánchez triunfa mucho en el extranjero. Mis amigos de Nueva York lo consideran un paladín de la democracia capaz de plantarle cara a su espantoso presidente: ventajas de la bendita ignorancia, que permite no escarbar más hondo para toparse con todas las trapisondas infames de nuestro hombre y sus más inmediatos secuaces (incluyendo a la parienta y al hermano).

Si no lo conoces, Sánchez puede parecer un político valiente y progresista. Solo los que lo sufrimos a diario sabemos de qué va el sujeto (de sí mismo, concretamente) y de cómo piensa únicamente en su augusta persona.

Tal vez por eso, consciente de que en España lo detesta medio país (y parte del otro medio), el hombre se está concentrando en la cosa internacional, aunque un dictador chino le diga que ambos están en el lado correcto de la historia, cuando ninguno de los dos lo está (caso de que la historia tenga lados, lo que está por ver).

Plenamente consciente de que, para Occidente, China es el Gran Satán, Sánchez se ha plantado en Pekín para hacerle la pelota a Xi Jin Ping (y la puñeta, respectivamente, a Donald Trump). Con una actitud muy similar a la que se reserva para el Hombre Naranja el pusilánime de Mark Rutte, Sánchez ha tratado con un respeto temeroso al tiranuelo chino y ni siquiera ha dicho nada en sus discursos del escaso respeto a los derechos humanos que rige en China, y que es lo mínimo que suele hacer un mandatario teóricamente progresista cuando está al lado de un tipo como Xi Jin Ping.

¿Nos querrá convertir en un satélite chino, en un protectorado, como anhelaba aquel iluminado del prusés que proponía ceder a China el puerto de Barcelona a cambio de su apoyo para la independencia? ¿Aspira a que China sea el país de su exilio cuando salgan a la luz todas sus componendas, las de sus secretarios generales y hasta las de su gurú, Rodríguez Zapatero (que, desde que abandonó el Gobierno, se ha enriquecido de manera asaz sospechosa?).

Nada más volver de la China milenaria, Sánchez ha montado un cónclave progresista en Barcelona con mandatarios latinoamericanos de relumbrón izquierdista como Lula Da Silva, Gustavo Petro y la siempre contrariada Claudia Sheinbaum, que a ver si nos pega otra regañina por lo mal que nos portamos los españoles con los indios hace cinco siglos (que siempre es más cómodo que combatir el daño que le hacen actualmente el narco y los políticos corruptos). Ahí se sentirá seguro porque, como mis amigos de Nueva York, nadie le conoce a fondo, por lo que podrá hacer el pogresista a conciencia sin que salga nadie a ponerlo verde.

Como dijo el Emérito (con todo su papo), nadie es profeta en su tierra. Motivo por el que Sánchez debe sentirse un incomprendido en España, mientras el resto del mundo lo admira y lo aplaude.

El hombre ha iniciado su fase de estadista internacional y no hay quien lo pare. Mientras tanto, su país va tirando gracias a esos ministros que utiliza para ladrar a todo aquel que molesta (jueces, periodistas y demás ralea). Y así pretende aguantar el hombre hasta el año que viene, que es cuando tocan elecciones.

Unas elecciones, por cierto, que es capaz de ganar gracias a lo estimulante que resulta la oposición. Y si no las gana, no pasa nada, siempre puede exiliarse a China o a Brasil o a México o a Colombia. O pillar un cargo de ámbito europeo.

Lo que no entiendo es la regularización masiva de inmigrantes. Dicen que es para comprar votos, pero los regularizados no podrán votar todavía en 2027, así que, ¿para qué le sirven? ¿O es que lo suyo es una muestra de caridad cristiana y bondad de la buena? Llámenme mezquino, pero lo dudo.