Entre ocho personas y dos millones

Ramón de España
4 min

Puede que se trate de un tema menor en el cirio que tenemos montado en Cataluña, pero las cifras de asistentes a las manifestaciones --que pueden oscilar entre las que figuran en el titular de esta columna-- deberían dejar de moverse, como hasta ahora, entre la exageración del convocante y el basureo de quien debe llevar las cuentas. Según Societat Civil Catalana, los asistentes a su manifestación del domingo fueron 200.000; según la Guardia Urbana, no pasaban de 7.000. Es sabido que el organizador de cualquier manifestación tiende a exagerar su poder de convocatoria; los primeros de todos, los indepes, capaces de meter a tres millones de personas en el Paseo de Gracia sin que se produzca ni una lipotimia. O sea, que los 200.000 manifestantes de SCC pueden tener bastante de wishful thinking. Pero la cifra de 7.000 tampoco resulta creíble, sobre todo desde que la Guardia Urbana de Barcelona ha cogido la costumbre de contar a la baja a los asistentes a cualquier manifa que no sea del agrado de la señora alcaldesa, a quien, como todos sabemos, el independentismo no le parece del todo bien, pero el anti-independentismo se le antoja mucho peor.

¿No habrá llegado la hora de confiarle a otro organismo el cálculo de asistencia a las manifestaciones?

¿No habrá llegado la hora de confiarle a otro organismo el cálculo de asistencia a las manifestaciones? Vamos a ver, decir que la participación oscila entre 7.000 y 200.000 personas no es decir nada. Permite a cualquiera, eso sí, elegir la cifra que más le convenga. Los digitales del odio a España se han quedado con el número aportado por la Guardia Urbana para concluir que la manifestación de SCC ha pinchado de mala manera. Y me temo que el sector más acrítico del constitucionalismo se habrá tragado lo de los 200.000 asistentes. En medio, estamos un montón de gente que empezamos a estar hasta las narices de no saber nunca cuántas personas han acudido a qué. La ANC blasonaba hace poco de 50.000 asistentes a su último aquelarre, pero ciertas estimaciones reducían la parroquia a 20.000. Todas las paradas norcoreanas del 11 de septiembre, de la del 2012 para aquí, han arrojado unas cifras de asistencia imposibles, a no ser que nos creyéramos que en un metro cuadrado caben cómodamente 50 personas.

Va pasando el tiempo y no se mueve un dedo para intentar poner orden en las cuentas. Se prefiere, al parecer, que cada uno crea lo que más le convenga a su estabilidad mental y a su autoestima. La verdad --o algo parecido, pues contar manifestantes no es una ciencia exacta-- le importa un rábano a nuestras autoridades y a muchos ciudadanos de a pie. No es mi caso. Y cuando me tratan de imbécil diciéndome que en tal o cual manifa había entre ocho personas y dos millones, me cojo unos rebotes del quince. Como decía el doctor Maligno de las aventuras de Austin Powers, llevándose el meñique a la comisura, "exijo un poco más de respeto".

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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