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Ramón de España y una fotografía del fugado Carles Puigdemont y el indultado Josep Rull

Ramón de España y una fotografía del fugado Carles Puigdemont y el indultado Josep Rull

Manicomio catalán

Los "lazis" y la realidad

"Indultar, amnistiar y casi pedir disculpas a los que intentaron cargarse España no parece la mejor medida para que éstos entren en razón. Sobre todo si, de vez en cuando, a los 'sociatas' locales les da por actuar como 'lazis' de pro"

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Tras la aplicación del 155, se hubiese agradecido (aunque fuese mucho pedir) que nuestros queridos nacionalistas volvieran a entrar en contacto con la realidad, pero abundan entre ellos los recalcitrantes convencidos de que los catalanes deberíamos portarnos como si fuésemos independientes.

Evidentemente, el derecho a soñar está al alcance de cualquiera y no merece ningún castigo, pero la insistencia en seguir a lo nuestro cuando el mundo real va por otro lado resulta cansina, pesada y, en última instancia, ridícula.

Digo esto a causa de dos fenómenos recientes relacionados con la incomprensión de la realidad. Hace unos días, en Mataró, algunas cofradías de Semana Santa hicieron sonar el himno español, cosa que indignó a nuestros lazis, que son muy capaces de elevar su berrinche a las más altas instituciones europeas, donde se quedarán tan boquiabiertos como cuando Raúl Romeva hizo constar su queja porque unos aviones del Ejército español hubiesen sobrevolado el espacio aéreo gerundense.

El hombre que iba por ahí repartiendo tarjetas (falsas) que lo acreditaban como ministro de exteriores de la República Catalana se topó con la lógica incomprensión de los diputados europeos, para los que la cosa se reducía a que unos aviones españoles habían sobrevolado territorio nacional. ¿Dónde estaba la ofensa intolerable? Pues me temo que únicamente en la mente calenturienta del señor Romeva.

Siguiendo la misma línea de pensamiento (que comparto), ¿qué hay de ofensivo en el hecho de que, durante una procesión pascual, suene el himno nacional? Si algo así molesta es porque no se sabe en qué país se vive, que es el que es y no el que podría haber sido si el grotesco golpe de Estado de Puchi y el beato Junqueras llega a salir bien (cosa, por lo demás, altamente improbable, entre el estado de ánimo catalán, español y europeo y las prácticas chapuceras de los conjurados). Vivir en el país soñado y no en el real tiene estas cosas.

Algo parecido le sucede al presidente del parlamento catalán, Josep Rull (exacto, el que mataba a cuescos a su amigo Tururull cuando ambos estaban en el talego) que, en cuanto te descuidas, hace desaparecer la bandera española del edificio en el que hace como que trabaja. Acaba de ser informado por la autoridad competente de que más le vale restituir la enseña nacional a su sitio habitual si no quiere que se le caiga el pelo. Y, claro está, se ha indignado. Porque tampoco quiere reconocer la realidad imperante.

Entre Rull y los indignados de Mataró están reivindicando su derecho a vivir en la inopia, ayudados por el Gobierno español con su política oportunista de indultos y amnistías por un quítame allá unos escaños (con sus respectivos apoyos) y jaleados por los digitales del Ancien Regime, especializados en esparcir ideas peregrinas para disfrute exclusivo del lazismo reacio a admitir la realidad.

Es posible que Pedro Sánchez sea uno de los responsables de que aún quede gente en Cataluña que se lleva mal con la realidad. Indultar, amnistiar y casi pedir disculpas a los que intentaron cargarse España no parece la mejor medida para que éstos entren en razón. Sobre todo si, de vez en cuando, a los sociatas locales les da por actuar como lazis de pro: véase a Salvador Illa diciendo que hará lo posible para oponerse a las últimas decisiones del TSJC sobre la inmersión lingüística (con lo sencillo que era acatar la decisión judicial, no decir ni mú al respecto y seguir trabajando por ese govern de tots que nos prometió en su momento.

Nada hay que objetar a vivir en una realidad propia, mientras no se quiera imponer ésta a los demás. Los nacionalistas ya lo hicieron durante muchos, demasiados años, hasta que pretendieron apretar más de lo que abarcaban, momento en el que se ganaron a pulso el 155.

Estaría bien que se dieran cuenta de que ya no viven en los gloriosos años del prusés y obraran en consecuencia. Pero me temo que es mucho pedir, sobre todo si, desde las alturas, se les ríen las gracias por un motivo tan mezquino como el de conservar el sillón peti qui peti.

¡Qué cansinos sois, hijos míos!