Queremos brujas catalanas

Ramón de España
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Superado (más o menos) el escándalo de los veintiún afortunados que cobraban (y seguirán cobrando) del Parlamento catalán sin dar un palo al agua, tan noble institución se centra en lo que realmente preocupa a los ciudadanos de Cataluña, ya que lo del chollo de los prejubilators era, como todo el mundo sabe, un asuntillo sin importancia que solo ha inquietado a los resentidos anticatalanes de costumbre: la reparación moral de las brujas catalanas, asesinadas a granel durante el siglo XVII por todo el territorio y con especial saña en Viladrau, donde ahorcaron a catorce entre 1618 y 1622 (en el momento de mayor esplendor de la caza de brujas del XVII se llegó a ejecutar a 400 mujeres acusadas de tener trato con Satán).

Un acuerdo entre los partidos independentistas y los comunes va a traer al parlamentillo el tema de las brujas de antaño, un tema candente donde los haya y que nos tiene a todos en un sinvivir desde hace tiempo. Se trata, según nos cuentan, de denunciar la misoginia de tiempos pasados y de reivindicar a unas (prácticamente) pioneras del feminismo a las que habría que dedicar calles y plazas y reivindicar como las mujeres librepensadoras que fueron, sin olvidarnos de incluir sus hazañas en los programas educativos.

Una vez más, en Cataluña descubrimos la sopa de ajo: que con la excusa de la brujería se aprovechó en el pasado para deshacerse de gente que molestaba. La cosa se extendió a España y a Europa e incluyó a miembros del sexo masculino entre las víctimas (que se lo pregunten a Galileo), pero ahora y aquí nos vamos a limitar a reivindicar únicamente a las brujas, y con perspectiva de género, como no podía ser de otra manera. Así se alcanzan varios objetivos al mismo tiempo:

1) Se le da una nueva vuelta de tuerca al tema de la memoria histórica, que nunca viene mal para disimular las fechorías del presente.

2) Se adopta una actitud supuestamente feminista. Actitud que, como acabamos de ver, también sirve para deshacerse del mayor Trapero y del intendente Rodríguez con la excusa de que urge feminizar el cuerpo de Mossos d'Esquadra.

3) Se persevera en el regreso al pasado, que hasta ahora empezaba en el año mágico de 1714. Puede que parezca un paso pequeño retroceder del siglo XVIII al XVII, pero por algo se empieza y algo se les ocurrirá a nuestras fuerzas políticas cuando descubran que las brujas ya no dan mucho más de sí.

4) Se crean unos cuantos puestos de trabajo, pues alguien se va a tener que encargar de cazar brujas, en el buen sentido del término. Creo que Bel Olid o Magda Oranich (puede que ésta se ajuste más al perfil requerido) podrían situarse tranquilamente al frente de la Comisión Reivindicadora de la Brujería Catalana. O, aunque sea un hombre, Rafael Ribó lo haría divinamente: hay que echarle algo ahora que ya no ejerce de defensor del gobiernillo, cargo en el que ha demostrado sobradamente su habilidad para la caza de brujas constitucionalistas (está dedicando sus últimos días como Síndic de Greuges a promocionar el espionaje idiomático en los colegios que tanto les gusta a sus amigos de la Plataforma per la Llengua).

Menos encargarse de los retos del presente de una manera razonable, podemos esperar cualquier cosa del gobierno y el parlamento regionales. En ese sentido, la recuperación de las brujas catalanas --¿y si no las mataron por brujas, sino por catalanas?: ahí va un tema para Santiago Espot o Ramón Cotarelo-- se ajusta perfectamente al revival permanente en el que viven los lazis, que ya tardan en investigar si hubo un funesto complot machista tras la extinción de las dinosaurias de Viladrau.

Y es que estamos en manos de románticos incurables que hacen suyas las palabras con que Scott Fitzgerald concluyó su célebre novela El gran Gatsby: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

(Nota: para entrar en ambiente, este artículo se ha escrito escuchando en bucle el viejo hit de Donovan Season of the witch).

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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