Netflix nos odia: ¡Démonos de baja!

Ramón de España
7 min

El secretario de política lingüística de la Generalitat, Francesc Xavier Vila (Esplugues de Llobregat, 1966), acaba de identificar a un nuevo enemigo de Cataluña y nos pide que actuemos en consecuencia. Se trata de Netflix, la popular plataforma de streaming que, según Pedro Sánchez, no iba a tener ningún inconveniente en emitir el 6% de su catálogo en catalán (luego resultó que una normativa europea impedía esa clase de imposiciones, pero el hombre ya se había llevado al huerto a Rufián, que era de lo que iba la añagaza). Ante la (posible) resistencia de esa compañía a la medida anunciada, el señor Vila pide un gesto de firmeza a los buenos catalanes y los exhorta a dar de baja su suscripción a Netflix si no accede a lo del famoso 6% (mientras no llega el pa sencer, bienvenidas sean esas molles).

Algo me dice que tan brillante idea (de bombero) no va a tener mucho éxito. Puede que la pongan en práctica el mosso Donaire y el gastrónomo que se apuntaba a apedrear la casa del niño de Canet de Mar cuyos padres habían solicitado más horas de castellano en la escuela (si es que están suscritos), pero me temo que a la mayoría de abonados a Netflix, el consejo del señor Vila nos va a entrar por una oreja y nos va a salir por la otra. Y a algunos, incluso, nos puede dar por establecer comparaciones entre Netflix y el gobierno regional. A mí mismo, sin ir más lejos.

Para empezar, es evidente que Netflix nos da más por nuestro dinero que el gobiernillo. Solo el sueldo del señor Vila nos resulta mucho más gravoso a los catalanes que la suscripción a la plataforma, que no llega a diez euros mensuales (por no hablar de los emolumentos de los peces gordos, los más elevados del sistema autonómico y superiores a los del gobierno nacional: en Cataluña, le pagamos a un presidente de broma el doble que al de verdad). Para continuar, de Netflix te puedes dar de baja cuando quieras, mientras que de la administración lazi no hay manera y debes conformarte con la (vana) esperanza de perderlos a todos de vista en las próximas elecciones. En cuanto al asunto meramente audiovisual, TV3 nos cuesta a los catalanes mucho más dinero, vía impuestos, que tres o cuatro plataformas de streaming juntas, y a cambio no recibimos más que agitación, propaganda, desplantes, grosería y aburrimiento: puestos a proponer, no voy a ser menos que el señor Vila y sugiero la creación de una casilla impositiva como la de la Iglesia católica en la que puedas hacer constar que no quieres destinar ni un euro a TV3 (o a la Plataforma per la Llengua, o al Institut Nova Història, o a cualquier arma de emponzoñamiento social que el gobiernillo juzgue oportuno untar con nuestro dinero).

No sé si el señor Vila habrá caído en ello, pero el éxito de las plataformas de pago se debe a que la televisión gratuita, en general, y la catalana (supuestamente pública), en particular, ponen en fuga al espectador, que, ante la manipulación política de los noticiarios, el cutrerío general de las diversas programaciones y la usualmente defectuosa oferta del audiovisual
gratuito, pasa de los diferentes telediarios, de los Sálvame y los FAQS y de la publicidad que no le deja ver una película con tranquilidad (tras doblarla de cualquier manera), opta por aforar unos eurillos y se refugia en unos sitios en los que no se le manipula, no se le entontece tanto si sabe elegir bien, no se le machaca con anuncios y se le ofrecen subtítulos (que sí, también podrían estar en catalán, ¿por qué no?) por si le gusta ver las cosas en versión original.

Las nuevas plataformas de pago solo son una consecuencia tristemente lógica de los canales (teóricamente) gratuitos. En el caso concreto de TV3 son, además, una alternativa muy razonable a una programación que pasa olímpicamente de la mitad de la población, si es que no aprovecha también para ofenderla. En tales circunstancias, que ahora nos salga un funcionario patriótico al que le pagamos el sueldo diciendo que deberíamos darnos de baja de Netflix por lo mal que se porta con los catalanes no solo suena a sarcasmo, sino que incurre directamente en el recochineo. ¿No tiene bastante con que nos veamos obligados a financiar una televisión que no vemos prácticamente nunca? ¿No sería mejor que nos diera las gracias por la obligada limosna y nos dejara ver lo que nos saliera de las narices? Ya que no podemos evitar que el gobiernillo tire nuestro dinero en lo que se le antoja, dejémosle con la palabra en la boca (aprovechando que ver TV3 todavía no es obligatorio) y refugiémonos en mundos audiovisuales más estimulantes que el suyo (aunque sea volviendo a pagar, ya que en Cataluña lo tenemos todo duplicado y, de la misma manera que hay un Govern oficial en Barcelona y otro (aún más) de pegolete en Waterloo, también pagamos por la tele que vemos y por la que no vemos).

¿Que me dé de baja en Netflix, señor Vila? Ya que estamos en ello, ¿por qué no me pide que el dinero de la suscripción se lo dé a Òmnium o a la ANC? Puestos a tener ideas idiotas y a tomarnos por tontos, ¿para qué quedarse corto?

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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